El secreto de Isabella 27 #2
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27 #2

—Es normal, cariño. Ha sido una noticia terrible. Pero estarás mejor. Te lo prometo mi amor.

Afortunadamente, los niños no entienden bien el significado de la muerte.

Para Jo, la pérdida de Jacob era una noticia triste, un misterio lejano, pero carecía de la dimensión devastadora y definitiva que estaba aplastando a su madre.

Esa bendita inocencia infantil se convirtió en el único salvavidas al que Isabella pudo agarrarse para no terminar de hundirse bajo el agua.

Fuera, el mundo seguía girando, indiferente, como si tal cosa, pero para ella, el universo se había apagado para siempre.

Y aunque el tiempo pasara de manera inexorable, ella seguía sin poder darle sentido a la muerte.

No lo entendía, por más que lo intentaba no lo podía procesar.

Solo podía llorar y llorar cada vez que recordaba sus manos y su rostro, sus ojos llenos de amor y de ilusión.

Era algo realmente triste.

El día del accidente, Jacob se había levantado como cualquier otro lunes normal, pero con esa sensación tan placentera que solo produce el amor correspondido.

Nunca se había enamorado de verdad hasta que conoció a Isabella; nunca había sentido algo tan grande hasta que ella llegó. No tuvo dudas en ningún momento; probablemente, desde el instante en que chocaron en la fiesta de Matthew, supo que estaba destinado a esa mujer.

Mientras se duchaba, pensó en lo mucho que a ella le gustaría ver los cuadros que habían hecho juntos, colgados de la pared. Quería darle una sorpresa y que, cuando ella regresara por la tarde, ya estuvieran colocados.

Isabella le había avisado de que la pintura todavía tenía que secar, pero él supuso que no pasaría nada por transportarlos con cuidado si aún estaban algo frescos; ya terminarían de secarse una vez colgados en la pared.

Bajó al garaje, se montó en su Cadillac y puso rumbo al taller.

A mitad del puente de Brooklyn, canturreando la canción Hole in my soul de Aerosmith, el coche avanzaba.

Jacob conducía con la mente puesta en el lugar donde iba a colgar sus obras maestras, ajeno al destino que lo aguardaba a mitad del río.

Pensaba que el cuadro que ella había pintado coronaría la pared de la cama.

El suyo, en una de las paredes de en frente, cerca de la cocina.

Pensaba en lo mucho que la amaba, en lo feliz que pensaba hacerla, en la alegría que le proporcionaba que ella lo hubiera elegido.

Fue cuestión de un segundo.

De repente, la masa de una furgoneta de reparto invadió su campo de visión, descontrolada y a velocidad suicida. El tiempo se dilató de forma monstruosa mientras pegaba un volantazo desesperado hacia la derecha, buscando un milímetro de asfalto salvador que no existía.

El impacto frontal fue seco, brutal; rápido como la luz. Una violencia atroz que pulverizó el capó, doblando el metal contra sus piernas y haciendo estallar el airbag en una detonación sorda.

No le dio tiempo a pensar, ni a recordar, ni siquiera a sentir miedo, pena, angustia o dolor. No hubo margen para un grito; solo una lluvia violenta de cristales rotos que rasgó el aire seguida de un silencio absoluto.

La vida de Jacob se apagó allí mismo, truncada a medio camino, mientras al otro lado del puente, en el taller de DUMBO, los lienzos del sábado continuaban secándose, esperando a que sus dueños fueran a recogerlos.

No era justo.

Pero la vida es injusta; esa es la única certeza con la que podemos contar de verdad.

Isabella jamás supo que Jacob había salido de casa aquella mañana con el único propósito de recoger los cuadros y colgarlos en la pared, para darle una sorpresa, buscando que todo estuviera perfecto para ella.

Nunca olvidaría ni uno solo de los momentos vividos a su lado, desde aquel choque fortuito en la fiesta hasta el día de su muerte.

Se recrearía en ellos una y otra vez hasta el fin de sus días.

Cerraría los ojos y escucharía a su Jacob tocando en el piano las hermosas melodías que le regalaba.

Lo recordaría bailando, susurrándole al oído lo mucho que la amaba, mirándola con sus ojos tiernos; saborearía sus labios llenos de amor, recorrería su cuerpo entero y se dejaría amar por él, una y otra vez, en su memoria.

El funeral se celebró cuatro días después.

Matthew quería estar allí. Su educación y su posición social le dictaban que era un deber ineludible acudir a dar el pésame a la familia; era un hombre de protocolos, de gestos correctos. Sin embargo, la realidad de los negocios se interpuso de nuevo.

Llamó a Isabella para informarla de que no podría asistir.

