CAPÍTULO 6 #3
Mientras observaba distraídamente el ir y venir de la clientela, un mendigo vestido con harapos se dejó caer en el banco situado frente a él. Tiberio frunció el ceño.
—Lárgate. Estoy esperando a alguien.
El desconocido extendió una mano sucia.
—Una limosna para un pobre desgraciado...
—He dicho que desaparezcas antes de que mis hombres te saquen a patadas.
El mendigo levantó lentamente la cabeza. Una leve sonrisa apareció bajo la espesa barba.
—Te recordaba más generoso, Tiberio.
El comerciante tardó unos segundos en reconocer aquella voz. Después sonrió.
—Por todos los dioses... No te habría reconocido jamás.
Observó los andrajos con gesto de desprecio.
—Apestas.
Spículus soltó una carcajada.
—Y precisamente por eso nadie presta atención a un mendigo.
Se acomodó en el banco.
—Roma está llena de ojos.
Prefiero que nadie me relacione contigo. Tiberio dio un largo trago de vino.
—Supongo que las últimas ánforas te dejaron satisfecho.
—Mucho. Y los esclavos todavía más. Las ganancias han sido excelentes.
Guardó silencio unos instantes antes de fijar la mirada en Tiberio.
—No me habrías hecho venir desde Ostia por simple cortesía. ¿Qué ocurre?
Tiberio bajó la voz.
—La llegada del general lo ha cambiado todo. Ahora hay legionarios patrullando las murallas, vigilando el puerto y controlando cada entrada de la ciudad. Cada día resulta más difícil mover mercancía.
Spículus permanecía inmóvil. Escuchaba. Calculaba.
—Necesito que elimines al comandante, Marco Vinicius.
El pirata no respondió inmediatamente. Se limitó a observarlo con una media sonrisa.
—Pides poco.
—Te pagaré bien.
—Eso ya lo suponía.
Apoyó los codos sobre la mesa.
—¿Y Tito Livio?
Los labios de Tiberio se curvaron lentamente.
—No tardará en sufrir otro desgraciado accidente. Y, por desgracia... su mano derecha ha muerto. Los dioses no parecen favorecer últimamente a esa casa.
Spículus estudió su expresión. Conocía demasiado bien a Tiberio. Aquel hombre disfrutaba más con la desgracia ajena que con sus propios beneficios.
—Espero que mis hombres hayan sido de utilidad.
Tiberio asintió.
—Cumplieron con su parte.
El pirata permaneció pensativo.
—Eliminar a un general romano no es como degollar a un comerciante. Ese hombre vive rodeado de legionarios. Será un trabajo delicado.
—Por eso recurro a ti.
Spículus sonrió. Ahora llegaba la parte que realmente le interesaba.
—Aceptaré, pero el precio cambia.
Tiberio entrecerró los ojos.
—¿Qué quieres ahora?
—Libertad absoluta para comerciar cuando mis barcos atraquen en Baelo Claudia. Ni impuestos, ni comisiones, ni intermediarios. Todo lo que desembarque será mío.
Durante unos segundos ninguno habló. Tiberio sabía que estaba cediendo demasiado, pero necesitaba librarse del general.
Finalmente extendió la mano.
—Trato hecho.
Spículus la estrechó. Aunque ambos sabían que ninguno confiaba en el otro. Antes de levantarse añadió tranquilamente:
—Y una cosa más. Consígueme muchachos jóvenes. Cuanto mejor educados... más oro pagarán por ellos en Roma.
Tiberio asintió con gesto sombrío.
—No será fácil.
—Nunca lo es.
Spículus se levantó lentamente. Volvió a adoptar la encorvada postura del mendigo. En apenas unos segundos volvió a parecer un miserable más entre la multitud. Antes de desaparecer entre la gente volvió ligeramente la cabeza.
—Pronto tendrás noticias mías.
Y se perdió entre el bullicio del puerto. Tiberio permaneció inmóvil. Sin saberlo, acababa de entregar el futuro de Baelo Claudia al hombre más peligroso del Mediterráneo.
El regreso a Baelo Claudia se hizo interminable.
Los legionarios avanzaban con extrema cautela.
