EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

La arrastró hasta un enorme alcornoque. Con movimientos expertos lanzó una cuerda sobre una gruesa rama.

Después ató las muñecas de Julia y comenzó a tirar lentamente.

Los hombros de la joven parecieron desencajarse.

El dolor fue tan intenso que el aire escapó de sus pulmones en un gemido ahogado por la mordaza.

Silo siguió tirando hasta dejarla suspendida.

Apenas rozaba el suelo con la punta de los pies.

—Ahora espera.

Le vendó los ojos.

—El miedo hace cosas maravillosas con la imaginación.

La dejó colgada bajo la lluvia. Después entró tranquilamente en la cabaña.

Julia perdió la noción del tiempo. Cada minuto parecía una eternidad. Los brazos le ardían. Las manos habían dejado de responder. Intentó mover los dedos pero no pudo. La lluvia seguía cayendo sobre su rostro.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí cuando escuchó abrirse la puerta.

Los pasos de Silo se acercaban. Olía intensamente a vino.

El hombre soltó la cuerda y Julia cayó pesadamente contra el suelo.

El impacto le arrancó el aire de los pulmones.

Apenas logró incorporarse sobre las rodillas cuando Silo le arrancó la venda de los ojos.

La luz del amanecer la cegó durante unos instantes.

Fue entonces cuando recibió la patada. Un crujido seco resonó en su costado y el dolor fue tan brutal que creyó perder el conocimiento.

Las lágrimas acudieron involuntariamente a sus ojos.

Silo la contemplaba divertido. Se agachó lentamente. De un violento tirón rasgó la túnica desde el cuello hasta la cintura. La tela cayó abierta.

Julia comenzó a debatirse con todas las fuerzas que aún le quedaban. No por pudor. La daga seguía oculta bajo la tela, junto al muslo. Si la descubría... todo habría terminado. Silo interpretó su resistencia como miedo. Sonrió satisfecho.

—Eso es... Sigue luchando. Así será mucho más divertido.

Mientras intentaba inmovilizarla, Julia consiguió deslizar lentamente una mano hasta el lugar donde Horacio había escondido la pequeña daga.

Sus dedos encontraron la empuñadura. No tendría otra oportunidad.

Cerró la mano. Esperó y cuando Silo volvió a inclinarse sobre ella...

golpeó. Toda la fuerza que le quedaba se concentró en un único movimiento.

La hoja penetró profundamente en la espalda del hombre, hasta la empuñadura.

Silo lanzó un rugido que hizo estremecer el bosque.

Retrocedió tambaleándose. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en Julia.

No podía creer lo que acababa de ocurrir.

Se llevó una mano a la espalda y cuando vio la sangre cubriéndole los dedos, toda su expresión cambió. El dolor dio paso a una furia ciega.

Con un bramido salvaje descargó un puñetazo sobre el rostro de Julia.

La cabeza de la joven golpeó violentamente contra el suelo.

Durante unos instantes todo se volvió borroso.

Apenas podía distinguir la silueta de Silo inclinándose sobre ella.

Lo vio arrancarse la daga de la espalda.

El acero brilló un instante bajo la tenue luz del amanecer.

Julia comprendió lo que iba a hacer. Intentó apartarse pero su cuerpo ya no respondió.

Silo levantó el brazo y hundió la daga entre sus costillas con toda la fuerza de su odio.

El dolor fue insoportable. Julia abrió la boca intentando gritar, pero ningún sonido consiguió escapar. El bosque comenzó a desdibujarse. La lluvia dejó de existir. Los sonidos se alejaron poco a poco. Y, finalmente... solo quedó la oscuridad.

El grupo de legionarios avanzaba tras Marco con el rostro ensombrecido.

La lluvia había cesado, pero una espesa niebla cubría todavía las laderas de la sierra, dificultando la búsqueda.

Durante casi una hora habían seguido unas débiles huellas que terminaban perdiéndose entre las piedras y el barro.

Cuando alcanzaron la cima de una pequeña colina, el guía levantó bruscamente la mano.

—¡Mi general!

Marco espoleó su caballo hasta situarse a su lado.

Entonces lo vio. Al pie de la ladera, junto a una humilde cabaña de pastores, un hombre golpeaba salvajemente a una mujer tendida en el suelo.

El brillo de una daga ascendió un instante bajo la tenue luz del amanecer y volvió a descender. Marco sintió que el mundo se detenía.

—¡Julia!

El grito brotó de su garganta antes incluso de ser consciente de haberlo pronunciado. Clavó las espuelas en los flancos del caballo. El animal descendió la pendiente como una exhalación, levantando piedras y terrones de barro a su paso. Detrás de él, los legionarios hicieron lo mismo.

Silo apenas tuvo tiempo de volver la cabeza. Seguía sujetando a Julia por el cuello cuando Marco saltó de la montura antes incluso de que el caballo terminara de detenerse.

