CAPÍTULO 7 #2
—Nuestros espías lo han visto frecuentar lugares públicos durante todo el día. Esta mañana mantuvo una larga conversación en una taberna con un mendigo.
Marco frunció ligeramente el ceño.
—¿Un mendigo?
—Sí.
—¿Quién era?
—No hemos conseguido averiguarlo. Nuestro hombre lo perdió entre la multitud.
Marco permaneció unos segundos completamente inmóvil. Aquello no le gustaba. Nada.
—Los mendigos ven y escuchan cosas que nadie más percibe.
Levantó la mirada.
—Si vuelve a aparecer, seguidlo sin perderlo de vista. Quiero saber quién es y de dónde viene.
Los presentes asintieron. Marco apoyó ambas manos sobre la mesa por última vez.
—Y mañana al amanecer... Traedme a Tiberio Aurelius. Ha llegado el momento de que responda por la muerte de Silo.
Un profundo silencio se extendió por toda la tienda. Ninguno de aquellos hombres dudaba de que, a partir del día siguiente, la investigación iba a entrar en una nueva fase.
Antes del amanecer, Marco regresó a la domus de Tito acompañado de Quinto. La casa permanecía sumida en el mismo silencio angustioso que habían dejado unas horas antes. Julia seguía luchando por su vida.
Al entrar en la habitación, encontraron al anciano dormido sobre la banqueta, vencido por el agotamiento, con la cabeza apoyada junto al lecho de la joven. Ni siquiera durante el sueño parecía haberse separado de ella.
Claudia terminaba de cambiar las cataplasmas que el galeno había ordenado aplicar sobre la herida y las muñecas de la muchacha.
Al escuchar pasos, levantó la vista. Sus ojos se encontraron inmediatamente con los de Quinto.
Ninguno de los dos dijo una sola palabra.
Bastó un instante para comprender que ambos compartían la misma preocupación.
Marco se acercó al lecho procurando no despertar a Tito.
—¿Cómo sigue? —preguntó en voz baja.
—Resiste —respondió Claudia con un hilo de esperanza—. El galeno volverá en cuanto amanezca. La fiebre continúa siendo muy alta y tememos que pueda sufrir convulsiones, pero... al menos ha superado la noche.
Marco respiró lentamente. Era poco pero también era mucho.
—Si hay el menor cambio, avisadme de inmediato.
Mis hombres saben dónde encontrarme.
—Así se hará, general.
Mientras Marco hablaba con Claudia, Quinto permanecía unos pasos más atrás. No apartaba la vista de la joven sirvienta. Había visto el cansancio reflejado en su rostro y las ojeras que
delataban una noche entera sin dormir. Claudia evitaba mirarlo directamente.
Sin embargo, era plenamente consciente de su presencia y de aquella extraña inquietud que sentía cada vez que el tribuno se encontraba cerca.
No era momento para pensar en ello. Toda su atención pertenecía a Julia pero algo le decía que aquel romano volvería a cruzarse en su camino.
Cuando los dos soldados abandonaban la habitación, un pequeño cuerpo apareció de improviso delante de ellos.
Paulo. El niño abrazó una de las piernas de Marco con fuerza.
El general se detuvo sorprendido. Descendió lentamente hasta ponerse a su altura.
Solo entonces advirtió el rostro del muchacho.
Tenía los ojos hinchados y dos profundas ojeras marcaban una noche sin descanso.
—¿Qué ocurre, Paulo?
El niño bajó la cabeza.
—¿Julia... se va a morir?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Marco guardó unos segundos de silencio antes de responder.
—No lo sabemos.
Paulo apretó los labios.
—Creo que todo ha sido por mi culpa.
Marco frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué dices eso?
—Porque Julia me pidió que le pidiera perdón por lo de la broma de los sillones... y no lo hice. Los dioses se han enfadado conmigo y la han castigado a ella.
Los ojos del muchacho comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Si le pido perdón... se pondrá buena?
Marco sintió un inesperado nudo en la garganta. Acarició con suavidad el cabello del niño.
—No. Los dioses no castigan a las personas buenas por las travesuras de un niño. Pero sí creo que les gusta ver a quienes reconocen sus errores.
Paulo levantó lentamente la mirada.
—¿Entonces... todavía puedo hacer algo?
Marco sonrió por primera vez desde el rescate.
—Claro. Necesito un soldado valiente. Uno que permanezca junto a Julia y vigile que nadie vuelva a hacerle daño.
El muchacho abrió mucho los ojos.
—¿Yo?
—Tú. Desde este momento quedas incorporado a mi ejército. Tu primera misión será cuidar de ella. ¿Aceptas?
Paulo se cuadró como había visto hacer tantas veces a los legionarios.
—¡Sí, mi general!
Marco tuvo que contener una sonrisa.
—Entonces ve. Un buen soldado nunca abandona su puesto.
El niño echó a correr hacia la habitación. Marco lo siguió con la mirada unos segundos. Después salió de la domus junto a Quinto. Por primera vez desde que todo había comenzado, una leve sensación de esperanza pareció abrirse paso entre tanta oscuridad.
A la mañana siguiente, varios legionarios localizaron a Tiberio Aurelio en el foro.
El comerciante conversaba con unos mercaderes cuando vio acercarse a los soldados.
Durante un instante, la inquietud cruzó fugazmente su rostro, pero enseguida recuperó la compostura y los recibió con una sonrisa afable.
