EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 3 #2
9%

CAPÍTULO 3 #2

El muchacho asintió sin darle mayor importancia. La comida continuó. Nadie sospechó absolutamente nada.

Cuando el banquete llegó a su fin, los invitados comenzaron a incorporarse. Marco fue el primero en levantarse. Apenas había dado un paso cuando sintió un fuerte tirón en los tobillos. Y perdió completamente el equilibrio.

—¡Por...!

No llegó a terminar la frase. Su cuerpo cayó de lleno sobre una de las mesas.

Las fuentes salieron despedidas, el vino inundó el suelo y las frutas rodaron por toda la estancia.

En el mismo instante, Quinto Aurelius, que estaba unido a él por los pies, cayó encima de su comandante.

Y detrás de ambos, Lucio Flavius terminó desplomándose sobre los dos.

Durante unos segundos reinó un absoluto silencio.

Después... Las tres figuras permanecían inmóviles sobre el suelo, completamente enredadas entre sí y cubiertas de comida.

Tito Livio abrió mucho los ojos. Estuvo a punto de echarse a reír pero consiguió contenerse por puro esfuerzo.

Julia y los sirvientes acudieron inmediatamente para ayudarlos.

Marco intentó incorporarse. Un hilo de sangre descendía lentamente por su frente tras golpearse con una esquina de la mesa. Volvió a ponerse de pie, solo para caer nuevamente. Frunció el ceño porque algo sujetaba sus piernas. Quinto se inclinó.

—Mi comandante...

Los tres miraron al mismo tiempo. Una gruesa cuerda unía los tobillos de los tres oficiales romanos mediante una serie de nudos perfectamente apretados.

Se hizo un silencio sepulcral. Quinto levantó lentamente la tela del lecho.

Allí, oculto bajo la estructura de madera, dos enormes ojos negros los observaban divertidos. Paulo. El niño sonrió.

—Creo... que esta vez sí me habéis encontrado.

—¡Por todos los dioses...! —rugió Marco.

Paulo salió disparado. Gateó entre los lechos como una anguila hasta escapar al otro extremo del comedor.

Cuando Marco consiguió liberarse de la cuerda, el pequeño ya corría hacia Julia.

Se escondió tras ella abrazándose a su cintura.

La joven comprendió inmediatamente lo que iba a suceder.

Se colocó delante del muchacho, como si fuera un escudo.

Marco avanzó hasta quedar frente a ambos y extendió la mano.

—Entrégamelo.

Julia sostuvo su mirada pero no se movió.

—No.

El silencio volvió a apoderarse del comedor. Marco creyó haber oído mal.

—¿Os negáis a obedecerme?

—Sí.

Su respuesta fue tranquila. Serena.

—Paulo pertenece a esta casa. Solo el señor Tito Livio puede decidir el castigo que merece.

Los ojos azules del general se endurecieron. De un rápido movimiento la sujetó por la parte delantera de la túnica, obligándola a dar un paso hacia él.

—Tenéis un valor impropio de una esclava.

Julia no apartó la vista. Ni un instante.

—Y vos estáis acostumbrado a que nadie os contradiga.

Los dos permanecieron frente a frente. Ninguno dispuesto a ceder. Fue entonces cuando la voz de Tito rompió la tensión.

—General.

Marco volvió lentamente la cabeza.

—Soltad a la muchacha.

Durante unos segundos nadie habló. Marco obedeció pero no apartó los ojos de Julia. Había algo en aquella mujer que escapaba por completo a su comprensión. Se volvió entonces hacia Tito. Su enfado era evidente para todos.

—Vuestra esclava posee un carácter poco común.

El anciano sonrió apenas.

—Siempre dice lo que considera justo.

Marco guardó silencio unos instantes. Después habló con absoluta naturalidad.

—En Roma pagarían una fortuna por una mujer como ella.

La estancia quedó en silencio.

—¿Está en venta?

Julia sintió que el estómago se le encogía. ¿Comprar a una persona...? ¿Tan acostumbrado estaba aquel hombre a obtener siempre cuanto deseaba? Tito sostuvo serenamente la mirada del general.

—General... Hay personas que pueden comprarse, y otras que no tienen precio. Julia y Paulo pertenecen a esta casa. Mientras yo viva... seguirán perteneciendo a ella.

Nadie volvió a hablar. Marco terminó asintiendo. No insistió. Sin embargo, antes de abandonar la estancia, volvió la vista hacia Julia. Aquella mujer acababa de desafiarlo delante de todos. Y, lejos de irritarlo... despertaba cada vez más su interés.

Cuando los romanos abandonaron el triclinio, Tito esperó a que el silencio regresara a la casa.

—Julia.

La joven comprendió inmediatamente el motivo de aquella llamada.

—Venid a mi despacho.

Después miró al pequeño.

—Y tú, Paulo... espera en la cocina junto a tu madre.

El niño bajó la cabeza. Sabía que aquella vez había ido demasiado lejos. No le preocupaba que lo castigasen pero sí que el amo Tito regañase a Julia por su culpa.

Una vez en el despacho, Tito suspiró profundamente.

—Esto no puede volver a ocurrir.

Julia asintió.

—Lo sé.

—Es la segunda vez en un solo día que Paulo provoca un incidente con el general.

Hizo una breve pausa.

—Necesitamos a Marco Vinicius en esta casa. No podemos permitirnos que abandone Baelo Claudia enfadado.

Julia permaneció pensativa. Tito continuó:

—Busca alguna ocupación para ese muchacho. Necesita gastar toda esa energía lejos del comandante.

Una leve sonrisa apareció en los labios de Julia.

—Lo intentaré. Aunque no prometo conseguirlo.

Por primera vez desde que comenzaron los problemas, Tito dejó escapar una breve carcajada.mSabía perfectamente que contener a Paulo sería una misión casi tan difícil como proteger Baelo Claudia de los piratas.

A la mañana siguiente, Marco Vinicius se levantó antes del amanecer. El sol apenas comenzaba a iluminar el Mediterráneo cuando ya se encontraba completamente preparado para asumir el mando de la ciudad.

Aquella mañana debía reunirse con Tito Livio para conocer con detalle la situación de Baelo Claudia y organizar la defensa del enclave.

Sin embargo, había un asunto que no conseguía apartar de su cabeza.

La escena del triclinio. Aún sentía la humillación de verse tendido en el suelo ante sus propios hombres por culpa de las travesuras de un niño.

Él, Marco Vinicius. General de la Novena Legión Hispana.

Condecorado por el emperador Nerón y descendiente de una de las familias patricias más antiguas de Roma.

No estaba acostumbrado a que nadie pusiera en ridículo su autoridad.

Mucho menos un muchacho. Y, sin embargo...

no era Paulo quien ocupaba ahora sus pensamientos.

Era Julia. Aquella esclava desafiaba todas sus certezas.

No comprendía qué despertaba en él. Bastaba con cruzarse con ella para que su serenidad comenzara a resquebrajarse y eso era precisamente lo que más le irritaba.

Mientras desayunaba junto a Quinto Aurelius, rompió el silencio.

—Quinto.

—¿Sí, mi comandante?

—Quiero que averigüéis quién es realmente esa esclava.

El tribuno levantó una ceja.

—¿Os intriga?

Marco permaneció unos segundos pensativo.

—Me desconcierta.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Quinto.

—Eso suele ser bastante peor.

Marco ignoró el comentario.