EL SECRETO DE JULIA (CIUDADES ROMANAS nº 1)
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CAPÍTULO I
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Tito Livio
Palacio del emperador Cayo César (Calígula).
Dos niños corrían por los jardines del palacio imperial con la despreocupación propia de la infancia, ajenos al peligro que, silenciosamente, comenzaba a cernirse sobre sus vidas.
El jardín era un auténtico oasis en el corazón de Roma.
Árboles traídos de los confines del Imperio proyectaban su sombra sobre senderos de mármol blanco, mientras rosales, lirios y adelfas llenaban el aire de un perfume delicado.
Entre la exuberante vegetación se abrían pequeñas piscinas rodeadas de setos cuidadosamente recortados, escondites perfectos para dos niños que pretendían escapar de la vigilancia de los guardias pretorianos.
La pequeña Julia corría cuanto le permitían sus cortas piernas. Su cabello rubio danzaba al compás de la carrera y sus grandes ojos verdes brillaban entre risas infantiles. A su lado, Marco Vinicius, varios años mayor, la sujetaba con fuerza de la mano mientras la animaba a no detenerse.
—¡Vamos, Julia! ¡Si no corres más deprisa, mi hermano terminará por encontrarnos!
La niña apenas podía seguir su ritmo, pero hizo un último esfuerzo antes de dejarse caer, jadeante, detrás de un espeso macizo de hortensias.
—Aquí no nos verá —susurró Marco entre risas.
Julia Drusila era la hija del emperador Cayo César y de su esposa, Milonia Cesonia.
Aquella mañana, ninguno de los tres pequeños tenía el menor interés en asistir a las lecciones del maestro Tito Livio.
Aprovechando un descuido del tutor, habían escapado al jardín con la ilusión de prolongar un poco más sus juegos.
No tardaron en escuchar unas pisadas acercándose.
—¡Os encontré! —exclamó una voz infantil al otro lado del seto—. ¡Le diré a mi madre que os habéis escapado de las clases del maestro Tito!
Máximus Vinicius apareció sonriente, satisfecho de haber descubierto el escondite. Marco salió de entre las hortensias frunciendo el ceño.
—¡Como digas una sola palabra, no volveremos a jugar contigo!
Los dos hermanos se parecían extraordinariamente. Hijos del cónsul Marco Vinicius, pertenecían a una de las familias patricias más influyentes de Roma. Desde hacía años compartían juegos y estudios con la pequeña Julia bajo la tutela de Tito Livio, amigo de ambas familias.
Antes de que Máximus pudiera responder, Julia dio un paso adelante y, con los ojos llenos de lágrimas, murmuró:
—Quiero volver al palacio...
Marco la contempló con ternura.
Sin pensarlo dos veces, depositó un beso en su mejilla y volvió a tomarla de la mano.
—Está bien, Julia. Nos vamos. No llores.
Mientras tanto, en una de las estancias privadas del palacio imperial, dos mujeres conversaban en voz baja.
—Buenos días, Cesonia —saludó cordialmente la madre de Marco y Máximus al entrar en la sala—. Acabo de dejar a los niños con el maestro Tito. Hace una mañana espléndida... Pero decidme, ¿os ocurre algo? Tenéis un semblante preocupado.
Cesonia no respondió de inmediato. Con gesto sereno, llevó un dedo a sus labios y señaló discretamente hacia la puerta. Dos guardias permanecían inmóviles junto a ella.
—Venid —susurró—. Salgamos a pasear hasta el templo. Hace un día magnífico y deseo ofrecer un sacrificio a los dioses.
No fue hasta abandonar el recinto del palacio cuando volvió a hablar.
—Estoy muy preocupada por Cayo.
Su voz apenas era un susurro.
—Cada día lo encuentro más inestable. Intento no mirar, intento convencerme de que nada ocurre..., pero ya es imposible. Humilla a quien se cruza en su camino, mancilla el honor de familias enteras y nadie se atreve a enfrentarse a él. Todos le temen.
Su amiga guardó silencio.
—Tengo miedo de convertirme algún día en un estorbo para él. Y aún más miedo de que ese día llegue también para Julia.
La otra mujer asintió lentamente.
—Había oído algunos rumores...
Cesonia esbozó una amarga sonrisa.
—¿También habéis oído hablar de Incitatus?
—¿El caballo?
—Sí. Ha ordenado construirle un establo de mármol, mantiene sirvientes únicamente para atenderlo... y asegura que lo nombrará cónsul de Roma. Ya nadie se atreve a decirle que está perdiendo el juicio.
Sus ojos se humedecieron.
—Estoy preparando mi marcha a la villa de mi familia. Quiero alejar a Julia de todo esto... pero Cayo se niega siquiera a escuchar que pretenda llevarme a nuestra hija.
Las dos mujeres continuaron caminando sin advertir que, oculto entre las columnas del templo, alguien seguía cada uno de sus pasos.
En el interior del palacio imperial, la calma era solo una apariencia.
Aquella noche se estaba gestando una conspiración destinada a cambiar el destino de Roma.
A medida que avanzaban las horas, una creciente sensación de inquietud se apoderaba de Claudio.
Conocía el complot para asesinar a su sobrino, el emperador Cayo César.
