CAPÍTULO 5
«Ten presente que los hombres, hagas lo que hagas,
siempre serán los mismos.»
Marco Aurelio.
Después del incidente en el callejón, Marco acompañó a Julia hasta la casa de Tito Livio. Apenas se aseguró de que había entrado sana y salva en la domus, emprendió el camino hacia el campamento para reunirse con Quinto Aurelius.
Julia atravesó el vestíbulo sumida en sus pensamientos.
No conseguía apartar de su memoria lo ocurrido unos minutos antes.
El general la desconcertaba. Aquel hombre era capaz de irritarla como nadie.
Bastaba una sola palabra suya para despertar en ella el deseo de discutir.
Y, sin embargo... cuando había visto las marcas en su cuello, la expresión de Marco había cambiado por completo.
No había encontrado arrogancia en sus ojos, ni desprecio, solo una preocupación sincera que la había tomado completamente por sorpresa.
Recordó el leve roce de sus dedos sobre la piel.
Apenas había sido un instante. Una simple caricia destinada a comprobar el daño que Silo le había causado.
Y, sin embargo, aquel contacto había bastado para acelerar el latido de su corazón.
Sacudió ligeramente la cabeza. No podía permitirse pensar en un hombre como Marco Vinicius.
Era un general romano. Acostumbrado a recorrer el Imperio, a cumplir misiones y continuar siempre hacia un nuevo destino.
Tarde o temprano abandonaría Baelo Claudia.
Y ella no estaba dispuesta a entregar su corazón a un hombre que pertenecía al camino más que a ningún lugar.
—¡Julia!
La voz de Claudia la devolvió bruscamente a la realidad. La muchacha apareció por el corredor casi sin aliento.
—¡Por fin llegas! Prisca está en la cocina echando humo. Lleva toda la tarde dando órdenes y creo que dentro de poco empezará a lanzarnos los cazos a la cabeza.
Julia no pudo evitar sonreír.
—¿Tan mal está la situación?
—Peor. Horacio prepara los baños y la cena todavía no está lista. Dice que los romanos querrán bañarse antes de sentarse a la mesa.
—Entonces será mejor que vayamos a ayudar.
Las dos jóvenes echaron a andar hacia la cocina. Apenas habían recorrido unos pasos cuando un pequeño cuerpo chocó contra Julia abrazándola por la cintura.
—¡Julia!
Era Paulo. La joven sonrió inmediatamente.
—¿Qué ocurre ahora, pequeño?
El niño levantó la cabeza. Su expresión había perdido toda la picardía habitual.
—¿Sigues enfadada conmigo?
Julia se agachó hasta quedar a su altura.
—¿Y por qué iba a estarlo?
Paulo bajó la mirada.
—Padre dice que por mi culpa el amo Tito ha tenido problemas con el general. Dice que me van a echar de aquí por portarme mal.
Guardó silencio unos segundos.
—Lo siento.
Julia le apartó con ternura un mechón de cabello de la frente.
—Sé que querías ayudarme, pero no puedes resolver mis problemas por mí.
El niño asintió lentamente.
—Lo sé.
—Las travesuras tienen consecuencias, Paulo. Y ahora debes aprender a asumirlas. Creo que lo mejor será que pidas disculpas al general y a sus hombres.
El pequeño hizo una mueca. Aquella idea no parecía entusiasmarle demasiado.
—¿Tengo que hacerlo?
—Sí. Si esperas que los demás te respeten, debes empezar por reconocer cuándo te equivocas.
Paulo suspiró profundamente.
—Está bien... Lo haré.
Julia sonrió satisfecha.
—Ahora sí vuelvo a reconocer al muchacho valiente que conozco.
Después señaló hacia el corredor.
—Ve a buscar a tu padre. Seguro que necesita ayuda preparando los baños.
El niño salió corriendo. Apenas desapareció por la puerta, Prisca se acercó secándose las manos en el delantal.
—Lo proteges demasiado.
Julia sonrió.
—Tal vez.
—Pero eres la única persona a la que realmente escucha. No sé qué haríamos sin ti.
Julia miró hacia la puerta por donde acababa de desaparecer Paulo.
—Es un buen niño. Solo tiene demasiada energía y todavía no sabe dónde ponerla. Ya encontraremos la manera de encauzarla.
Prisca sonrió.
—Conociéndolo... necesitaremos más paciencia que otra cosa.
Las dos mujeres rompieron a reír. El aroma del pan recién horneado comenzaba a extenderse por toda la cocina mientras la casa recuperaba poco a poco el ritmo de una nueva jornada.
Unos minutos después, Marco regresó al campamento en busca de Quinto.
En una amplia explanada, varios legionarios se ejercitaban con espada y escudo bajo la atenta supervisión del centurión Lucio Flavius.
Más allá, otros soldados reforzaban el perímetro del campamento, levantando la empalizada y profundizando el foso que protegería la posición.
Cuando el general se aproximó a la tienda de mando, Quinto salía de ella revisando unas tablillas de cera.
—Quinto, necesito que me acompañes a la casa de Tiberio Aurelius. Que venga también Lucio con algunos hombres.
El tribuno levantó la vista.
—¿Ha ocurrido algo?
—Hace un momento he sorprendido a Silo, el hombre de confianza de Tiberio, sujetando del cuello a Julia, la esclava de Tito Livio. Cuando aparecí salió huyendo. Quiero saber qué hacía allí.
