CAPÍTULO 5 #2
—Comprendo.
Permanecieron unos pasos en silencio. Después añadió con una media sonrisa:
—¿Regresamos al campamento?
Marco negó con la cabeza.
—No. Volvamos a la casa de Tito Livio. Ya es hora de la cena. Se volvió hacia Lucio.
—Centurión, llevad a los hombres de regreso al campamento. Quiero las patrullas organizadas antes del anochecer.
—Sí, mi general.
Lucio saludó militarmente y se alejó con los legionarios. Marco y Quinto continuaron caminando hacia la domus de Tito Livio mientras el sol comenzaba a ocultarse sobre las aguas de Baelo Claudia.
Puerto de Ostia (Latium), 5 de enero del año 63 d. C.
El puerto de Ostia bullía de actividad desde el amanecer.
Decenas de embarcaciones entraban y salían de la desembocadura del Tíber cargadas de aceite, vino, mármol, especias y trigo procedentes de todos los rincones del Imperio.
Mercaderes, estibadores, marineros y esclavos se cruzaban entre gritos y órdenes mientras las grúas descargaban enormes bloques de piedra y las ánforas cambiaban de manos sin descanso.
Desde que el emperador Claudio ampliara el puerto años atrás, Ostia se había convertido en la principal puerta marítima de Roma. Entre aquel incesante trasiego de mercancías resultaba muy sencillo pasar desapercibido y nadie sabía hacerlo mejor que Spiculus.
Vestido como un próspero comerciante, observaba el puerto apoyado sobre la borda de su nave con la tranquilidad de quien llevaba media vida engañando a todo el mundo.
Para las autoridades romanas era un respetable mercader.
Para algunos comerciantes, un hombre de extraordinaria fortuna.
Solo unos pocos conocían la verdad. Spiculus era uno de los piratas más peligrosos del Mediterráneo occidental.
Su auténtica riqueza no procedía del vino ni del aceite que transportaba.
Ni siquiera del trigo. El negocio verdaderamente rentable era otro.
Personas. Hombres, mujeres y niños. La venta de esclavos proporcionaba beneficios que ninguna otra mercancía podía igualar.
Y, cuando la ocasión lo requería, aceptaba trabajos mucho menos confesables.
Sonrió levemente. El año anterior una terrible tempestad había hundido centenares de embarcaciones cargadas de trigo frente al puerto de Ostia.
Mientras Roma sufría el desabastecimiento, él había multiplicado su fortuna.
Las desgracias ajenas siempre habían sido excelentes oportunidades para los hombres inteligentes.
Un marinero descendió por la pasarela hasta situarse frente a él.
—Mi capitán. Todo está preparado. Las bodegas están completamente cargadas.
Spiculus dirigió una última mirada hacia el puerto.
El Fortuna, su robusto mercante, estaba listo para zarpar.
A simple vista parecía una embarcación comercial como cualquier otra.
Solo su tripulación sabía que, bajo las mercancías perfectamente ordenadas, viajaban armas ocultas y compartimentos preparados para transportar esclavos.
—Levad anclas.
El marinero dudó un instante.
—¿Ponemos rumbo a Hispania?
—Sí. A Baelo Claudia.
El hombre asintió.
—Con buenos vientos estaremos allí en una semana.
Spiculus apoyó los antebrazos sobre la borda.
El viento agitó ligeramente su capa. Sacó entonces de entre sus ropas una pequeña tablilla encerada.
La leyó por última vez. Era el mensaje enviado por Tiberio Aurelius.
Muy breve. Eso solo podía significar una cosa.
Había problemas y donde había problemas... también había dinero.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en su rostro. Tiberio seguía creyendo que controlaba aquella relación. Pobre iluso. No comprendía que los hombres como él solo eran útiles mientras generaban beneficios. El día que dejara de hacerlo... desaparecería igual que tantos otros antes que él.
Guardó nuevamente la tablilla.
—¿Qué creéis que querrá Tiberio? —preguntó su lugarteniente mientras observaban cómo los marineros desplegaban la vela mayor.
Spiculus contempló el horizonte.
—No lo sé. Pero si nos ha llamado con tanta urgencia... es porque algo importante está ocurriendo en Baelo Claudia. Y pienso averiguar de qué se trata.
Las gruesas amarras fueron soltándose una tras otra.
El Fortuna abandonó lentamente el puerto de Ostia mientras la brisa de poniente comenzaba a hinchar las velas.
Siete días después, si Neptuno les era favorable, navegarían frente a las costas de Hispania.
Y con ellos llegaría un peligro mucho mayor del que los habitantes de Baelo Claudia podían imaginar.
Cuando Marco y Quinto regresaron a la domus, Julia y Claudia los esperaban en el vestíbulo.
Quinto reconoció enseguida a la joven que aquella mañana había llevado las provisiones al campamento.
Claudia también se sorprendió al verlo. No esperaba que el tribuno se alojara en la casa de Tito Livio y, durante un breve instante, sus miradas volvieron a cruzarse.
Fue Julia quien rompió el silencio.
