CAPÍTULO 3 #3
—Quiero saber qué relación mantiene con Tito Livio.
Quinto asintió.
—Así se hará.
En ese momento un sirviente apareció en el comedor.
—Buenos días, señores. Mi amo desea saber si vuestro descanso ha sido satisfactorio. Cuando hayáis terminado, os espera en su despacho.
Marco dejó la copa sobre la mesa.
—Vamos.
Cuando ambos entraron en el despacho, Marco se detuvo un instante. Julia permanecía junto a Tito Livio revisando varios pergaminos. No estaba sirviendo. No esperaba órdenes. Trabajaba a su lado y aquello llamó inmediatamente su atención. Una esclava no ocupaba ese lugar.
Tito levantó la vista y los recibió con cordialidad.
—Bienvenidos. Tomad asiento.
Los dos romanos obedecieron. El anciano desplegó un plano de la ciudad sobre la mesa.
—Supongo que desearéis conocer los motivos de vuestra presencia en Baelo Claudia.
Marco asintió. Tito señaló el puerto.
—Durante los últimos meses hemos sufrido numerosos robos en las factorías de salazones. Las pérdidas materiales no han sido excesivas, pero sí las humanas.
El general frunció el ceño.
—¿Cuántos hombres?
—Cuatro. Todos aparecieron degollados. Ninguno tuvo oportunidad de defenderse.
Marco intercambió una rápida mirada con Quinto.
—¿Las puertas de la ciudad fueron forzadas?
—No. Cuando llegamos, una de ellas estaba abierta. La que comunica directamente con el puerto.
Marco apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Entonces alguien abrió desde dentro.
Tito asintió lentamente.
—Eso mismo creemos.
Durante unos instantes reinó el silencio. Después continuó.
—La vigilancia de la ciudad corresponde a Tiberio Aurelius.
Dirige la otra gran factoría de salazones.
Nuestra rivalidad comercial es conocida por todos.
Nunca hemos mantenido una relación cordial.
Además, varios de mis hombres aseguran haber visto individuos procedentes del norte de África merodeando por las inmediaciones del puerto.
Temo que los piratas mahuritanos estén recibiendo ayuda desde el interior de la ciudad.
Marco permaneció unos segundos observando el plano. Después habló con absoluta decisión.
—A partir de hoy la Novena Legión establecerá el campamento dentro del recinto amurallado. Revisaremos personalmente las defensas. Mientras tanto, necesito que vuestros hombres continúen investigando. Toda la información deberá llegar directamente a mí.
—Así será.
Tito volvió la mirada hacia Julia.
—Acompañarás al general. Enséñale la ciudad, las factorías y cuanto necesite conocer. Yo mostraré al tribuno el lugar más adecuado para instalar el campamento.
Quinto se levantó inmediatamente.
—Cuando gustéis.
Pocos segundos después ambos abandonaban el despacho. La puerta se cerró. El silencio se hizo entre Marco y Julia.
El comandante rodeó lentamente la mesa. Julia permaneció inmóvil pero no apartó la mirada. Marco se detuvo frente a ella.
—Hay algo que no consigo comprender.
Ella esperó.
—Ayer vuestro amo permitió que me contradijerais delante de todos. Hoy os sienta a su lado en una reunión reservada a los responsables de esta ciudad.
Hizo una breve pausa.
—No es el lugar que corresponde a una esclava.
Julia sostuvo serenamente su mirada.
—¿Qué intentáis decir?
—Solo quiero saber qué lugar ocupáis realmente en esta casa.
La joven comprendió perfectamente la insinuación.
—Ocupo exactamente el lugar que el señor Tito Livio ha decidido confiarme.
Marco sonrió apenas.
—En Roma, pocas esclavas disfrutan de semejantes privilegios.
—Porque pocas tienen un amo como el mío.
Aquella respuesta terminó de desconcertarlo. No había vergüenza, ni miedo, solo una lealtad absoluta.
—Sea cual sea vuestro secreto... pienso descubrirlo. Incluso si compartís el mismo lecho.
El sonido seco de una bofetada resonó en toda la estancia. Marco volvió ligeramente la cabeza por la fuerza del golpe. Durante unos segundos ninguno habló. Julia empezó a respirar agitadamente.
—No volváis a insinuar jamás algo semejante sobre el señor Tito.
Marco giró despacio el rostro. Sus ojos azules volvieron a encontrarse con los de ella. Había furia pero también una inesperada admiración. Sujetó con suavidad las muñecas de Julia, sin brusquedad, únicamente para impedir que volviera a golpearlo.
—Tenéis un carácter extraordinario.
Ella intentó soltarse.
—Y vos una soberbia difícil de soportar.
Marco terminó sonriendo. Aquella mujer acababa de abofetear al general más condecorado del Ejército del Sur y ni siquiera parecía arrepentirse.
La soltó inmediatamente.
—Me parece, Julia... que vamos a vernos muy a menudo.
Ella alzó el mentón.
—Os aseguro que no será por voluntad mía.
Marco inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso... ya lo veremos.
Sin añadir una palabra más, abandonó el despacho.
Julia permaneció inmóvil unos segundos. Aún sentía el corazón golpeándole el pecho.
Jamás había abofeteado a nadie. Mucho menos a un general romano.
Pero, por primera vez desde que aquel hombre había llegado a Baelo Claudia, tuvo la extraña sensación de que la guerra entre ambos acababa de empezar.