EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

«La Grecia cautiva conquistó a su fiero vencedor.»

Horacio

Tito Livio permanecía sentado en su despacho revisando los últimos pedidos que debían partir hacia Ostia durante el mes siguiente.

Sobre la mesa se amontonaban tablillas de cera, pergaminos y cuentas comerciales que, hasta hacía pocos años, habría despachado con admirable rapidez.

Ahora, sin embargo, cada cálculo exigía un esfuerzo mayor.

La enfermedad avanzaba sin concederle tregua.

Desde el último desvanecimiento, el cansancio se había convertido en un compañero inseparable.

Cada mañana necesitaba reunir fuerzas antes de levantarse y, aun así, procuraba que nadie advirtiera el deterioro que poco a poco iba consumiéndolo.

Especialmente Julia. La joven era demasiado observadora.

Cada día le resultaba más difícil ocultarle la verdad.

El médico había sido claro. Le quedaba poco tiempo pero Tito se negaba a permitir que la tristeza ensombreciera los días de la muchacha.

Había prometido protegerla, y cumpliría su palabra hasta el último aliento.

La quería como a la hija que jamás había tenido.

A lo largo de los años la había visto convertirse en una mujer inteligente, prudente y extraordinariamente capaz.

Su intuición para los negocios igualaba a la de los mejores comerciantes de Roma, y su fortaleza de carácter le permitía afrontar cualquier dificultad sin perder la serenidad.

No temía dejar atrás sus bienes. Lo tranquilizaba saber que todo cuanto había construido quedaría en las mejores manos.

Y, sobre todo, que cumpliría la promesa hecha a Claudio tantos años atrás.

Unos suaves golpes interrumpieron sus pensamientos.

—Adelante.

La puerta se abrió. Julia apareció con paso apresurado. Bastó una mirada para comprender que algo había ocurrido.

—¿Qué sucede?

—Maestro, han llegado los enviados de Roma.

Tito dejó lentamente el cálamo sobre la mesa.

—¿Tan pronto?

—Sí. Creí que tardarían todavía unos días. Los sirvientes aún no han terminado de preparar las habitaciones, aunque los he acomodado en el salón de recepción.

Durante unos segundos, Tito guardó silencio. Después sonrió con una tranquilidad que sorprendió a Julia.

—No te preocupes.

Aquello debía ocurrir tarde o temprano. Se puso lentamente en pie, apoyándose apenas un instante sobre el borde de la mesa.

—Que preparen las habitaciones y sirvan la comida en el triclinio. Yo iré a recibir a nuestros invitados.

Julia asintió.

—Ahora mismo.

Mientras la joven abandonaba el despacho para transmitir las órdenes a Horacio y Prisca, Tito respiró hondo antes de recomponer el gesto. No podía permitirse mostrar debilidad. Todavía no.

Mientras tanto, Marco Vinicius aguardaba junto al tribuno Quinto Aurelius en el salón de recepción.

El tiempo transcurría lentamente. El comandante no estaba acostumbrado a esperar.

Sin embargo, cuando la puerta volvió a abrirse, toda su atención se concentró en el anciano que acababa de entrar.

Era un hombre de edad avanzada. Su cabello completamente blanco y la ligera palidez de su rostro delataban una salud delicada, pero sus ojos conservaban un brillo extraordinario.

Había inteligencia en aquella mirada y también una serenidad poco común.

Marco tuvo la extraña impresión de haberlo visto en alguna parte.

No lograba recordar dónde. Se puso en pie.

Levantó el brazo derecho en señal de saludo.

—Salve. Soy Marco Vinicius, comandante de la Novena Legión Hispana y general del Ejército del Sur.

He sido enviado por orden del emperador Nerón para reorganizar la defensa de Baelo Claudia y garantizar la seguridad de la ciudad.

Según las instrucciones recibidas en Roma, debía ponerme bajo vuestra dirección para conocer la situación actual.

Tito respondió con una leve inclinación de cabeza.

—Sed bienvenido a mi casa, general.

Conozco las órdenes imperiales y todo está dispuesto para vuestra estancia. Debo disculparme por no haber previsto vuestra llegada con tanta premura, pero haré cuanto esté en mi mano para que tanto vos como vuestros hombres os sintáis aquí como en vuestra propia casa.

Marco asintió. La cortesía del anciano le resultó sincera.

—Os lo agradezco. Si fuera posible, también necesitaría alojamiento para el tribuno Quinto Aurelius, mi segundo al mando. El resto de la legión permanecerá en el campamento.

—Así será.

Tito sonrió.

—Mientras preparan vuestras habitaciones, os invito a pasar por las termas de la casa para descansar del viaje. Después compartiremos la comida y tendremos tiempo suficiente para hablar de los problemas que preocupan a Baelo Claudia.

Marco inclinó ligeramente la cabeza.

—Acepto vuestra hospitalidad.

Tito respondió con otra leve sonrisa. Aquel joven general le había causado una primera impresión mucho mejor de la que esperaba.

Mientras tanto, la cocina de la Casa de Tito Livio era un auténtico hervidero de actividad.

