EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 4 #3
14%

CAPÍTULO 4 #3

Y continuó caminando. Quinto, sin embargo, esperó unos segundos antes de levantar de nuevo la vista.

La joven ya se alejaba entre los sirvientes.

Observó cómo desaparecía entre las calles de Baelo Claudia y, sin saber por qué, una leve sonrisa apareció en sus labios.

Después volvió a concentrarse en el campamento.

Aún ignoraba que aquella muchacha volvería a cruzarse en su camino.

Y que, con el paso del tiempo, terminaría cambiando su vida para siempre.

El general se estaba retrasando. Julia suspiró con impaciencia.

Aún le quedaban varios asuntos pendientes en la casa de Tito Livio y el sol comenzaba ya a descender sobre la ciudad.

Salió de la factoría y asomó al callejón con la intención de comprobar si el general Marco regresaba.

Fue entonces cuando se encontró frente a frente con Silo.

El hombre sonrió con una mueca desagradable.

Un penetrante olor a vino agrio, sudor rancio y pescado fermentado lo envolvía como una segunda piel.

Su túnica, manchada y descuidada, apenas conseguía ocultar su corpulencia.

Julia sintió un profundo rechazo.

—¿Qué haces aquí, Silo? —preguntó con frialdad—. Ya te he dicho muchas veces que no vuelvas a acercarte a mí.

El hombre soltó una carcajada.

—Sigues siendo tan altiva como siempre. Intentó sujetarla por la cintura.

Julia se apartó con rapidez.

—Ni se te ocurra tocarme.

—¿Y si me apetece?

La joven lo miró con desprecio.

—Antes deberías descubrir dónde están los baños públicos. El agua del mar sigue siendo gratis.

La sonrisa desapareció del rostro de Silo. De un brusco movimiento la empujó contra el muro y le cerró la mano alrededor del cuello.

Julia sintió cómo le faltaba el aire.

—Escúchame bien. Dile a Tito Livio que deje de contarle historias al general romano. Hay asuntos en los que le conviene guardar silencio o puede que un día no despierte para contarlo.

Mientras hablaba, deslizó la mano por el cuello de la joven intentando acercar su rostro al de ella. Julia sintió una oleada de asco. Reunió todas sus fuerzas y descargó una violenta patada entre las piernas del hombre.

Silo soltó un alarido. Se dobló sobre sí mismo mientras retrocedía varios pasos. Fue entonces cuando ambos escucharon unos pasos aproximándose por el callejón. El comandante apareció al fondo de la calle. Su mirada recorrió la escena en

apenas un instante. No necesitó más. Silo comprendió inmediatamente que había perdido toda ventaja. Maldijo entre dientes y echó a correr hacia las callejuelas que desembocaban en el foro.

Marco dio un paso para perseguirlo pero se detuvo, Julia seguía apoyada contra el muro intentando recuperar el aliento.

La respiración agitada, las manos temblorosas y unas profundas marcas rojizas comenzaban a aparecer alrededor de su cuello.

Toda la rabia que había contenido durante años pareció concentrarse en un solo instante.

Se acercó lentamente y sin decir una palabra, levantó con enorme delicadeza el mentón de Julia.

Observó las marcas. Su mandíbula se endureció.

—¿Quién era?

La voz sonó mucho más grave de lo habitual.

—Silo. El hombre de confianza de Tiberio Aurelius.

Marco no apartó los ojos de aquellas señales.

—¿Qué quería?

Julia vaciló. Recordó la amenaza. No pensaba poner en peligro a Tito.

—No importa. Ya está resuelto.

Marco levantó lentamente la vista. Sus ojos azules se clavaron en los de ella.

—Importa… y mucho.

Durante unos segundos ninguno habló. El silencio se hizo casi insoportable. Marco levantó una mano. Muy despacio. Con el pulgar rozó apenas una de las marcas que comenzaban a oscurecerse sobre la piel de Julia. El contacto fue tan leve que casi parecía una caricia.

Ella contuvo involuntariamente la respiración. Él retiró inmediatamente la mano. Como si aquel simple roce hubiera significado más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—No volverá a tocaros.

No era una promesa. Era una certeza. Julia lo observó sorprendida. Por primera vez desde que aquel hombre había llegado a Baelo Claudia no veía al orgulloso general romano. Veía a un hombre sinceramente indignado. Y, contra toda lógica, aquella preocupación le conmovió.

Marco dio un paso atrás, recuperó la compostura y volvió a ser el comandante de la Novena Legión.

—Vámonos.

—¿Adónde?

Él dirigió la vista hacia la ciudad. Su expresión se había endurecido de nuevo.

—Ha llegado el momento de visitar a Tiberio Aurelius.

Julia comprendió inmediatamente sus intenciones.

—General... No merece la pena.

Marco negó lentamente con la cabeza.

—Se ha atrevido a levantar la mano contra una persona bajo mi protección, y eso tiene consecuencias.

Sin esperar respuesta comenzó a caminar hacia la ciudad.

Julia permaneció inmóvil unos segundos. Después lo siguió.

Mientras avanzaban por las calles de Baelo Claudia, ninguno de los dos dijo una sola palabra.

Pero ambos sabían que, a partir de aquel instante, algo había cambiado para siempre entre ellos.