—Buenos días, señores. ¿A qué debo el honor de esta visita?
—El general Marco Vinicius desea hablar con vos. Acompañadnos.
Tiberio asintió con aparente tranquilidad.
—Por supuesto.
Mientras caminaba hacia el campamento, su mente trabajaba a toda velocidad.
¿Qué había ocurrido? ¿Habrían encontrado el cadáver de Julia?
No. Eso era imposible. Entonces... ¿qué quería de él el general?
Esperaba que Spículus actuara cuanto antes.
La presencia del general empezaba a convertirse en un serio obstáculo para todos sus planes.
Cuando entró en la tienda de mando, Marco permanecía inclinado sobre varios mapas de la ciudad. Quinto se encontraba a su lado. El general levantó lentamente la vista. Su expresión era completamente serena. Solo quien lo conociera muy bien habría advertido la tensión que ocultaban sus ojos.
—Hacedlo pasar.
Tiberio avanzó unos pasos.
—Me dicen vuestros hombres que deseabais verme.
Marco fue directo al asunto.
—¿Cuándo fue la última vez que visteis a Silo?
Tiberio no esperaba aquella pregunta. Aun así, reaccionó con rapidez.
—Hace un par de días. Le ordené viajar a Gades para recoger un cargamento. ¿Por qué lo preguntáis?
Marco sostuvo su mirada.
—Parece que vuestro hombre confundió el camino.
—¿Cómo decís?
—No fue a Gades.
El silencio comenzó a hacerse incómodo. Tiberio frunció ligeramente el ceño.
—Entonces habrá surgido algún contratiempo. Regresará hoy mismo y...
Marco lo interrumpió.
—No regresará.
Por primera vez, el comerciante perdió el control de su expresión.
—¿Qué queréis decir?
—Silo ha muerto.
Durante unos segundos nadie habló. Tiberio permaneció inmóvil. Solo el leve temblor de su mandíbula delató el golpe que acababa de recibir.
—¿Quién... lo ha matado?
Marco dio un paso al frente.
—Yo.
El comerciante levantó lentamente la vista.
—¿Con qué autoridad?
Marco no apartó los ojos de él.
—Con la autoridad que me concede defender a mis hombres... y a los habitantes de esta ciudad.
Hizo una breve pausa.
—Cuando lo encontré, estaba apuñalando a Julia, la esclava de Tito Livio.
Tiberio guardó silencio. Aquella noticia no entraba en sus cálculos. Silo había fracasado y además estaba muerto. «Maldito imbécil», pensó.
Marco continuó observándolo.
—¿Tenía conocimiento de que vuestro hombre había secuestrado a la muchacha?
—No.
Su respuesta fue inmediata. Demasiado inmediata.
—Silo era impulsivo. Tal vez actuó por su cuenta.
Marco sonrió apenas. Una sonrisa fría.
—Curioso. Hace dos días intentó besarla en plena calle. Ayer la secuestró y hoy resulta que todo ha sido iniciativa suya.
Tiberio comprendió que el general estaba tendiéndole una trampa. No pensaba caer en ella.
—Lo lamento profundamente. Si Silo actuó de ese modo, tuvo el castigo que merecía.
Marco permaneció unos instantes en silencio. Después lanzó la pregunta que realmente le interesaba.
—¿Por qué Julia?
El comerciante fingió reflexionar.
—No sabría decíroslo. Supongo que la muchacha despertó una obsesión enfermiza en él. Era hermosa. Algunos hombres pierden el juicio por menos.
Marco sabía que mentía, pero todavía no podía demostrarlo.
—Espero que ninguno de vuestros hombres vuelva a acercarse a la casa de Tito Livio.
Tiberio inclinó ligeramente la cabeza.
—Podéis estar tranquilo. No volverán a causar problemas.
Después añadió con fingida naturalidad:
—Imagino que la joven habrá muerto a consecuencia de las heridas.
Marco sintió que la sangre volvía a hervirle. Sin embargo, su voz permaneció completamente serena.
—Os equivocáis. Sigue viva.
Durante una fracción de segundo, el desconcierto cruzó el rostro del comerciante. Fue apenas un instante, pero Marco lo vio y le bastó.
—Me alegro por ella —respondió Tiberio, recuperando la compostura—. Si no necesitáis nada más...
—Podéis marcharos.
Tiberio realizó una leve inclinación de cabeza y abandonó la tienda. Solo cuando la cortina volvió a cerrarse, Marco rompió el silencio.
—¿Lo has visto?
Quinto asintió.
—Ha mentido desde la primera palabra.
Marco volvió la vista hacia el mapa de Baelo Claudia.
—Sí. Y acaba de descubrir que Julia sigue con vida. Eso lo obligará a mover ficha. Quiero que nuestros hombres no lo pierdan de vista ni un solo instante.
Quinto sonrió levemente.
—Ya llevan siguiéndolo desde que salió del foro.
Marco asintió.
—Bien, porque tengo la impresión de que acabamos de empezar la verdadera partida.
Julia llevaba ya más de tres días inconsciente, debatiéndose entre la vida y la muerte.
Durante ese tiempo, Marco apenas había abandonado la domus.
Repartía las horas entre el campamento y la habitación de la joven, regresando siempre al mismo lugar: el sillón situado junto a su lecho.
Ya no le importaba que Tito pudiera preguntarse por qué permanecía allí tantas horas.
Tampoco le preocupaban las habladurías de los sirvientes.