—Confío en que te recuperes del estómago y puedas ir a dar el pésame de parte de los dos, cariño —dijo Matthew, ajeno realmente al abismo que pisaba su esposa.

Isabella sintió un alivio grotesco.

—No te preocupes, Matthew. Yo me encargaré de todo. Claire me acompañará y daremos el pésame en nombre de la familia.

No quería que su marido volviese. En ese momento, Isabella odiaba todo lo que se movía a su alrededor. Incluso la voz de su marido le resultaba insoportable.

La psicología del duelo dice que cuando una persona pierde a un ser querido se pasa por diferentes fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

Isabella estaba atrapada en la primera, en una negación visceral y paralizante.

Su cerebro se negaba a procesar la información; simplemente no alcanzaba a comprender que Jacob no estuviera con ella, que jamás fuera a volver a verlo.

Era como si la realidad se hubiera roto y ella viviera en un fragmento suspendido donde él todavía existía.

Isabella llamó a su amiga.

—Tengo que acudir al funeral, Claire. Quiero despedirme de él —dijo rota por completo—. ¿Me acompañarás?

—Claro que sí, cariño. Ahí estaré.

—Gracias.

Isabella salió del ático vestida con un vestido largo de seda natural en color gris sigilo y una pamela negra que le tapaba prácticamente todo el rostro. Unas gafas de sol inmensas acababan de esconder lo que no quería que nadie viera.

Un coche privado la llevó hasta la puerta de la Trinity Church, en el bajo Manhattan. Claire ya la esperaba en la entrada, vestida también de oscuro. En cuanto Isabella bajó del coche, Claire le cogió la mano y la sostuvo firmemente todo el tiempo, siendo su único ancla a la realidad.

Dentro, el espacio estaba lleno, pero en un silencio sepulcral.

El féretro, de madera oscura y pulida, permanecía cerrado sobre unas andas elevadas frente al altar.

A un lado, sobre un atril de terciopelo, reposaba una fotografía en blanco y negro de Jacob sonriendo, capturado tras uno de sus conciertos más exitosos, con las manos aún posadas sobre las teclas del piano.

Esa sonrisa era un puñal directo al corazón de Isabella.

Y al lado del ataúd, erguida y pálida, se encontraba una mujer a la que Isabella reconoció de inmediato: era la misma que lo acompañaba el día que se cruzaron en el restaurante.

Francesca, la viuda oficial. Vestida de negro absoluto, recibía las condolencias con la dignidad que el profundo amor que sentía por el hombre que jamás volvería a ver, le dejaba.

Isabella no pronunció ni una sola palabra durante toda la ceremonia.

Solo lloró. Lloró sin consuelo, sin quitarle ojo a la foto que encabezaba el acto, repasando mentalmente cada segundo vivido junto a él y dejando que las lágrimas le corrieran por las mejillas, en silencio para no ser vista y relegada al final de la iglesia sin poder gritarle a todo el mundo:

Yo le amaba y él me amaba a mí.

Éramos uno. Soy la única persona que él querría ver aquí hoy, largaos todos y dejarnos en paz.

Estaba enfadada con el mundo, con la vida, con el universo y con Dios, si es que existía alguno.

Se despidió de él en su cabeza, lo besó y lo abrazó por última vez con los ojos cerrados, aspirando su olor, centrándose en su risa, en sus labios, le cogió el rostro con sus manos,

jugó con su barba mientras ambos se reían y ella echaba la cabeza para atrás dejándole el camino libre para que recorriera su cuello con los miles de pequeños besos que tanto le gusta darle.

Cuando se dio cuenta de que eso solo volvería a ocurrir en sus sueños y que ya solo le quedaba mantenerlo vivo en su memoria, el dolor enfermizo se apoderó de ella de nuevo y se agarró con fuerza al brazo de Claire.

—Sácame de aquí —le suplicó.

Claire sujetó a su amiga, que se le desvanecía en los brazos y la llevó a casa en silencio.

Nada más cruzar el umbral, observó el piano de cola del salón y fue a sentarse en el banco.

Dejó a un lado la pamela y las gafas de sol, y acarició el lugar donde él solía sentarse.

Rozó las teclas que él había tocado, evocó las veces que habían compartido ese mismo espacio.

Recordó esos días. Escuchó de nuevo las notas que fluían bajo los dedos de Jacob y volvió a verlo allí, a su lado, sonriéndole, llenándola de amor con sus hermosos ojos grises.

Estaban vivos. Él seguía vivo dentro de ella; la mitad de su alma se había quedado a su lado para siempre y la otra la esperaría en el más allá.

Ahora él veía a través de sus ojos.