EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

—Ha sido una jornada provechosa. Aunque ha ocurrido un incidente que quizá debáis conocer.

El anciano frunció ligeramente el ceño.

—¿Un incidente?

El general dirigió una breve mirada hacia Julia.

—¿No os lo ha contado vuestra esclava?

Tito volvió inmediatamente la vista hacia la joven.

—Julia... ¿ha sucedido algo?

Ella apretó los labios. Había esperado evitar aquella conversación.

—No he tenido ocasión de hablar con usted desde esta mañana, amo.

Intentó restarle importancia.

—No ha sido nada grave.

Marco permaneció en silencio. Sabía perfectamente que no era cierto. Tito continuó mirándola, esperando una explicación y Julia comprendió que ya no podía ocultarlo.

—Mientras el general inspeccionaba el puerto, Silo me interceptó en una calle próxima a la factoría.

El silencio se hizo inmediato.

—Me advirtió de que podría ocurrirle una desgracia a alguien de esta casa... si hablábamos demasiado con los soldados.

El semblante del anciano se ensombreció.

—¿Por qué habría de inquietarle a Tiberio que yo hablara con Roma?

La pregunta quedó suspendida en el aire. Marco respondió con calma.

—Esa misma duda tengo yo.

Después miró a Tito.

—Permitidme preguntaros una cosa. ¿Por qué dirigirse precisamente contra Julia?

El anciano dejó lentamente la copa sobre la mesa.

—Porque ella conoce este negocio casi tan bien como yo.

Se volvió hacia el general.

—Sé que para usted no deja de ser una esclava. Para mí, sin embargo, es mucho más que eso. Julia ha sido la hija que nunca tuve. Desde niña demostró una inteligencia extraordinaria. La formé para administrar la casa y la factoría, y hoy prácticamente todas las decisiones importantes pasan por ella.

Hizo una breve pausa.

—Quien pretenda perjudicarme sabe perfectamente dónde hacer daño.

Marco comprendió entonces muchas cosas. Comprendió por qué todos acudían primero a Julia. Comprendió el respeto que inspiraba entre los trabajadores y comprendió, sobre todo, por qué Tiberio la había convertido en objetivo.

—No volverá a suceder.

La firmeza de su voz hizo que todos levantaran la vista.

—Desde mañana habrá soldados vigilando discretamente la casa y creo conveniente que Julia no salga sola durante algún tiempo.

Tito asintió sin vacilar.

—Estoy de acuerdo.

Después miró a la joven.

—Harás lo que dice el general.

Julia bajó la cabeza en señal de obediencia, aunque por dentro hervía de indignación. No necesitaba escolta. Sabía defenderse perfectamente pero discutir delante de Tito solo conseguiría preocuparlo todavía más.

Mientras la conversación continuaba, Claudia aprovechaba cada ocasión para servir al tribuno.

Sus manos apenas rozaban las de Quinto al dejar una copa o retirar una bandeja.

Eran contactos fugaces, casi imperceptibles.

Sin embargo, bastaban para que ambos fueran cada vez más conscientes de la presencia del otro.

Quinto procuraba mantener la compostura. No era hombre de dejarse distraer con facilidad. Pero aquella muchacha poseía una espontaneidad que comenzaba a desarmarlo. Claudia, por su parte, escondía una sonrisa cada vez que conseguía sorprenderlo desprevenido.

Cuando la cena concluyó, Tito se despidió cordialmente de sus invitados. Los tres hombres se retiraron a descansar. El día siguiente prometía ser todavía más intenso.

Al amanecer, Julia desayunaba sola en la cocina.

Las primeras luces del alba eran el único momento del día que le pertenecía por completo.

Antes de que la casa despertara, el silencio le permitía ordenar sus pensamientos y disfrutar de una paz que desaparecía en cuanto comenzaban las obligaciones.

Desde la llegada de los romanos, las jornadas se habían vuelto todavía más agotadoras.

Aquella noche apenas había logrado dormir.

Demasiadas preocupaciones se agolpaban en su cabeza.

Estaba terminando un trozo de pan cuando percibió un leve movimiento a su espalda. Al volverse, encontró al general apoyado en el umbral de la puerta, observándola con una ligera sonrisa. Se levantó de inmediato.

—No esperaba encontraros aquí, general.

Marco recorrió la estancia con la mirada.

—Ni yo esperaba encontrarte desayunando sola.

—Si lo deseáis, puedo prepararos el desayuno en el comedor.

Él negó despacio con la cabeza.

—Prefiero desayunar aquí.

Julia frunció ligeramente el ceño.

—No es habitual que los invitados desayunen en la cocina.

—Tampoco es habitual que un general romano se hospede en esta casa.

Hizo una breve pausa antes de añadir con una sonrisa apenas perceptible:

—Además, la conversación será mucho más agradable.

Julia reprimió un suspiro.

—¡Qué hombre más insufrible! —pensó mientras sacaba una jarra de leche, pan recién horneado y unas piezas de fruta.

Le sirvió el desayuno sin pronunciar una palabra. Después volvió a ocupar su asiento frente a él. Durante unos instantes solo se escuchó el crepitar del fuego. Finalmente, Julia rompió el silencio.

—Hoy debo acudir a la factoría. ¿Es realmente necesario que vaya acompañada por uno de vuestros soldados? Siempre he sabido cuidar de mí misma.

Marco dejó la copa sobre la mesa.

—Sí.

—No creo que...

—La escolta ya está designada.

Julia alzó la vista.

—No necesito que nadie me proteja.

Marco sostuvo serenamente su mirada.

—Eso no lo decides tú.

Ella apretó los labios.

—No pienso vivir vigilada.

El general esbozó una leve sonrisa.

—Prefiero una mujer enfadada... que una mujer muerta.

Aquellas palabras la desarmaron durante un instante. No respondió. Continuó desayunando en silencio.