—Si lo desean, pueden pasar primero a los baños. La cena estará preparada en unos momentos.
Marco asintió.
—Será un placer.
Las dos jóvenes se pusieron en marcha por el corredor principal.
Mientras caminaban, Julia no pudo evitar preguntarse por qué su amo había insistido en que fueran precisamente ellas quienes recibieran a los invitados.
La casa de Tito Livio nunca había contado con un gran número de esclavos.
Cada uno conocía perfectamente sus obligaciones.
Prisca dirigía la cocina. Horacio se ocupaba de los establos, las reparaciones y el mantenimiento de la domus.
Claudia ayudaba allí donde era necesario y ella supervisaba la administración de la casa y de la factoría.
Aquella tarde, sin embargo, había pedido a Horacio que atendiera personalmente a los romanos durante el baño.
Prefería mantener cierta distancia con Marco Vinicius.
Después de lo ocurrido en el callejón, no se fiaba de sí misma tanto como le habría gustado.
Llegaron al pequeño complejo termal de la casa. La estancia que precedía a los baños servía de vestuario y estaba decorada con frescos de motivos marinos Un sirviente esperaba ya para recibir a los invitados. Julia hizo una leve inclinación.
—Si necesitan cualquier cosa, Horacio estará a su disposición.
Los dos oficiales agradecieron la atención.
En cuanto comenzaron a desprenderse de las capas y del armamento, Julia y Claudia abandonaron discretamente la estancia, dejando que el sirviente continuara con su trabajo.
Cuando ya se encontraban en el corredor, Claudia esperó unos segundos antes de hablar.
Miró alrededor para asegurarse de que nadie pudiera oírlas.
—Julia...
Ella sonrió sin dejar de caminar.
—¿Qué ocurre ahora?
Claudia bajó la voz hasta convertirla casi en un susurro.
—¿Has visto al tribuno?
Julia soltó una pequeña risa.
—Claro que lo he visto.
—Pues yo no consigo quitármelo de la cabeza.
Julia la miró divertida.
—¿Tan buena impresión te ha causado?
—¿Buena? —respondió Claudia llevándose una mano al pecho con gesto exagerado—. ¡Por los dioses! Si parece una estatua esculpida por los mejores artistas de Roma.
Julia negó con la cabeza conteniendo la risa.
—Empiezas a preocuparme.
—¿Yo…? ¿Y tú? ¿Ni siquiera sientes curiosidad por saber cómo será ese general tan estirado cuando deja la armadura?
Julia la fulminó con una mirada.
—Claudia...
La muchacha levantó inmediatamente las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien... no he dicho nada.
Las dos rompieron a reír mientras continuaban caminando hacia el comedor. El aroma de la cena recién preparada comenzaba ya a extenderse por toda la casa.
Marco y Quinto intercambiaron una mirada cómplice cuando las dos jóvenes abandonaron el vestuario.
A Marco le sorprendió la ligera decepción que sintió al verla marcharse.
Aquella reacción le resultó absurda. Por otro lado, tampoco le agradaba imaginar que Julia asistiera habitualmente a los invitados de Tito Livio durante el baño.
Prefería, sin duda, la discreta presencia del sirviente.
Los romanos no sentían el menor pudor por la desnudez. Los baños formaban parte de su vida cotidiana y mostrar el cuerpo era algo completamente natural. Sin embargo, aquella mañana descubrió que no le hacía ninguna gracia pensar en Julia atendiendo a otros hombres.
Guiados por Horacio, pasaron primero al frigidarium, donde el agua fría alivió el cansancio acumulado durante la jornada.
Después atravesaron el tepidarium, cuya temperatura templada preparaba el cuerpo para el intenso calor del caldarium.
La sala estaba coronada por una cúpula de ladrillo, abierta en el centro para dejar escapar el vapor que ascendía lentamente hasta perderse en el exterior.
Tras el baño regresaron al vestuario, donde se secaron, se vistieron de nuevo y se prepararon para la cena. Horacio les indicó el camino hacia el comedor.
Al entrar en el triclinium, Marco saludó respetuosamente a Tito Livio. Su mirada, sin embargo, buscó instintivamente a Julia. La joven permanecía junto a Claudia en uno de los extremos de la estancia, preparadas para servir la cena.
La estancia aparecía iluminada por numerosas lámparas de aceite cuyo resplandor hacía destacar el intenso rojo pompeyano de las paredes.
Sobre las mesas descansaban fuentes con carnes, pescado, frutas, panes recién horneados y pequeñas jarras de vino especiado.
Como era costumbre entre las familias acomodadas, la cena constituía la comida principal del día.
Julia esperó la autorización de Tito antes de comenzar el servicio. El anciano asintió. Mientras la joven iba sirviendo los primeros platos, Marco no pudo evitar observarla. Todo en ella desprendía serenidad y elegancia, incluso la forma pausada con que sostenía una jarra o colocaba una bandeja.
Tito rompió el silencio.
—¿Qué tal ha transcurrido el día, general? ¿Habéis conseguido avanzar en la investigación?
Marco dejó la copa sobre la mesa.