EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

«Es precioso aprovechar el tiempo de la vida;

el tiempo pasa con pie rápido,

y por muy feliz que sea el venidero,

es menos dichoso que el que ya ha pasado.»Ovidio.

La domus de Tito Livio había quedado sumida en un silencio inquietante.

Las horas transcurrían con una lentitud insoportable.

Nadie dormía. Los sirvientes caminaban de un lado a otro procurando hacer el menor ruido posible, como si un simple golpe o una palabra demasiado alta pudiera romper el frágil equilibrio entre la vida y la muerte.

Julia ocupaba una de las mejores habitaciones de la casa por expreso deseo de Tito. Dentro, el galeno trabajaba sin descanso. Prisca y Claudia entraban y salían continuamente con recipientes de agua limpia, vendas ensangrentadas y nuevas infusiones preparadas para aliviar la fiebre.

Cada vez que la puerta se abría, todos los presentes levantaban la vista con la esperanza de recibir alguna buena noticia, pero el silencio era siempre la única respuesta.

Nadie se atrevía siquiera a cerrar los ojos unos minutos.

Todos temían que, al despertar, la joven hubiera exhalado su último aliento.

En un rincón del salón, Paulo permanecía sentado junto al sillón de Tito Livio. Por primera vez desde que lo conocían, el muchacho había olvidado las travesuras. Tenía las rodillas abrazadas contra el pecho y mantenía la vista fija en la puerta de la habitación. Esperaba. Solo esperaba.

Tito tampoco apartaba la mirada de aquella puerta.

El cansancio había acentuado las arrugas de su rostro.

Durante toda la noche no había dejado de hacerse la misma pregunta.

¿En qué había fallado? Había prometido proteger a aquella niña cuando Claudio la puso en sus manos.

La había visto crecer. Había celebrado cada uno de sus pequeños logros.

La había educado como si realmente fuera la hija que nunca tuvo y ahora...

la vida parecía arrebatársela. Cerró los ojos unos instantes.

No. Todavía no. Si Julia conseguía sobrevivir, encontraría a los responsables.

Y si no... haría que respondieran ante la justicia aunque fuera lo último que hiciera en esta vida.

Marco permanecía sentado al otro extremo del salón.

Exteriormente seguía mostrando la misma serenidad que tantas veces había infundido confianza a sus hombres.

Pero por dentro no dejaba de reconstruir una y otra vez todo lo ocurrido.

Había visto las señales. Había sospechado.

Y, aun así, había llegado tarde. Aquello no volvería a suceder.

Antes de regresar a la domus había enviado a Quinto al campamento con nuevas órdenes. La vigilancia debía duplicarse. Nadie entraría ni saldría de Baelo Claudia sin ser identificado. Su intuición seguía advirtiéndole de que aquello no había terminado. Había demasiadas preguntas sin respuesta.

La puerta de la habitación se abrió lentamente. Prisca apareció con el rostro agotado. Se secó las manos en el delantal antes de acercarse a Tito.

—Sigue luchando.

Su voz apenas fue un susurro.

—La fiebre continúa siendo muy alta, pero no se rinde. El galeno le ha administrado nuevas medicinas y estamos refrescándole el cuerpo constantemente.

Miró al anciano con una leve sonrisa cargada de esperanza.

—Ya conoce usted a nuestra Julia. Es demasiado cabezota para marcharse sin plantar batalla.

Por primera vez en muchas horas, Tito consiguió esbozar una débil sonrisa.

—Gracias, Prisca.

La mujer asintió.

—El galeno dice que pueden entrar si lo desean.

Tito se volvió hacia Marco.

—¿Me acompaña, general?

Marco respondió con un leve movimiento de cabeza.

La habitación estaba apenas iluminada por varias lámparas de aceite. Claudia abandonó discretamente la estancia para dejarlos solos. Julia yacía inmóvil sobre el lecho. La palidez de su rostro contrastaba con los oscuros hematomas que cubrían sus mejillas.

Tito tomó asiento junto a ella, mientras el galeno terminaba de guardar sus instrumentos antes de acercarse.

—¿Cómo se encuentra?

El galeno suspiró.

—La herida volvió a abrirse durante el traslado. He tenido que volver a coserla. También le he administrado jugo de mandrágora para aliviar el dolor. Ahora solo podemos esperar.

Guardó silencio durante unos segundos.

—Si aparecen nuevas hemorragias... no habrá nada que podamos hacer.

Después observó detenidamente al anciano.

—Usted tampoco tiene buen aspecto. Deberíais descansar.

Tito negó con la cabeza.

—Mientras ella siga luchando... yo también lo haré.

El galeno comprendió que era inútil insistir. Recogió su bolsa.

—Mandad a buscarme a cualquier hora si empeora.

Los dos hombres permanecieron en silencio hasta que la puerta volvió a cerrarse.

Tito fue el primero en romper aquel silencio.

—¿Tiene alguna idea de quién puede estar detrás de todo esto?

Marco no dudó.

—Cuando llegamos, Silo estaba rematándola. Lo vi con mis propios ojos.

El anciano cerró lentamente los ojos. No necesitaba escuchar más.

—Interrogaré a Tiberio en cuanto encuentre el momento oportuno, pero hay algo que no deja de inquietarme.

