EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

«La fuerza es el derecho de las bestias.»Marco Aurelio.

Marco Vinicius había forjado su prestigio en el campo de batalla.

Allí donde otros generales se dejaban dominar por el miedo o la ira, él conservaba siempre la cabeza fría.

Aquella serenidad era una de las razones por las que la Novena Legión Hispana había salido victoriosa de innumerables campañas.

Aquella noche, sin embargo, la noticia del secuestro de Julia hizo tambalear, por primera vez en muchos años, el férreo dominio que ejercía sobre sí mismo.

Una sensación desconocida le atenazó el pecho.

No temía por su propia vida. Hacía demasiado tiempo que había dejado atrás ese sentimiento.

Lo que lo atormentaba era la posibilidad de llegar demasiado tarde.

Apretó los puños. ¿Cómo había podido cometer semejante error? Había sospechado que Julia era importante para Tiberio. Incluso había ordenado protegerla. Sin embargo, había subestimado hasta dónde estaban dispuestos a llegar sus enemigos. No volvería a equivocarse, no con ella.

Tito Livio reaccionó con una rapidez impropia de un hombre de su edad. Sin perder un instante, puso a disposición del general a uno de sus hombres de mayor confianza, un veterano conocedor de cada sendero, arroyo y paso de montaña que rodeaba Baelo Claudia.

Mientras tanto, Marco reunió a los diez legionarios que se encontraban de guardia en la domus. Quinto fue el primero en presentarse. No hizo falta intercambiar palabra alguna. Ambos comprendían que cada minuto perdido reducía las posibilidades de encontrar con vida a la joven.

Marco montó de un salto sobre su caballo.

—Partimos.

Atravesaron la Puerta de Carteia cuando la oscuridad terminaba de envolver la ciudad.

Apenas habían recorrido un trecho cuando el cielo descargó toda su furia sobre ellos.

El viento comenzó a silbar entre los pinares.

Un relámpago desgarró las nubes. Instantes después, una lluvia torrencial convirtió los caminos en auténticos barrizales.

Los caballos resoplaban nerviosos mientras ascendían por las laderas de la Sierra de la Higuera.

El guía avanzaba en cabeza, buscando las huellas que el agua todavía no había conseguido borrar.

Cada vez resultaba más difícil seguir el rastro.

Marco examinaba continuamente el terreno.

Sabía que los secuestradores intentarían despistarlos, pero también sabía que un grupo numeroso de jinetes siempre dejaba algún indicio de su paso. No podían rendirse. Todavía no.

Al cruzar un pequeño arroyo, el agua golpeaba con fuerza las patas de los caballos. Los animales vacilaron y los legionarios desmontaron para conducirlos por las riendas. La corriente les azotaba las piernas y el barro hacía resbalar cada paso. Los relámpagos iluminaban fugazmente la montaña.

Cada trueno parecía recordarles que el tiempo corría en contra de Julia. Nadie pronunció una sola queja. Un centurión que marchaba varios metros por delante levantó el brazo. Todo el grupo detuvo la marcha.

El soldado desmontó y examinó cuidadosamente el barro. Observó unas ramas partidas, varias piedras desplazadas y la profunda marca de los cascos sobre el terreno reblandecido. Después levantó la vista.

—Mi general...

Se incorporó lentamente.

—Calculo que nos aventajan unas tres horas. Las huellas todavía son visibles, pero esta lluvia no tardará en borrarlas por completo.

Marco contempló el horizonte. La oscuridad seguía siendo casi absoluta.

—¿Crees que podremos alcanzarlos?

El centurión guardó silencio unos instantes antes de responder.

—Si la tormenta continúa... será muy difícil. Pero cuando amanezca tendremos más posibilidades.

Marco asintió.

—Entonces seguiremos. No pienso detenerme.

Quinto acercó ligeramente su caballo al del general. Llevaba demasiado tiempo dándole vueltas a la misma idea.

—Hay algo que no termino de comprender.

Marco volvió apenas la cabeza.

—¿Qué?

—Si el objetivo era perjudicar a Tito Livio... habría sido mucho más sencillo asesinarlo. O incluso matar a Julia. ¿Por qué organizar una emboscada para llevársela viva?

Marco permaneció unos instantes pensativo. Aquella misma pregunta no dejaba de atormentarlo desde que habían abandonado la ciudad.

—No lo sé.

Hizo una breve pausa.

—Pero hay una cosa evidente.

Quinto aguardó en silencio.

—Julia vale demasiado para alguien.

Sus ojos volvieron al sendero.

—Y mientras siga con vida... todavía tenemos una oportunidad.

En ese momento, el guía señaló una estrecha vereda que ascendía entre la espesura.

—¡Por aquí!

Los jinetes clavaron las espuelas en los flancos de sus caballos.

La persecución continuó bajo una lluvia cada vez más intensa.

Ninguno de los hombres volvió a pronunciar una sola palabra.

Solo se escuchaba el galope de las monturas y el rugido de la tormenta.

Cada minuto que pasaba podía significar la diferencia entre encontrar a Julia con vida... o llegar demasiado tarde.