Nada podía hacer para impedirlo sin condenarse a sí mismo, pero había una vida que se negaba a sacrificar. La de Julia.
No conocía todos los detalles de la conspiración, aunque sí lo esencial: aquella sería la noche elegida para actuar. Si los conspiradores descubrían que la pequeña seguía con vida, no dudarían en acabar también con ella. La hija del emperador era un peligro para cualquiera que aspirase al poder.
Por ese motivo había citado en secreto a Tito Livio, tutor de la niña y uno de los pocos hombres en quienes aún confiaba plenamente. Prudente, leal y honorable, era la única persona a la que se atrevería a encomendar una misión semejante. Salvar a Julia.
—¿Has comprendido lo que debes hacer? —preguntó Claudio en voz baja.
Tito Livio sostuvo su mirada con firmeza.
—Sí. Llevaré a Julia a Hispania y la haré pasar por una esclava. Nadie conocerá jamás su verdadera identidad.
Claudio respiró aliviado. Sacó una pequeña bolsa de cuero y la puso en sus manos.
—Aquí tienes sesenta mil sestercios. Bastarán para empezar una nueva vida en Gades. Un carro os espera oculto junto a la salida sur de Roma, detrás de un pequeño promontorio. Mi hombre de confianza os acompañará hasta abandonar la ciudad y se asegurará de que nadie os siga.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—En cuanto tengamos a Julia, partiréis sin demora. No miréis atrás.
Tito asintió en silencio. No había tiempo para más.
Cuando Claudio comprobó que el pasillo había quedado desierto durante el relevo de la guardia pretoriana, abrió con cuidado la puerta de la habitación donde dormía su sobrina.
Ambos hombres entraron sin hacer el menor ruido.
La tenue luz de una lámpara de aceite apenas iluminaba el rostro sereno de la niña.
Claudio se acercó despacio, se arrodilló junto al lecho y le acarició suavemente el cabello.
—Julia... —susurró—. Despierta, pequeña.
La niña abrió los ojos lentamente.
—No hagas ruido. El tío Claudio va a llevarte a jugar con tus amigos, ¿de acuerdo?
Julia sonrió con inocencia y asintió. Todavía adormilada, pero distinguió la figura del maestro Tito junto a la puerta. Su presencia le resultó tan familiar que no percibió nada extraño.
Con infinita delicadeza, Claudio la tomó en brazos.
Los tres abandonaron la estancia mientras los soldados continuaban ocupados con el cambio de guardia.
Atravesaron los largos corredores del palacio envueltos en la oscuridad hasta alcanzar una de las salidas menos vigiladas.
Solo entonces Claudio se detuvo. Miró a Tito Livio.
En sus ojos había una mezcla de determinación y tristeza.
—Cuídala.
Aquellas dos palabras encerraban toda la confianza que podía depositar en otro hombre.
—Os ayudaré desde Roma siempre que me sea posible. Lo prometo pero ahora debéis marcharos. Cada instante que permanezcáis aquí aumenta el peligro.
Sus ojos se dirigieron hacia las puertas del palacio. El tiempo se agotaba. Con manos temblorosas, se desabrochó el colgante que llevaba al cuello. Era una antigua joya familiar, transmitida de generación en generación. Se inclinó sobre la niña y se la colocó cuidadosamente.
—No permitas que nadie te lo arrebate jamás.
Después besó su frente con una ternura que jamás había mostrado en público.
Mientras observaba cómo Tito desaparecía en la oscuridad llevando a Julia en brazos, comprendió que acababa de despedirse de ella para siempre.
Un profundo dolor le atravesó el pecho, pero también la certeza de haber tomado la única decisión posible.
Horas más tarde, bajo la pálida luz de la luna, un viejo carro abandonó Roma sin despertar sospechas. En su interior viajaban un hombre y una niña cuyo destino acababa de cambiar para siempre. Sin imaginar que el verdadero viaje de sus vidas acababa de comenzar.
Nada podía fallar. Todo estaba dispuesto para poner fin al reinado del hombre que había sumido Roma en el miedo. Aquella noche, el despótico e imprevisible Calígula desaparecería para siempre... y, con él, cualquiera que pudiera reclamar su legado.
Una fina película de sudor cubría la frente de Casio Querea, tribuno de la Guardia Pretoriana. A pesar de su experiencia en el campo de batalla, jamás había sentido una tensión semejante. Aquello no era una guerra. Era un magnicidio.
Durante demasiado tiempo había soportado las humillaciones del emperador.
Sus continuas burlas, los insultos públicos y los caprichos de un hombre que parecía haber perdido el juicio habían convertido el honor de Roma en una caricatura.
Desde el asesinato de Tiberio Gemelo y de Sertorio Macrón, el carácter de Calígula se había vuelto aún más cruel e imprevisible.
El pueblo soportaba impuestos insoportables mientras el emperador dilapidaba la riqueza del Imperio en extravagancias cada vez más delirantes.
Roma ya no podía soportarlo. Unos discretos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.
—Adelante.
El tribuno Cornelio Sabino entró en la estancia y cerró la puerta con cautela.
—¿Te ha visto alguien?
—Nadie.
Casio respiró aliviado.
—¿Está todo preparado?