EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1) CAPÍTULO I #2
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CAPÍTULO I #2

—Sí. Los hombres de confianza esperan vuestra orden. Antes del amanecer Roma tendrá un nuevo emperador.

Casio abrió lentamente un cajón de su escritorio y tomó una daga de hoja corta. La contempló unos instantes antes de ocultarla bajo la túnica. Si el plan salía como esperaban, Claudio ocuparía el trono imperial. Un hombre débil. Fácil de influir. Exactamente lo que necesitaban.

—Vamos.

La noche envolvía el palacio en un silencio inquietante. La mayoría de los sirvientes ya se había retirado y únicamente el resplandor de las lámparas de aceite iluminaba los interminables corredores de mármol. Casio avanzaba acompañado por un reducido grupo de pretorianos.

—Todo parece demasiado sencillo —murmuró sin dejar de caminar—. Tal vez deberíamos haber reunido más hombres.

Uno de los soldados negó con serenidad.

—Los que estamos aquí bastamos para acabar con esta locura.

Nadie volvió a pronunciar una palabra. Cada paso los acercaba al punto de no retorno.

Al final del corredor se alzaban las puertas que daban acceso a las dependencias privadas del emperador.

Tras ellas, una amplia estancia decorada con mármoles de Oriente, estatuas de alabastro y frescos de extraordinaria belleza precedía a la cámara donde dormía Calígula.

Grato avanzó unos metros por delante del grupo. Escuchó, observó y después hizo una señal con la mano. El camino estaba libre. Los conspiradores cruzaron la estancia conteniendo la respiración. Entonces ocurrió lo inesperado.

Calígula abrió los ojos. Durante un breve instante reinó un silencio absoluto. El emperador comprendió inmediatamente que aquellos hombres no habían acudido para protegerlo.

Lanzó un grito desgarrador que retumbó por toda la estancia.

Grato se abalanzó sobre él empuñando la daga.

Desnudo y aún aturdido por el sueño, Calígula luchó desesperadamente por apartar el arma que descendía hacia su pecho.

Forcejeó con una violencia inesperada, golpeando y empujando a su atacante mientras trataba de alcanzar la puerta.

Casio permaneció inmóvil apenas un segundo.

Después se lanzó hacia el emperador. Con un rugido de rabia hundió la daga en su cuello.

La sangre brotó con violencia. Calígula cayó de rodillas, llevándose ambas manos a la herida.

Sus ojos buscaron ayuda entre las sombras.

No encontró a nadie. Instantes después, su cuerpo quedó inmóvil sobre el suelo de mármol.

Durante unos segundos nadie se movió. Solo se escuchaba el goteo de la sangre deslizándose lentamente entre las juntas del pavimento. Casio dejó caer la daga. Había terminado. Respiró hondo y rompió el silencio.

—Matad a todos los que puedan reclamar el trono.

La orden se propagó por el palacio como una sentencia de muerte. Los pretorianos irrumpieron en las estancias imperiales y asesinaron a Milonia Cesonia, pero cuando llegaron a la habitación de la pequeña Julia... la cama estaba vacía.

—¡La niña ha desaparecido!

El grito sembró el caos. Los soldados registraron cada rincón del palacio, convencidos de que la heredera no podía haber ido muy lejos.

Mientras tanto, aprovechando la confusión, otros pretorianos ajustaban cuentas con numerosos aristócratas.

El miedo se apoderó de Roma. Oculto tras una pesada cortina, Claudio asistía impotente a aquella matanza.

Escuchaba los gritos, los golpes, las súplicas y el sonido metálico de las espadas atravesando la carne.

Jamás olvidaría aquella noche. Las horas transcurrieron lentamente.

Cuando el amanecer comenzaba a insinuarse tras las ventanas del palacio, Claudio, agotado, cambió ligeramente el peso de su cuerpo. La cortina se movió apenas unos centímetros. Fue suficiente. Grato lo vio y con un rápido movimiento apartó la tela.

—Vaya... Mirad quién estaba aquí escondido.

Dos soldados lo sujetaron inmediatamente por los brazos. Claudio forcejeó con todas sus fuerzas.

—¡Soltadme!

Lo arrastraron hasta la presencia de Casio Querea. Uno de los pretorianos le propinó un violento bofetón.

—¿Dónde está la hija de Calígula?

—No... no lo sé...

Otro golpe.

—¡Habla!

—Lo juro... Lo último que vi fue a Cesonia llevándola a dormir...

El soldado volvió a levantar la mano.

—Basta.

La voz de Casio resonó con autoridad. Observó detenidamente a Claudio. El miedo que reflejaban sus ojos era demasiado auténtico para fingirlo.

—Creo que dice la verdad.

Se acercó lentamente hasta quedar frente a él.

—No buscamos venganza, Claudio. Buscamos devolver la cordura a Roma. Si la niña ha desaparecido, el siguiente en la línea sucesoria eres tú.

Hizo una breve pausa.

—Acepta la púrpura imperial... y tendrás el apoyo de la Guardia Pretoriana y de una parte del Senado.

Claudio permaneció unos instantes en silencio. Sabía que rechazar aquella oferta significaba morir. Con un leve movimiento de cabeza aceptó. Había nacido un nuevo emperador.

A la mañana siguiente, en la villa de los Vinicius, la noticia del asesinato de Calígula y de su familia cayó como un jarro de agua helada.

Cuando Marco comprendió que Julia también había desaparecido, sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies.

—¡No! —gritó.

Se soltó de los brazos de su madre y salió corriendo entre lágrimas, incapaz de aceptar que quizá nunca volvería a ver a su mejor amiga.