Julia permanecía inmóvil sobre el caballo, con las manos atadas a la espalda y una mordaza que apenas le permitía respirar. Uno de los mercenarios la sujetaba con firmeza por la cintura, sin dirigirle una sola palabra. Se negó a abandonar la esperanza.

Sabía que Tito Livio removería cielo y tierra para encontrarla. Y, aunque apenas conocía al general romano, estaba convencida de que tampoco permanecería de brazos cruzados. Solo necesitaban llegar a tiempo. Porque ella no pensaba rendirse. Era demasiado joven para morir.

Desde niña había aprendido a convivir con la pérdida.

Había nacido libre y, sin embargo, el destino la había convertido en esclava.

Nunca había podido decidir sobre su propia vida, ni elegir su futuro, ni siquiera soñar con formar una familia pero jamás había renunciado a un anhelo.

Algún día recuperaría su libertad. Lo había prometido siendo apenas una niña y pensaba cumplir aquel juramento, aunque tuviera que esperar toda una vida.

Quería trabajar para sí misma, tomar sus propias decisiones y dejar de vivir bajo la autoridad de otros.

Siempre estaría agradecida a Tito Livio por haberle salvado la vida y criado como a una hija, pero también sabía que no podía seguir ocultando para siempre quién era realmente.

Algún día dejaría de ser Julia, la esclava de Tito Livio y volvería a ser simplemente Julia Drusila.

Las horas transcurrían lentamente. La lluvia no había cesado en toda la noche.

La túnica empapada se pegaba a su cuerpo como una segunda piel y el frío atravesaba la tela hasta helarle los huesos.

Tiritaba sin poder evitarlo. Tenía los labios amoratados y apenas sentía los dedos de las manos.

Las cuerdas habían comenzado a cortar la circulación y un tono azulado se extendía lentamente por sus muñecas.

Cada sacudida del caballo le arrancaba una punzada de dolor.

Aun así, permanecía atenta. Observaba, contaba.

Ocho hombres. Dos abrían la marcha, tres cerraban la comitiva, uno la sujetaba.

No tendría una segunda oportunidad. Bajo la túnica seguía escondida la pequeña daga que Horacio le había entregado meses atrás.

"Solo úsala cuando no te quede otra salida", le había dicho.

Rezó para que ninguno de aquellos hombres descubriera que la llevaba oculta. Si llegaba ese momento... No fallaría.

Cuando el cielo comenzó a clarear, el grupo descendió por la ladera de una colina. Frente a ellos apareció un extenso bosque de alcornocales. Entre los árboles se distinguía una pequeña cabaña, de la chimenea ascendía una fina columna de humo.

Durante un instante, la esperanza volvió a abrirse paso en el corazón de Julia. Quizá viviera allí algún pastor. Quizá todavía pudiera salvarse. La puerta de la cabaña se abrió de golpe y su esperanza murió al instante. Silo salió al exterior con una sonrisa que helaba la sangre.

Julia sintió cómo una oleada de rabia recorría todo su cuerpo.

Si hubiera tenido una espada... lo habría atravesado allí mismo.

Los mercenarios desmontaron frente a la cabaña sin apartar la vista de Julia.

Silo avanzó despacio, recreándose en cada paso.

Su sonrisa era la de un depredador que contempla a una presa incapaz de escapar.

—¿Habéis tenido algún problema? —preguntó sin dejar de mirarla.

—Ninguno —respondió el cabecilla mientras descendía del caballo—. Tal y como acordamos. En cuanto la muchacha salió de la factoría redujimos a los tres legionarios. Ha sido un trabajo sencillo.

Silo asintió satisfecho.

—¿Os ha seguido alguien?

—No. La tormenta ha hecho el resto. Si alguien intenta seguir nuestro rastro, no encontrará más que barro.

El hombre lanzó una bolsa de cuero llena de monedas al mercenario.

—Aquí tenéis vuestro dinero.

El cabecilla la comprobó rápidamente.

—Spículus nos espera. Será mejor que nos pongamos en marcha.

Miró a Julia con una sonrisa cargada de malas intenciones.

—Aunque, si quieres ayuda con la muchacha...

Silo negó lentamente con la cabeza.

—No.

Su sonrisa se ensanchó.

—Esto es algo que llevo demasiado tiempo esperando.

Los hombres soltaron una carcajada y montaron de nuevo a caballo. En pocos instantes desaparecieron entre los árboles. El silencio del bosque resultó aún más inquietante.

Silo caminó despacio hasta Julia. La agarró del brazo y la hizo bajar bruscamente del caballo. La joven perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre el barro.

—Parece que ya no eres tan valiente —murmuró él inclinándose hacia su rostro—. Delante del general tenías la lengua muy larga.

Julia alzó la cabeza. Lo miró con el mismo desprecio que el primer día. Aquella mirada enfureció todavía más a Silo. El bofetón resonó con fuerza entre los árboles y Julia cayó de lado, notando el sabor metálico de la sangre en la boca. No emitió un solo quejido. Silo sonrió.

—Eso está mejor...