EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

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Julio César.

La jornada comenzaba muy temprano en la casa de Tito Livio.

Con las primeras luces del alba, los esclavos ya habían iniciado sus tareas.

Después de un desayuno frugal compuesto de pan, aceite de oliva y un puñado de frutos secos, Julia revisó las cuentas de la factoría y distribuyó el trabajo entre los sirvientes.

Como cada mañana, acompañó después a Tito Livio hasta el atrium.

Varios clientes aguardaban ya la salida del pater familias.

Unos acudían para presentar sus respetos; otros, para solicitar consejo o plantearle asuntos relacionados con el comercio.

Tito los recibió uno a uno con la cordialidad que siempre lo caracterizaba, escuchando pacientemente cuanto tenían que decirle.

Cuando la salutatio concluyó, el anciano abandonó la casa acompañado por varios de sus clientes rumbo al foro.

Julia permaneció unos instantes en el vestíbulo.

Aquel día debía acompañar al general romano durante el reconocimiento de la ciudad.

Era la primera vez desde la llegada de Marco Vinicius que sentía verdadera inquietud.

No temía su autoridad, lo que la preocupaba era no comprender qué pretendía aquel hombre.

El interrogatorio del día anterior seguía muy presente en su memoria.

Desde niña, Tito Livio la había tratado como a una hija.

Toda la casa conocía el afecto que los unía y nadie había interpretado jamás aquella relación de otra manera.

Las insinuaciones del general la habían ofendido profundamente.

Y, aun así, estaba convencida de que aquello no había terminado.

Marco Vinicius no era un hombre acostumbrado a aceptar un desafío. Tendría que actuar con prudencia.

Poco después, Marco y el tribuno Quinto Aurelius aparecieron en el vestíbulo. Sin apenas intercambiar unas palabras, los tres emprendieron el camino hacia la ciudad.

El mercado comenzaba ya a llenarse de comerciantes.

Los puestos rebosaban frutas, verduras, pescado recién descargado del puerto, ánforas de aceite y tejidos llegados de todos los rincones del Imperio.

A medida que avanzaban, los vecinos saludaban respetuosamente a Julia.

Sin embargo, aquella mañana las sonrisas eran más contenidas.

La presencia del comandante de la Novena Legión imponía un respeto difícil de disimular.

Marco caminaba observándolo todo. Las calles, las murallas, los accesos, los movimientos de la población…

. Nada escapaba a sus ojos. Pero, por mucho que intentara concentrarse en su misión, era plenamente consciente de la mujer que caminaba apenas unos pasos por delante.

Recordó la bofetada. Y, sorprendentemente, una ligera sonrisa estuvo a punto de dibujarse en sus labios.

Ninguna mujer se había atrevido jamás a tratarlo de aquel modo.

Y lejos de irritarlo... ese recuerdo despertaba una curiosidad cada vez mayor.

Sin apartar la vista de la calle, rompió el silencio.

—Julia.

La joven volvió ligeramente la cabeza. Era la primera vez que pronunciaba su nombre.

—Decidme, ¿de dónde obtiene la ciudad el agua que abastece a sus habitantes?

Julia señaló hacia las colinas.

—Baelo Claudia recibe agua de tres acueductos. El principal nace en el manantial de Punta Paloma, al norte de la ciudad. Los otros dos sirven de apoyo cuando el caudal disminuye durante el verano.

Marco levantó la vista. Observó el recorrido de los canales. Después miró a Quinto.

—Quiero dos hombres vigilando permanentemente el manantial principal.

El tribuno asintió.

—También estableceréis puestos de vigilancia junto a los acueductos y en todas las puertas de acceso a la ciudad. Si alguien pretende atacarnos, intentará cortar el suministro de agua antes que cualquier otra cosa.

Quinto tomó nota mentalmente de cada orden.

—Revisad también el estado de las murallas. Si necesitan refuerzo, comenzaremos las obras inmediatamente. Por último, situad dos hombres en cada torre del paseo de ronda. Nadie entrará en Baelo Claudia sin ser observado.

—Así se hará, mi comandante.

Antes de marcharse, Quinto dirigió una rápida mirada a Julia. Después sonrió discretamente. Conocía demasiado bien a Marco. Sabía que aquellas inspecciones podían haberlas realizado los tres juntos. Sin embargo, el general había encontrado un excelente motivo para quedarse a solas con la joven.

Reanudaron la marcha. Durante varios minutos ninguno habló. Marco caminaba con las manos cruzadas a la espalda y Julia rompió finalmente el silencio.

—La mayor parte de los habitantes son comerciantes, pescadores y campesinos. En caso de ataque, pocos sabrían empuñar un arma. Nuestra riqueza depende casi por completo del mar.

Mientras hablaba, el comandante la escuchaba con atención.

—Cada primavera llegan cientos de trabajadores para la campaña del atún. Disponemos de agua abundante, sal procedente de las salinas cercanas, arcilla para fabricar ánforas y un puerto excepcional para exportar nuestras mercancías. Todo cuanto produce esta ciudad sale por mar.

