EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

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Marco Aurelio

Tarraco, Hispania

Campamento de la Novena Legión Hispana

12 de noviembre del año 62 d. C.

Aún sentía en el cuerpo la agitación del combate.

La batalla había terminado hacía apenas unas horas, pero la tensión seguía recorriendo sus músculos como si todavía empuñara la espada.

Mesalla conocía bien aquella necesidad silenciosa que se apoderaba de él tras cada campaña.

Nunca hacía preguntas. Nunca exigía promesas. Simplemente esperaba.

Marco acarició lentamente el rostro de la joven antes de atraerla hacia sí.

Sus labios se encontraron con una mezcla de deseo y familiaridad, como si ambos conocieran de memoria aquel ritual que se repetía tras cada regreso.

La muchacha respondió con idéntica intensidad.

No existían juramentos entre ellos. Solo la certeza de que, durante unas horas, el mundo exterior dejaría de existir.

Mesalla contempló el rostro del comandante. Era un hombre imponente. Alto, de anchos hombros y complexión poderosa, poseía la serenidad de quien había aprendido a convivir con la muerte. Sus ojos, de un intenso color índigo, transmitían una frialdad desconcertante, casi imposible de atravesar.

Había visto regresar a muchos soldados del campo de batalla.

Ninguno se parecía a Marco Vinicius. Había algo en él que imponía respeto incluso cuando sonreía.

Ella conocía cuál era su lugar. Jamás aspiró a ocupar otro.

Sin embargo, cada vez que él volvía del frente, sentía que aquellas pocas horas compartidas eran un regalo que el destino no tardaría en arrebatarle.

Marco la rodeó por la cintura y la atrajo con suavidad. Mesalla apoyó la cabeza sobre su pecho, escuchando el fuerte latido de su corazón.

—Estás jugando con fuego, pequeña gata salvaje —murmuró él con una sonrisa apenas perceptible.

Ella levantó la vista.

—Has pasado demasiado tiempo lejos, Marco. Ya sabes que la fidelidad nunca ha sido una de mis virtudes... aunque nadie consigue hacerme olvidar tu ausencia.

Él soltó una leve carcajada antes de besar su frente. Aquella mujer conocía mejor que nadie el precio de la vida de un soldado.

Horas después... El ambiente dentro del praetorium era completamente distinto.

Sobre la gran mesa de madera descansaban varios mapas de Hispania cubiertos de anotaciones y fichas de marfil.

Marco había recuperado la serenidad que siempre lo caracterizaba.

Del hombre apasionado que abandonó la tienda apenas quedaba rastro.

Frente a los mapas volvía a ser el comandante de la Novena Legión Hispana.

Mientras analizaba junto al tribuno Quinto Aurelius la mejor estrategia para asegurar el territorio, repasó mentalmente cuanto había conseguido durante aquellos años de servicio.

Había nacido para la guerra. Su cuerpo había sido entrenado desde la infancia.

Su mente encontraba soluciones allí donde otros solo veían derrotas.

Pero, por encima de todo, había aprendido a aceptar la muerte.

Un soldado que temía morir jamás luchaba con toda su capacidad.

Él no temía dejar este mundo. Si algún día caía en combate, deseaba que lo recordaran únicamente por aquello que había sido.

Un hombre leal a Roma. Un golpe seco interrumpió sus pensamientos.

Alguien llamaba a la entrada de la tienda.

—Adelante.

Un mensajero penetró rápidamente en el praetorium y saludó militarmente antes de entregar una misiva lacrada procedente de Roma. Marco rompió el sello imperial. Leyó el contenido sin alterar un solo gesto. Después dobló lentamente el pergamino.

—Nos marchamos.

Quinto levantó la vista.

—¿Una nueva misión?

El comandante señaló el mapa con decisión.

—Ordenad a los centuriones levantar el campamento. Partimos inmediatamente.

El tribuno asintió. Sin formular una sola pregunta, abandonó la tienda para transmitir las órdenes. Marco permaneció unos instantes contemplando el sello imperial. La guerra volvía a reclamarlo.

Baelo Claudia, Hispania

2 de enero del año 63 d. C.

Uno de los centuriones que se había adelantado junto a un reducido grupo de exploradores señaló hacia la muralla que protegía la ciudad.

Marco Vinicius detuvo su caballo y recorrió lentamente con la mirada las antiguas defensas.

El paso del tiempo era evidente. La piedra mostraba profundas grietas y numerosos tramos de la muralla acusaban años de abandono.

Aquel importante enclave comercial del sur de Hispania necesitaba mucho más que una simple guarnición romana. Necesitaba volver a sentirse protegido.

El comandante observó unos instantes más el terreno antes de tomar una decisión.

—¡Centurión!

El oficial hizo avanzar su montura.

—Regresad al campamento e informad al resto de la legión de que hoy entraremos en la ciudad. En cuanto localicemos un lugar adecuado, levantarán nuevamente el campamento.

—Sí, mi comandante.

