CAPÍTULO 5 #4
Marco aprovechó ese momento para observarla con calma. Nunca había conocido a una mujer como aquella. No intentaba agradarle. No buscaba favores, ni parecía impresionada por su rango. Precisamente por eso no conseguía apartarla de sus pensamientos. Cuando terminó de desayunar, volvió a hablar.
—Esta noche quiero hablar contigo.
Julia levantó lentamente la cabeza.
—¿Hablar?
—Sí.
—¿Sobre qué?
Marco sostuvo su mirada.
—Sobre nosotros.
Ella dejó la copa sobre la mesa.
—No existe ningún "nosotros", general.
Él sonrió con tranquilidad.
—Eso está por ver.
Julia negó despacio.
—No pienso acudir.
—Creo que sí.
—¿Y por qué habría de hacerlo?
—Porque tú también tienes demasiadas preguntas.
Julia permaneció unos segundos en silencio. Después se levantó de la mesa.
—Os equivocáis.
Marco dio un paso hacia ella y, con absoluta delicadeza, sujetó su muñeca apenas un instante. No hubo brusquedad. Solo un leve contacto. Julia retiró inmediatamente la mano.
—Ya os dije que no volvierais a tocarme.
Marco la soltó al instante.
—Algún día dejarás de apartarte.
Ella lo miró con firmeza.
—Ese día no llegará jamás.
Sin esperar respuesta, abandonó la cocina.
En ese momento comenzaron a entrar los primeros sirvientes de la casa para iniciar la jornada.
Marco permaneció unos instantes contemplando la puerta por la que Julia acababa de desaparecer.
Hacía muchos años que nadie se atrevía a desafiarlo de aquella manera.
Y, contra toda lógica, aquello empezaba a divertirlo.
Terminó tranquilamente su desayuno. Después se levantó y salió en dirección al campamento.
Le esperaba una intensa jornada de entrenamiento con la Novena Legión Hispana.
Julia permaneció toda la mañana en la factoría. Era el día de preparar el garum y ella supervisaba personalmente la mezcla de las especias. Bastaba una proporción inadecuada para arruinar toda una producción, y Tito Livio jamás dejaba aquella tarea en manos de otro.
Los soldados enviados por Marco aguardaban pacientemente en el exterior.
Las horas fueron pasando. Julia era perfectamente consciente de que seguían esperándola.
Aunque una parte de ella disfrutaba haciéndolos esperar, todavía seguía molesta por la decisión del general de imponerle una escolta sin haberle preguntado siquiera su opinión.
Cuando el trabajo terminó, el sol comenzaba ya a descender hacia el horizonte.
Sintió un leve remordimiento al salir de la factoría.
—Lamento la espera —dijo con educación.
Los tres legionarios restaron importancia al asunto.
—Es nuestro deber, señora.
Julia esbozó una leve sonrisa y emprendieron el camino de regreso a la domus.
Las calles comenzaban a vaciarse. La luz dorada del atardecer iba dejando paso lentamente a las primeras sombras. Al doblar una estrecha esquina, todo ocurrió en un instante. Cinco hombres armados surgieron de improviso de entre los soportales.
—¡Ahora! —gritó uno de ellos.
Los legionarios reaccionaron con la rapidez adquirida tras años de campañas.
Las espadas abandonaron las vainas con un sonido metálico.
El primer atacante apenas tuvo tiempo de levantar el arma antes de desplomarse atravesado por un gladius.
Otro cayó con un profundo corte en el hombro.
El resto respondió lanzándose sobre ellos.
La calle se convirtió en un torbellino de acero.
Julia retrocedió instintivamente buscando apartarse del combate.
Nunca había presenciado una lucha tan violenta.
Los legionarios combatían como un solo cuerpo.
Cada movimiento parecía perfectamente calculado pero los atacantes seguían llegando. Eran demasiados.
En medio del caos, uno de ellos logró rodearla por la espalda.
Antes de que pudiera reaccionar, un brazo le aprisionó el cuello.
Sintió el frío de una daga apoyarse contra su garganta.
Intentó liberarse. La hoja resbaló ligeramente sobre la piel y un fino hilo de sangre descendió por su cuello. El mundo pareció detenerse.
—¡Soltad las armas! —rugió el hombre.
Los legionarios permanecieron inmóviles.
—¡Ahora!
Los tres se miraron apenas un instante. Sabían que podían morir pero también sabían que un movimiento equivocado acabaría con la vida de Julia.
Uno tras otro fueron dejando caer los gladius sobre el empedrado. El sonido del hierro golpeando la piedra resultó estremecedor. Los asaltantes comenzaron a retroceder lentamente, arrastrando consigo a la joven. Nadie se atrevía a avanzar.
—Si nos seguís... la mataré.
Los tres soldados permanecieron inmóviles mientras observaban impotentes cómo los hombres alcanzaban los caballos ocultos bajo unos soportales.
Subieron a Julia a la fuerza sobre una de las monturas.
Instantes después, los jinetes galopaban ya hacia la puerta de la muralla.
La oscuridad comenzaba a cubrir Baelo Claudia.
Los tres legionarios permanecieron inmóviles apenas un segundo. Después echaron a correr. Uno de ellos montó inmediatamente a caballo y espoleó al animal en dirección a la domus. Tenía que avisar al general.