Marco volvió la mirada hacia Julia.

—Se tomaron demasiadas molestias para secuestrarla. Si solo hubieran querido matarla, habrían encontrado ocasiones mucho más sencillas.

Tito permaneció pensativo.

—Julia conoce cada detalle del funcionamiento de la factoría. Sin ella, el negocio quedaría prácticamente paralizado durante meses. Eso explicaría parte del interés.

Marco negó lentamente.

—No. No es suficiente. Había demasiados hombres para capturar a una sola mujer.

Guardó unos instantes de silencio.

—Creo que buscaban algo más.

Aquellas palabras hicieron que una punzada de inquietud recorriera el pecho de Tito.

Durante unos segundos volvió a su memoria el rostro de Claudio y la promesa que le había hecho tantos años atrás.

Nadie debía descubrir jamás quién era realmente Julia.

Porque, si alguien relacionaba a la joven con la sangre de Calígula...

su vida volvería a correr un peligro mucho mayor que el que acababan de superar.

Marco se acercó una última vez al lecho.

Observó el rostro inmóvil de Julia. Costaba reconocer en aquella muchacha malherida a la joven orgullosa que solo unos días antes le había sostenido la mirada sin el menor temor.

Apretó la mandíbula. Encontraría a los responsables.

Y esta vez... no habría escapatoria para ellos.

Se volvió hacia Tito.

—He reforzado la vigilancia en toda la ciudad. Si se produce cualquier cambio, enviad a buscarme inmediatamente.

—Así se hará.

Marco inclinó ligeramente la cabeza. Después abandonó la habitación. Todavía quedaba mucha noche por delante. Y una guerra silenciosa acababa de comenzar.

Aquella noche, el campamento permanecía iluminado por decenas de antorchas.

A pesar de la hora, nadie descansaba. Los herreros seguían golpeando el hierro al rojo, los carpinteros trabajaban en silencio levantando empalizadas y los centinelas redoblaban la vigilancia desde las torres improvisadas.

En el centro del campamento, dentro de la tienda de mando, Marco se encontraba reunido con Quinto, Lucio Flavio y varios centuriones.

Sobre la mesa descansaban los planos de Baelo Claudia y de las fortificaciones que rodeaban la ciudad. Marco recorrió el mapa con la mirada.

—Informad.

Lucio fue el primero en hablar.

—Hemos identificado a la mayoría de los forasteros que han llegado en los últimos días. Muchos trabajan para comerciantes y armadores conocidos, pero hay varios hombres procedentes del norte de África cuya presencia nadie ha sabido justificar. Dicen que buscan trabajo.

Marco levantó la vista.

—¿Los estamos vigilando?

—Sí, mi general. Nuestros hombres conocen todos sus movimientos.

Marco asintió.

—Que no les pierdan de vista.

Lucio guardó silencio y Quinto tomó la palabra.

—Todavía no hemos localizado al resto de los hombres que participaron en el secuestro. Los tres legionarios que escoltaban a Julia colaboran con nuestros informadores por si reconocen a alguno de ellos, pero es como si se hubieran evaporado.

Marco apoyó ambas manos sobre la mesa. Aquello no le gustaba. Eran demasiados hombres para desaparecer al mismo tiempo. Alguien los protegía.

—¿Y la muralla?

Quinto señaló varios puntos del plano.

—Los ingenieros ya están reforzando los sectores más deteriorados. Una cohorte corta madera en el bosque para levantar nuevas defensas, mientras otra trabaja en el terraplén y en el refuerzo de las puertas.

Deslizó el dedo hacia el puerto.

—Los hombres de Lucio están terminando las balistas y los escorpiones. Instalaremos una máquina en cada torre y distribuiremos el resto a lo largo del paseo de ronda.

Marco observó el dibujo unos instantes.

—Quiero que el puerto concentre el mayor número de defensas.

Todos levantaron la vista.

—Si alguien intenta atacar Baelo Claudia, lo hará desde el mar. Es nuestro punto más vulnerable.

Se volvió hacia Lucio.

—Desde hoy quiero conocer el nombre de cada barco que atraque en el puerto, su procedencia, su cargamento y la identidad de su capitán. Nadie desembarcará sin ser inspeccionado.

—Así se hará, mi general.

Marco continuó.

—Las puertas de la ciudad duplicarán la guardia. Si en el último ataque consiguieron abrirlas desde dentro, significa que todavía cuentan con colaboradores entre la población.

Se hizo un breve silencio. Después añadió:

—No volverá a suceder.

Quinto tomó nota de cada orden. Marco permaneció pensativo unos instantes antes de volver a hablar.

—Quiero que un mensajero parta esta misma noche hacia Carthago Nova.

Los oficiales levantaron la cabeza.

—Entregará una carta a mi hermano Máximus. Decidle que permanezca preparado. Si la situación empeora, necesitaremos refuerzos por mar.

Lucio comprendió inmediatamente el alcance de aquella decisión. Marco estaba anticipándose a una guerra. No simplemente a una serie de robos.

—Mi general...

Marco volvió la vista hacia él.

—¿Qué ocurre con Tiberio Aurelius?

Quinto respondió.