CAPÍTULO 2 #2
El mercado era un auténtico hervidero de actividad.
Desde primeras horas de la mañana, las calles que conducían al macellum apenas permitían avanzar entre el incesante ir y venir de mercaderes, artesanos y compradores.
Los puestos rebosaban mercancías procedentes de todos los rincones del Imperio: tejidos orientales, ánforas de vino, aceite de oliva, especias, frutas, cerámicas y toda clase de alimentos.
En Baelo Claudia podía encontrarse casi cualquier producto conocido por Roma.
Julia avanzaba saludando con una sonrisa a los comerciantes habituales cuando llegó al puesto del carnicero para recoger el encargo de la casa de Tito Livio.
Mientras el hombre reunía las provisiones, un inesperado murmullo comenzó a extenderse por la plaza.
Las conversaciones se apagaron poco a poco.
Muchos comerciantes abandonaron sus puestos para mirar hacia la puerta principal de la ciudad.
Julia siguió la dirección de aquellas miradas.
Una columna de soldados romanos acababa de atravesar la muralla.
Cabalgaban con la disciplina y solemnidad propias de una legión veterana.
En cabeza marchaba un jinete cuya presencia imponía respeto incluso antes de distinguir su rostro.
Su coraza musculada, ricamente trabajada, brillaba bajo el sol del invierno.
Sobre ella descansaba el amplio paludamentum escarlata, distintivo reservado al comandante de la legión.
El caballo negro avanzaba con paso firme entre la multitud, como si también él fuera consciente de la autoridad de su jinete.
Julia comprendió inmediatamente quién era. Aquel debía de ser el enviado de Roma. El hombre que había acudido para proteger Baelo Claudia.
Marco Vinicius observaba la ciudad mientras avanzaba lentamente por el mercado.
Era un enclave mucho más próspero de lo que había imaginado.
La actividad comercial resultaba incesante y el puerto prometía convertirse en una pieza clave para los intereses del Imperio.
Entonces la vio. Permanecía inmóvil junto al puesto de un carnicero.
No fue únicamente su extraordinaria belleza lo que captó su atención.
Había algo en aquella joven imposible de explicar.
Su cabello rubio reflejaba la luz como el oro recién fundido y sus ojos verdes poseían una serenidad impropia de una esclava.
No parecía intimidada. Ni impresionada. Simplemente lo observaba.
Durante un breve instante sus miradas se encontraron.
El bullicio del mercado pareció desaparecer.
Marco sintió una extraña inquietud. Como si aquellos ojos despertaran en él un recuerdo imposible.
Sacudió ligeramente la cabeza. Una absurda sensación.
Jamás había visto a aquella mujer. Sin embargo, le resultaba inquietantemente familiar.
Entonces reparó en su túnica. Era una esclava.
Pero la calidad del tejido y la elegancia con la que la llevaba revelaban que pertenecía a una casa acomodada.
No apartó la vista de ella. Y, por primera vez en muchos años, descubrió que una mujer era capaz de distraer sus pensamientos. Aquello le desagradó.
—Maldición... —pensó Julia. No cabía duda. Aquellos soldados eran los huéspedes que esperaba Tito Livio. Se habían adelantado.
Mientras intentaba serenarse, sintió de nuevo el peso de aquella mirada. No era una mirada insolente. Era la mirada de un hombre que parecía analizar cuanto lo rodeaba. Cuando sus ojos azules volvieron a encontrarse con los suyos, Julia sintió que el aire abandonaba lentamente sus pulmones.
Jamás había visto un azul tan intenso. Por un instante olvidó dónde estaba.
Entonces ocurrió. El enorme caballo negro relinchó violentamente.
Alguien gritó. El animal se encabritó levantando las patas delanteras mientras la multitud huía despavorida.
Julia siguió instintivamente la dirección de su mirada.
Paulo. El niño permanecía inmóvil junto a un puesto cercano sin comprender el peligro.
—¡Paulo!
Echó a correr. No lo pensó, ni dudó. Solo corrió.
Esquivó a varias personas y, cuando el caballo descargaba ya las primeras coces, se lanzó sobre el pequeño.
Ambos rodaron por el suelo hasta refugiarse bajo un pequeño carro cargado de verduras.
Julia envolvió al niño con sus brazos y protegió su cuerpo con el suyo.
El caballo golpeaba el carro con una violencia aterradora.
La madera crujía. Las ruedas temblaban. Cada coz hacía vibrar el suelo bajo ellos. Paulo rompió a llorar.
—No pasa nada... ya ha pasado... —susurró Julia mientras lo abrazaba con fuerza, aunque ni ella misma estaba segura de seguir creyéndolo.
Marco consiguió dominar finalmente al animal.
Sujetó con firmeza las riendas mientras el caballo resoplaba nervioso.
Su primera mirada fue para el carro y sintió un profundo alivio al comprobar que ambos seguían con vida.
Descendió de un salto y se acercó rápidamente hasta ellos.
Julia acababa de incorporarse cuando él le tendió la mano.
—¿Estáis herida?