Quinto frunció ligeramente el ceño.—¿La ha agredido?
—Le ha dejado los dedos marcados en el cuello.
Durante un instante, ambos permanecieron en silencio.
—Los hombres están preparados —respondió finalmente Quinto—. Podemos partir cuando ordenéis.
Escoltados por varios legionarios, Marco y Quinto atravesaron las calles de Baelo Claudia.
Mientras caminaba, Marco apenas prestaba atención al bullicio de la ciudad.
Su mente seguía detenida en el callejón.
En aquellas marcas rojizas que Silo había dejado sobre el cuello de Julia.
Apretó inconscientemente la mandíbula. No comprendía por qué aquella imagen seguía persiguiéndolo.
La residencia de Tiberio Aurelius se alzaba en uno de los barrios más acomodados, cerca de la playa.
La ubicación era privilegiada. La casa, sin embargo, había conocido tiempos mejores.
La fachada mostraba grietas, parte del estuco se había desprendido y algunas columnas comenzaban a acusar el desgaste del tiempo.
Nada que un observador inexperto apreciara.
Pero Marco estaba acostumbrado a valorar la riqueza de un hombre con una sola mirada.
Aquella casa hablaba de un comerciante cuya fortuna comenzaba a resquebrajarse.
Llamó a la puerta. Un esclavo extremadamente delgado les abrió con evidente nerviosismo.
—Deseo hablar con vuestro amo. Decidle que Marco Vinicius solicita verle.
El esclavo hizo una rápida inclinación.
—Sí, señor. Si sois tan amables de seguirme...
Los condujo a través del atrium hasta un elegante peristilo rodeado de columnas. Al fondo se encontraba el despacho. Tras
anunciar su presencia, abrió la puerta. Tiberio Aurelius levantó lentamente la cabeza. A su lado permanecía Silo. Nada más ver entrar a los romanos, el esbirro dio un imperceptible paso atrás. A Marco no le pasó desapercibido.
—Sed bienvenidos a mi casa —saludó Tiberio con una sonrisa serena—. ¿Con quién tengo el honor de hablar?
Marco dio un paso al frente.
—Soy Marco Vinicius, comandante de las fuerzas enviadas por Roma para garantizar la seguridad de Baelo Claudia.
Señaló a su compañero.
—Él es el tribuno Quinto Aurelius.
Tiberio inclinó cortésmente la cabeza.
—Es un honor recibiros.
Imagino que vuestra llegada responde a los lamentables acontecimientos ocurridos en la casa de Tito Livio.
—Así es.
Según tengo entendido, hasta ahora la vigilancia de la ciudad estaba bajo vuestra responsabilidad.
—Así era. Y os aseguro que nadie lamenta más que yo lo sucedido. Baelo Claudia siempre ha sido una ciudad tranquila. Lo ocurrido ha sorprendido a todos.
Mientras hablaba, Tiberio mantenía una calma impecable. Demasiado impecable. Marco llevaba años interrogando hombres. Sabía reconocer cuándo alguien medía cuidadosamente cada palabra.
El general desvió entonces la mirada hacia Silo.
—Esta mañana os he visto cerca de la casa de Tito Livio.
Silo tragó saliva.
—¿Sí?
—Estabais sujetando por el cuello a una mujer. ¿Por qué?
Silo intentó sonreír.
—Solo ha sido un malentendido. La muchacha exageró las cosas. Discutimos por un asunto sin importancia.
Marco no respondió. Simplemente siguió observándolo. El silencio comenzó a hacerse incómodo. Fue Tiberio quien intervino.
—General, estoy convencido de que todo tiene una explicación. Silo puede ser impulsivo en ocasiones, pero jamás atentaría contra una mujer.
Marco continuó mirando fijamente al esbirro. Después dio un paso hacia él. Muy despacio. Tan despacio que Silo apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la poderosa mano del general le cerró el cuello. No apretó. Solo lo suficiente para inmovilizarlo. Su voz sonó baja, fría.
—Escuchadme bien. Si volvéis a poner una sola mano sobre esa mujer... seré yo quien acabe con vos.
El despacho quedó completamente en silencio. Silo intentó responder. No pudo. Marco lo soltó lentamente.
—¿Ha quedado claro?
El hombre asintió con evidente dificultad.
Quinto observaba la escena en silencio. No era habitual ver a Marco perder el control. Aquello significaba una sola cosa. La agresión había despertado en él algo mucho más profundo que una simple preocupación por mantener el orden.
Tiberio rompió finalmente el silencio.
—General, podéis estar tranquilo. Estoy seguro de que este lamentable incidente no volverá a repetirse.
Marco volvió ahora la mirada hacia él.
—Eso espero porque de ahora en adelante la seguridad de Baelo Claudia deja de estar en vuestras manos. Mis hombres asumirán toda la vigilancia de la ciudad. Si averiguáis cualquier cosa relacionada con los robos o con el asesinato de los guardias de Tito Livio... me lo comunicaréis inmediatamente.
Tiberio sonrió con la misma serenidad de antes.
—Así se hará.
Los dos oficiales abandonaron la casa acompañados por Lucio Flavius y los legionarios. Cuando hubieron recorrido unos metros, Quinto rompió el silencio.
—No recordaba haberos visto nunca agarrar así a un hombre.
Marco continuó caminando.
—Yo tampoco recordaba haber visto a alguien marcar el cuello de una mujer de esa manera.
Quinto sonrió apenas.