El aroma de las carnes asadas, las especias y el pan recién horneado impregnaba toda la estancia.

Los esclavos entraban y salían sin descanso transportando bandejas, ánforas y cestas de fruta mientras Julia supervisaba los últimos preparativos del banquete.

Prisca dirigía la cocina con la autoridad que le otorgaban los años de experiencia.

A su lado trabajaba Claudia. Había llegado a la casa siendo apenas una niña y, desde entonces, se había convertido en la compañera inseparable de Julia.

De estatura media, piel clara y abundante cabello rizado, poseía una belleza dulce que llamaba la atención allá donde iba.

Quienes las veían pasear juntas por las calles de Baelo Claudia solían detenerse un instante para contemplarlas.

Eran muy distintas entre sí, pero desprendían la misma alegría de vivir.

Julia se acercó al fogón.

—Prisca, ¿cómo va ese banquete? Nuestro ilustre general parece bastante exigente y me gustaría que todo estuviera perfecto.

La cocinera levantó la vista sin dejar de remover una cazuela.

—No os preocupéis. He preparado faisán asado con miel, manzana y pimienta, como la última vez. Al amo le encantó.

Le tendió una cuchara de madera.

—Probadlo.

Julia sopló suavemente antes de llevarse un poco a la boca. Cerró los ojos unos segundos.

—Está delicioso.

Prisca sonrió, satisfecha.

—Eso mismo espero que opinen nuestros invitados... aunque, si esos soldados vienen con demasiada hambre, me temo que cuando nos sentemos a comer no dejarán ni los huesos.

Las tres mujeres rompieron a reír. Claudia aprovechó el momento para acercarse a Julia.

—Dicen que el general es muy apuesto... ¿Es verdad?

Julia levantó una ceja.

—¿Quién dice eso?

—Todo el mercado. También comentaban que en Roma no hay mujer capaz de resistírsele y que los soldados llevan mujeres al campamento.

Julia soltó una pequeña carcajada.

—Pues yo solo he visto a un hombre demasiado serio, orgulloso... y bastante insoportable.

Las otras dos rieron.

—Eso sí —añadió con gesto más serio—. Paulo ha tenido mucha suerte hoy.

Su expresión cambió por completo al recordar lo ocurrido.

—Si ese caballo llega a alcanzarlo...

Sacudió la cabeza.

—No quiero ni pensarlo.

Después miró directamente a Claudia.

—Escúchame bien. Mientras esos soldados permanezcan en la casa, procura que sean Horacio y los muchachos quienes los atiendan. Prefiero que ninguna de las jóvenes tenga que servirles.

Claudia comprendió inmediatamente el motivo. Asintió.

—Así se hará.

Prisca dejó la cuchara sobre la mesa.

—Horacio ya ha reñido bastante a Paulo por lo del ratón. Espero que el chiquillo haya aprendido la lección.

Julia sonrió con cariño.

—Lo dudo.

Las tres volvieron a reír. En ese mismo instante dos sirvientes entraron en la cocina para recoger las grandes fuentes de carne y las bandejas de verduras recién preparadas. El banquete estaba listo. Los invitados de Roma podían ocupar ya su lugar en la mesa.

El triclinio donde Tito Livio recibía a sus invitados reflejaba la prosperidad alcanzada por la casa a lo largo de los años.

Nada en aquella estancia resultaba ostentoso, pero cada detalle hablaba de buen gusto y riqueza.

Los muros, revestidos con un intenso rojo pompeyano, realzaban los frescos dedicados al mar y a las faenas de pesca que habían dado fama a las salazones de Baelo Claudia.

El artesonado de madera de olivo, cuidadosamente labrado por maestros ebanistas de Corduba, sostenía un techo de impecable factura.

En el centro, el pavimento de mármol dibujaba elegantes formas geométricas que contrastaban con el verde de las plantas dispuestas alrededor del patio interior.

Tres amplios lechos rodeaban las mesas bajas de alabastro, ya preparadas para el banquete.

Sobre ellas se sucedían los platos más exquisitos: faisán asado con miel y pimienta, cordero especiado, mariscos recién traídos del puerto, aceitunas, frutas, panes calientes y pequeñas salseras rebosantes del apreciado garum que había hecho célebre a la casa de Tito Livio en todo el Imperio.

Los invitados ocuparon sus lugares. Tras lavarse las manos, comenzaron a comer mientras la conversación discurría con naturalidad.

Marco escuchaba a Tito Livio explicar los últimos ataques sufridos por la ciudad y las dificultades para mantener seguras las rutas comerciales.

Aquel anciano poseía una lucidez extraordinaria y un conocimiento del territorio que el general no tardó en apreciar.

A pocos pasos de ellos, Julia supervisaba discretamente el servicio.

Todo parecía desarrollarse con absoluta normalidad.

Hasta que un leve movimiento llamó su atención.

Frunció el ceño. La tela que cubría uno de los lechos acababa de agitarse.

Pensó que quizá se tratara de un gato o de algún pequeño roedor.

Con un discreto gesto llamó la atención de uno de los sirvientes.

—Mañana revisaremos bien ese rincón —susurró.