Ella levantó la vista. Durante un instante volvió a perderse en aquellos ojos del color del mar. Negó suavemente con la cabeza.
—No, señor.
Marco respiró tranquilo. Entonces volvió la mirada hacia el pequeño, sujetándolo con firmeza por un brazo.
—¿Qué ha ocurrido?
Paulo, muerto de miedo, rompió a llorar.
—Yo... yo...
Julia dio un paso adelante.
—Perdonadlo, señor. Es solo un niño.
Marco permaneció en silencio.
—Habla.
Entre sollozos, Paulo terminó confesando:
—Llevaba un ratón escondido... Se escapó justo cuando pasó vuestro caballo...
Julia cerró los ojos un instante. Ahora lo comprendía todo. Miró al niño con una mezcla de enfado y alivio.
—¿Llevabas otro ratón? Pensé que solo habías encontrado uno esta mañana.
El pequeño bajó la cabeza.
—Guardé otro...
Julia suspiró y después inclinó respetuosamente la cabeza ante el comandante.
—Os ruego que disculpéis su comportamiento. Recibirá el castigo que merece en cuanto regresemos a casa.
Marco observó a la joven. Podría haber castigado al muchacho. Era lo habitual pero aquella mujer acababa de arriesgar la vida por salvarlo y eso despertaba su respeto. Asintió lentamente.
—Que no vuelva a ocurrir.
Julia respiró aliviada. Cuando Marco se disponía a montar de nuevo, recordó el motivo de su llegada.
—Decidme... ¿podríais indicarme dónde se encuentra la casa de Tito Livio?
Julia sintió que el corazón le daba un vuelco. Precisamente Tito Livio. No habría podido elegir un nombre peor.
—Pertenezco a su casa, señor —respondió con serenidad—. Si lo deseáis, os acompañaré hasta allí.
Una leve sonrisa apareció en los labios del comandante. Los dioses parecían haber decidido facilitarle el camino. Sin pronunciar una palabra, le tendió la mano para ayudarla a montar tras él. Julia vaciló apenas un instante. Después aceptó.
Detrás de ellos, el tribuno Quinto Aurelius contemplaba la escena con una sonrisa apenas disimulada. Sujetó al pequeño Paulo y lo acomodó sobre su caballo.
—Parece que hoy también nosotros llevaremos pasajeros.
La pequeña comitiva reanudó la marcha entre las miradas curiosas de los vecinos de Baelo Claudia, ajena a que aquel encuentro fortuito acabaría cambiando el destino de todos.
La Casa de Tito Livio se alzaba junto a la costa, abierta al azul intenso del Mediterráneo.
El murmullo de las olas llegaba hasta el jardín, mezclándose con la suave brisa cargada de sal que refrescaba el ambiente.
Cuando la pequeña comitiva cruzó el pórtico de entrada, varios esclavos acudieron diligentemente para hacerse cargo de los caballos y del equipaje.
Con movimientos rápidos y perfectamente coordinados, condujeron los animales hacia los establos mientras otros sirvientes se apresuraban a recibir a los recién llegados.
Julia encabezó el grupo. Atravesaron el vestíbulo y accedieron al atrium, el verdadero corazón de la domus.
Marco recorrió lentamente la estancia con la mirada.
La luz descendía por la abertura central del techo e iluminaba el pequeño estanque del impluvium, donde el agua reflejaba las columnas de mármol que sostenían la galería.
Frescos de vivos colores decoraban las paredes y varias esculturas de excelente factura conferían al conjunto una elegancia sobria, propia de una familia acomodada que no necesitaba hacer ostentación de su riqueza.
Aquella casa hablaba por sí sola de la posición de su dueño. Julia condujo a los visitantes hasta una amplia sala abierta al peristilo. Desde allí se divisaban los jardines interiores, donde el perfume de los rosales y los naranjos impregnaba el aire.
—Si sois tan amables, aguardad aquí unos instantes. Avisaré inmediatamente al señor Tito Livio de vuestra llegada.
Marco inclinó ligeramente la cabeza.
—Gracias.
Julia desapareció por el corredor con la misma serenidad con la que había afrontado el accidente del mercado.
Durante unos segundos reinó el silencio. Marco seguía observando la estancia, aunque Quinto Aurelius tenía la impresión de que su comandante ya no prestaba atención ni a las columnas ni a los frescos. Sonrió para sus adentros.
—¿Qué os parece? —preguntó Marco sin apartar la vista del jardín.
Quinto arqueó una ceja.
—¿La casa... o la mujer?
Por primera vez en toda la jornada, Marco dejó escapar una breve carcajada.
—Empiezo a pensar que os sobra demasiado tiempo para pensar, tribuno.
—Y yo empiezo a pensar, mi comandante, que Roma os ha enviado a Baelo Claudia por muchos motivos... pero uno de ellos acaba de cruzar esa puerta.
Marco negó con la cabeza, fingiendo indiferencia.
—No digáis tonterías.
Sin embargo, por mucho que intentara convencerse de lo contrario, los ojos verdes de aquella esclava seguían ocupando sus pensamientos.