Desenvainó el gladius en el mismo movimiento. No hubo amenaza. No hubo advertencia. Solo un golpe. El acero describió un arco perfecto bajo la lluvia y la cabeza de Silo salió despedida varios pasos antes de que el cuerpo cayera pesadamente sobre el barro.

Marco ya ni siquiera lo miraba. Arrojó el arma al suelo y cayó de rodillas junto a Julia.

Con manos sorprendentemente delicadas apartó el cabello ensangrentado de su rostro.

Le retiró la mordaza y buscó desesperadamente el pulso en su cuello.

Durante unos interminables segundos no sintió nada.

Entonces... un latido. Débil, irregular pero allí estaba.

Marco cerró los ojos un instante. Un silencioso suspiro escapó de su pecho.

—Gracias a los dioses...

Cuando volvió a abrirlos, recuperó de inmediato la serenidad del comandante.

—¡Sigue viva!

Los hombres acudieron corriendo. Julia apenas respiraba. La sangre empapaba la túnica desgarrada y descendía lentamente hasta el barro. El rostro estaba cubierto de hematomas y uno de sus pómulos comenzaba ya a inflamarse de forma alarmante.

Quinto se arrodilló junto a ellos.

—¿Está muy grave?

Marco levantó apenas la vista.

—Mucho.

Se incorporó inmediatamente.

—Encended una hoguera. Necesito agua limpia, lienzos... y un hierro al rojo. ¡Deprisa! Los legionarios se dispersaron sin perder un instante.

Cada hombre conocía perfectamente su cometido. Mientras unos recogían leña seca del interior de la cabaña, otros llenaban odres en un pequeño arroyo cercano.

Marco permaneció junto a Julia. Con sumo cuidado rasgó la tela alrededor de la herida para valorar el alcance del daño. La daga había penetrado entre las costillas. Había perdido demasiada sangre. Cuando Quinto regresó con los lienzos, Marco ya había tomado una decisión.

—Cuando extraiga la hoja, presiona con todas tus fuerzas. No permitas que deje de comprimir la herida hasta que te lo ordene.

Quinto asintió. Marco respiró hondo y sujetó firmemente la empuñadura de la daga.

—Ahora.

Extrajo el arma de un solo movimiento y Julia arqueó la espalda violentamente.

Un gemido apagado escapó de sus labios antes de volver a perder el conocimiento.

Quinto comprimió inmediatamente la herida.

La sangre seguía filtrándose entre sus dedos.

Marco tomó el hierro candente que uno de los legionarios acababa de sacar del fuego y no dudó.

Aplicó el metal incandescente sobre la herida.

El olor a carne quemada inundó la cabaña.

Julia abrió los ojos de golpe. Su grito desgarró el bosque y después volvió a desplomarse, completamente inconsciente.

Nadie dijo una sola palabra. Cuando la hemorragia comenzó por fin a remitir, Marco limpió cuidadosamente la sangre que cubría el costado de la joven y vendó la herida con los lienzos que aún permanecían limpios.

Solo entonces permitió que su respiración recuperara un ritmo normal.

Se levantó y volvió a ser el comandante.

—Registrad toda la zona. Quiero tres hombres de guardia permanente, relevándose cada cuatro horas. No sabemos si alguno de los secuestradores continúa cerca. Quinto, hazte cargo del primer turno.

—Sí, mi general.

—Buscad también un jergón. No podemos moverla en estas condiciones. Podría volver a abrirse la herida.

Los legionarios obedecieron inmediatamente. Marco permaneció inmóvil. Sus ojos no se apartaban del rostro de Julia. La imagen de Silo hundiendo la daga en aquel cuerpo tan frágil seguía repitiéndose una y otra vez en su memoria.

Había visto morir a centenares de hombres. Había perdido compañeros. Había atravesado campos de batalla cubiertos de cadáveres. Nada de aquello lo había preparado para la sensación de impotencia que acababa de experimentar. Había llegado... y, aun así, no había llegado a tiempo.

Cuando uno de los soldados anunció que el camastro estaba preparado, Marco la tomó cuidadosamente entre sus brazos. Jamás había sostenido algo con tanta delicadeza. La depositó lentamente sobre el jergón. Después se sentó junto a ella, sin apartarse y sin pronunciar una sola palabra.

Fuera, la tarde comenzaba a caer sobre la sierra.

Los legionarios permanecían alrededor de la hoguera, atentos al menor ruido que llegara desde el bosque.

Nadie rompía el silencio. Todos comprendían la gravedad de la situación.

Julia había perdido demasiada sangre. Presentaba golpes por todo el cuerpo y el rostro estaba tan inflamado que apenas resultaba reconocible.

Aquella noche, la vida de la joven dependería únicamente de su fortaleza...

y de que los dioses decidieran concederle una segunda oportunidad.

Al día siguiente, Tiberio aguardaba en una taberna próxima al puerto con una jarra de vino entre las manos.

Había escogido aquel lugar porque el continuo trasiego de marineros y mercaderes hacía difícil que alguien reparara en dos hombres conversando.

El asunto no podía esperar. Necesitaba hablar con Spículus.