El centurión saludó llevándose el puño al pecho y espoleó su caballo. Instantes después desaparecía al galope entre la nube de polvo del camino para transmitir las órdenes al resto de la Novena Legión Hispana.

Marco permaneció inmóvil unos segundos más. Ante él se extendía la ciudad que el emperador le había encomendado proteger. Todavía no podía imaginar que aquel sería el lugar donde el destino pondría a prueba todas sus convicciones.

Julia había aprendido hacía mucho tiempo que lamentarse no cambiaba el pasado.

Su destino quedó sellado la noche en que abandonó Roma siendo apenas una niña.

Desde entonces, había comprendido que la única forma de sobrevivir consistía en aceptar lo inevitable y seguir adelante.

Era una enseñanza que debía a Tito Livio.

Su maestro le había repetido innumerables veces que nadie heredaba las culpas de sus padres. Cada persona era dueña de su propio destino y Julia había elegido luchar.

Ante los ojos del mundo no era más que una esclava de la casa de Tito Livio.

Aquella era la única verdad que podía permitirse mostrar.

La otra debía permanecer enterrada para siempre porque antes de vestir una sencilla túnica de lana había sido una niña libre y no una niña cualquiera.

Había nacido en el corazón del palacio imperial.

Era la hija del emperador Cayo César. Aquella verdad jamás debía salir a la luz.

Durante años, Tito la había preparado para afrontar cualquier circunstancia.

Gracias a él dominaba la lectura, la escritura, el cálculo, la retórica, el latín, la administración de una hacienda e incluso algunas técnicas de defensa personal.

«El conocimiento nunca pesa demasiado», solía repetirle.

Y Julia había hecho de aquella máxima su forma de vida.

Con el paso de los años se había convertido en la persona de mayor confianza de Tito.

Sobre sus hombros recaía la administración de la factoría de salazones, la producción del apreciado garum y la organización de la domus.

El trabajo llenaba sus días y también su soledad.

Había renunciado hacía mucho tiempo a cualquier sueño de formar una familia.

Mientras existiera alguien que pudiera reconocerla, cualquier esposo, cualquier hijo o cualquier persona cercana correría el mismo peligro que ella.

Seguir con vida era suficiente. Aun así, había aprendido a ser feliz.

Los esclavos de la casa de Tito Livio se habían convertido, con el paso de los años, en la única familia que recordaba.

Julia atravesó lentamente el atrium. La casa hervía de actividad.

Desde la cocina llegaba el inconfundible aroma del pan recién horneado mezclado con el de las hierbas aromáticas.

Los sirvientes entraban y salían cargados con cestas, ánforas y bandejas.

Toda la domus se preparaba para recibir a un huésped ilustre.

Roma había anunciado la llegada de un enviado especial encargado de poner fin a los continuos ataques de piratas mauritanos que amenazaban la ciudad.

El invitado se alojaría en la casa de Tito.

Aquella noticia había revolucionado por completo el servicio. Julia apenas había encontrado un instante para descansar. Mientras cruzaba el patio central escuchó unas carcajadas procedentes del peristilo. Sonrió. Sabía perfectamente quiénes eran los responsables.

—¡Paulo!

El niño se quedó inmóvil.

—¿Cuántas veces tengo que deciros que, cuando el amo espera visitas, no podéis corretear por toda la casa?

Helena apareció detrás de una columna intentando contener la risa. Aquello solo aumentó las sospechas de Julia. Cruzó los brazos esperando.

—¿Qué habéis hecho ahora?

Paulo intercambió una mirada cómplice con su hermana antes de responder orgulloso:

—¡Hemos atrapado un ratón!

—¿Un ratón?

El niño asintió con entusiasmo. Metió la mano en el bolsillo de la túnica y sacó un pequeño trapo cuidadosamente doblado. En su interior asomó un diminuto hocico tembloroso. Julia no pudo evitar sonreír.

—Muy valientes los dos.

Después señaló el jardín posterior.

—Ahora vais a llevarlo hasta la huerta y lo dejaréis en libertad.

Los niños protestaron al unísono.

—Pero...

—Ni peros ni nada.

Y añadió con fingida severidad:

—Mientras el invitado permanezca en la casa no quiero una sola travesura. ¿Ha quedado claro?

Ambos bajaron la cabeza.

—Sí, Julia...

—Así me gusta.

Después volvió la mirada hacia Paulo.

—Necesito ir al macellum. El carnicero tiene preparado un pedido para la cena.

Los ojos del pequeño se iluminaron.

—¿Puedo acompañarte?

—Claro. Pero primero... Julia señaló el bolsillo donde seguía escondido el ratón.

—Cumple tu promesa.

Paulo salió disparado hacia la huerta.

—¡No corras! —gritó Julia entre risas.

Sabía perfectamente que el niño no la escucharía. Cinco minutos después, ambos abandonaban la domus cogidos de la mano rumbo al mercado de Baelo Claudia, sin imaginar que aquella sencilla salida cambiaría sus vidas para siempre.