Aunque no habían vuelto a encontrar rastro de los hombres de Spículus, ninguno bajaba la guardia.
Cualquier desfiladero, cualquier recodo del camino o cualquier grupo de árboles podía ocultar una emboscada.
Marco cabalgaba en cabeza. Entre sus brazos sostenía a Julia con infinita delicadeza, procurando amortiguar cada movimiento del caballo para evitar que la herida volviera a abrirse.
La joven permanecía inconsciente. La fiebre había aumentado durante las últimas horas y, de cuando en cuando, murmuraba palabras ininteligibles que nadie alcanzaba a comprender.
Marco apoyó la mano sobre su frente. Ardía.
Aquello no era buena señal. Temía que la infección hubiera comenzado antes incluso de llegar a la ciudad.
Por ese motivo había enviado a Quinto por delante con dos hombres.
Debían avisar a Tito Livio y conseguir que el galeno estuviera preparado cuando llegaran. No podían perder ni un solo instante.
El camino de regreso era más largo que el de la ida, pero también más seguro.
El guía había preferido evitar los senderos montañosos y conducirlos por una antigua vía utilizada por los comerciantes que viajaban desde Gades y Carteia.
Cruzaron lentamente el arroyo de la Muralla.
El agua discurría tranquila, ajena al drama que acompañaba a la pequeña comitiva.
Nadie pronunciaba una sola palabra. Solo se escuchaba el rumor de los cascos sobre la tierra húmeda y la respiración fatigada de los caballos.
Marco bajó de nuevo la vista hacia Julia. Por un instante creyó que había dejado de respirar. El corazón se le detuvo. Acercó dos dedos a su cuello. Un latido, muy débil pero seguía allí. Respiró aliviado, no podía perderla. No ahora.
Cuando por fin atravesaron las puertas de Baelo Claudia, la tarde comenzaba a extinguirse.
Las luces de la domus de Tito Livio permanecían encendidas.
Toda la casa parecía contener el aliento.
El anciano aguardaba en la entrada junto a Quinto y varios sirvientes.
En cuanto Marco desmontó, Tito dio un paso al frente.
Su rostro reflejaba un cansancio impropio incluso para un hombre de su edad.
Parecía haber envejecido diez años en una sola noche.
Marco apartó cuidadosamente la capa que protegía a Julia de la lluvia.
El anciano palideció. Los golpes habían desfigurado por completo el rostro de la muchacha. Costaba reconocerla.
—La habéis encontrado... —murmuró Tito con la voz quebrada—. ¿Cómo está?
Marco sostuvo la mirada del anciano.
—Muy grave. Tiene mucha fiebre y ha perdido demasiada sangre. Necesita al galeno inmediatamente.
Tito reaccionó al instante.
—Ya está esperándonos. Entrad.
Los sirvientes abrieron paso. Marco llevó personalmente a Julia hasta su habitación y la depositó con el mayor cuidado sobre el lecho. Solo entonces permitió que el galeno comenzara a trabajar.
Las horas transcurrieron con una lentitud insoportable.
En el salón principal aguardaban Tito, Marco, Quinto y algunos de los hombres de mayor confianza de la casa.
Nadie encontraba fuerzas para conversar.
El silencio resultaba casi tan opresivo como la incertidumbre.
Cada vez que se escuchaba algún movimiento procedente de la habitación de Julia, todos levantaban la vista con la esperanza de recibir buenas noticias, pero la puerta seguía cerrada.
Finalmente, cuando la noche estaba ya muy avanzada, el galeno apareció. Su expresión bastó para que todos comprendieran la gravedad de la situación antes incluso de que pronunciara una palabra. El anciano avanzó unos pasos.
—¿Cómo está?
El médico bajó lentamente la cabeza.
—He hecho cuanto estaba en mi mano.
Guardó unos segundos de silencio.
—Tiene varias costillas fracturadas, una profunda herida por arma blanca y lesiones internas muy graves. Ha perdido demasiada sangre y la fiebre no deja de aumentar.
Miró a cada uno de los presentes.
—Debéis prepararos para lo peor. Si supera esta noche... será poco menos que un milagro.
El silencio que siguió a aquellas palabras fue aún más devastador que cualquier grito.