EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—Los romanos ya se han instalado en la ciudad.

Tiberio no apartó la vista del puerto.

—¿Los vigilan?

—Sí. Tenemos hombres junto a la casa de Tito y otros cerca del campamento de la Novena Legión. Nadie sospecha que los seguimos. Tiberio permaneció unos segundos pensativo. Después habló con absoluta frialdad.

—No quiero errores.

Silo inclinó la cabeza.

—No los habrá.

Tiberio volvió entonces la mirada hacia él.

—Cuando Julia se encuentre sola... elimínala.

Silo sonrió lentamente. Aquella sonrisa helaba la sangre.

—Será un placer.

Tiberio dio un paso hacia él.

—Escúchame bien. No busco venganza. Busco resultados. La muerte de esa muchacha dejará a Tito sin la persona que mantiene en pie todos sus negocios. Quiero que parezca un accidente. ¿Lo has entendido?

Silo volvió a asentir.

—Sí, señor.

Sin añadir una palabra más abandonó la estancia.

Mientras descendía por las escaleras de la domus, una sonrisa cada vez más siniestra se dibujó en su rostro.

Había observado muchas veces a Julia. Demasiadas.

No le bastaba con cumplir la orden de su amo.

Antes pensaba disfrutar del miedo de la joven.

Ignoraba que, desde aquella misma mañana, la presencia del general Marco Vinicius iba a convertir aquella misión en mucho más peligrosa de lo que imaginaba.

El campamento romano comenzaba a tomar forma en la parte más elevada del recinto amurallado. Desde allí dominaban toda la ciudad y el puerto, una posición privilegiada tanto para la defensa como para la vigilancia.

Tito Livio había ayudado a Marco a escoger aquel emplazamiento, convencido de que, en caso de ataque, ofrecería la mejor protección posible.

Quinto Aurelius supervisaba los trabajos con la eficacia que lo caracterizaba.

—Centurión Criso —ordenó con voz firme—. Que cada cohorte levante sus tiendas siguiendo la distribución prevista.

Dejad un amplio espacio libre junto a la muralla y comenzad inmediatamente la excavación del foso. Quiero que antes del anochecer el perímetro defensivo esté completamente delimitado.

—Así se hará, tribuno.

Los legionarios se dispersaron con rapidez. Unos descargaban carros; otros levantaban empalizadas, mientras varios grupos comenzaban a cavar el terreno siguiendo las instrucciones recibidas. En aquel aparente caos, cada hombre conocía perfectamente cuál era su cometido.

A media mañana, un pequeño grupo de sirvientes cruzó la explanada en dirección al campamento.

Al frente caminaba Claudia. Entre todos transportaban cestos de pan, odres de vino, fruta y varias provisiones que Tito Livio enviaba para facilitar la instalación de los romanos durante los primeros días.

Era la primera vez que la joven veía trabajar de cerca a toda una legión.

Observaba fascinada el ir y venir de los soldados.

Jamás había imaginado que tantos hombres pudieran moverse con semejante disciplina.

Ni un grito. Ni una discusión. Cada orden era obedecida con una precisión admirable.

Mientras avanzaba, no pudo evitar sonreír.

—Pues sí que impresionan los romanos... —murmuró para sí.

Un esclavo que caminaba a su lado soltó una carcajada.

—¿Impresionan o te gustan?

Claudia le dio un pequeño codazo.

—¡Calla y sigue andando!

El muchacho continuó riéndose mientras ella fingía ignorarlo. Preguntó a un soldado dónde podía encontrar al tribuno Quinto Aurelius. El legionario señaló hacia un grupo de oficiales que supervisaban las obras.

—Aquel de allí.

Claudia levantó la vista y lo vio. Quinto permanecía de pie, dando instrucciones con absoluta serenidad. Alto, de porte impecable y expresión concentrada, parecía formar parte del propio campamento. Durante un instante, Claudia olvidó por completo lo que iba a decir.

Quinto levantó la cabeza casi al mismo tiempo.

Vio acercarse a una joven acompañada de varios sirvientes.

No llevaba joyas ni vestidos llamativos.

Y, sin embargo... Había algo extraordinariamente luminoso en ella.

Quizá fuera su sonrisa o aquella forma despreocupada de caminar.

Le llamó la atención sin saber muy bien por qué.

Los ojos de ambos se encontraron apenas un instante.

El tiempo justo para que los dos permanecieran inmóviles.

—Tribuno...

La voz de Criso lo devolvió a la realidad.

—Creo que os buscan.

Quinto carraspeó discretamente.

—Sí... decidme.

Claudia dio un paso al frente.

—Mi señor Tito Livio os envía estas provisiones para los hombres.

El tribuno recuperó inmediatamente su compostura.

—Transmitidle mi agradecimiento.

Volviéndose hacia los legionarios, ordenó:

—Ayudad a descargar los carros y llevad todo al almacén.

Varios soldados acudieron enseguida para colaborar con los sirvientes.

Mientras tanto, Claudia permanecía en silencio observando el incesante movimiento del campamento.

Aquellos hombres parecían capaces de levantar una ciudad en apenas unas horas.

Cuando terminaron de descargar las provisiones, hizo una pequeña inclinación de cabeza.

—Con vuestro permiso.

—Que tengáis buen día.

Ella sonrió con naturalidad antes de emprender el camino de regreso junto a los demás. No había avanzado más de unos pasos cuando, llevada por un impulso del que después se avergonzaría, volvió ligeramente la cabeza.

Quinto seguía allí. No la estaba mirando. Había retomado su trabajo como si nada hubiera ocurrido. Claudia sonrió para sí.

—Demasiado serio... —susurró divertida.