Marco comenzaba a comprender por qué Roma protegía con tanto interés aquel lugar. No era únicamente una ciudad, era una pieza clave para la economía del Imperio.

Media hora después llegaron a la factoría de salazones.

Nada más cruzar la puerta, un intenso olor a pescado, sal y algas impregnó el ambiente.

La nave principal estaba llena de mesas donde varios esclavos limpiaban, descabezaban y troceaban los atunes recién descargados.

Más allá se extendía la zona destinada al salazón.

Decenas de grandes piletas de piedra contenían capas alternas de pescado y sal.

Julia señaló el recinto.

—Aquí comienza todo el proceso.

El pescado se limpia en la primera sala y después pasa a estas cubetas, donde permanece el tiempo necesario antes de transformarse en conserva o en salsa garum.

Marco observó cada detalle. La organización era impecable.

—¿Quién supervisa todo esto?

Julia respondió con absoluta naturalidad.

—Yo.

Marco volvió la cabeza.

—¿Tu…?

Ella asintió.

—Mi señor me confió esa responsabilidad hace años. También llevo las cuentas y organizo la distribución de los pedidos.

El comandante permaneció unos segundos en silencio. No esperaba aquella respuesta. Mucho menos pronunciada con tanta seguridad. Julia continuó caminando hasta detenerse ante un gran portón reforzado.

—Esta puerta comunica directamente con el puerto. Fue por aquí por donde entraron los ladrones. Cuando llegamos seguía cerrada desde fuera. Alguien tuvo que abrirles desde el interior.

Marco examinó cuidadosamente los goznes. No había señales de violencia. Todo confirmaba las sospechas. El enemigo no había forzado la entrada, había sido recibido.

Salieron al exterior. Ante ellos se abría la ensenada de Baelo Claudia.

El mar brillaba bajo la luz del invierno con un azul tan intenso que parecía confundirse con el cielo.

Varias embarcaciones descansaban sobre la arena esperando la siguiente marea.

Los pescadores remendaban las redes mientras los niños corrían entre las barcas.

Aquel rincón transmitía una paz difícil de imaginar en un lugar amenazado por piratas.

Marco recorrió lentamente el puerto con la mirada. Cada vez estaba más convencido, la traición procedía del interior. Se volvió hacia Julia.

—Voy a inspeccionar personalmente las murallas y hablar con los hombres encargados de la vigilancia.

Ella esperó.

—Podéis regresar a la factoría. Os encontraré allí cuando termine.

Julia inclinó ligeramente la cabeza.

—Como ordenéis, general.

Mientras la joven se alejaba, Marco permaneció observándola unos segundos más.

Había comenzado el día creyendo que acompañaría a una simple esclava.

Terminaba aquella primera inspección con la certeza de que estaba ante una mujer cuya inteligencia igualaba, y quizá superaba, a la de muchos hombres que había conocido en Roma.

Y aquella revelación empezaba a resultarle mucho más peligrosa de lo que estaba dispuesto a admitir.

Al otro lado de la ciudad, muy lejos de la tranquilidad que reinaba en la casa de Tito Livio, el ambiente era muy distinto. En el despacho de la Casa de Tiberio Aurelius, dos hombres conversaban a puerta cerrada.

Tiberio Aurelius permanecía de pie junto a la ventana.

Desde allí podía contemplar parte del puerto y las embarcaciones que entraban y salían de la ensenada.

Aquella ciudad también llevaba su sello.

Había dedicado media vida a levantar su fortuna.

Cada almacén, cada ánfora vendida y cada acuerdo comercial eran fruto de años de esfuerzo, sacrificio y una voluntad inquebrantable.

Nadie conocía realmente sus orígenes y él se había encargado de que así fuera.

Había nacido sin nombre, sin fortuna y sin privilegios.

Mientras otros heredaban riquezas y honores, él había tenido que abrirse camino solo.

Con inteligencia, con ambición y, cuando había sido necesario... sin escrúpulos.

Su mirada se endureció. Todo cuanto había conseguido peligraba por culpa de un solo hombre.

Tito Livio. Apretó los puños. Lo detestaba.

El anciano gozaba del respeto de toda Baelo Claudia.

Su palabra era escuchada en el foro como si se tratara de un magistrado y sus negocios prosperaban año tras año.

Mientras tanto, él veía cómo algunos de sus mejores clientes comenzaban a abandonarlo para comerciar con la competencia.

Aquello no podía continuar. El reciente robo de las ánforas de garum apenas había servido para frenar la ventaja de Tito.

Necesitaba un golpe definitivo y la llegada del general romano complicaba todavía más las cosas.

Unos pasos rompieron el silencio. Silo acababa de entrar en el despacho. Era un hombre alto, corpulento y de mirada turbia. Su sola presencia inspiraba desconfianza.

—¿Qué noticias traes?