Epílogo
Amor mío:
Hace un año que me dejaste. Un año desde que te arrebataron de mis brazos para siempre. Te confieso algo que quizás te sorprenda: durante mucho tiempo encontré cierto consuelo en la muerte del hombre que causó tu accidente.
Viví sumida en la locura, en un abismo del que solo Jo logró sacarme. Si no hubiera tenido la obligación de comportarme como la mamá que soy, no sé qué habría sido de mí.
Sabía que te amaba, pero no fui consciente realmente de la magnitud de nuestro vínculo hasta el día en que Matthew me dijo que el profesor de piano de nuestra hija había fallecido en un accidente de tráfico.
En ese instante, todo se paró. No entendía nada, no creía nada.
¿Cómo podía ser cierto, si íbamos a estar juntos para siempre? Me lo habías prometido.
Se dice que el tiempo cura las heridas, pero es mentira. El tiempo solo te enseña a vivir con el dolor, a sobrevivir más bien, porque realmente ya nunca vuelves a ser feliz del todo.
La muerte arrasa de manera devastadora y te deja un vacío y una pena con los que tienes que lidiar cada día.
Y cuando te paras a pensar en ello, en que no vas a volver a ver a tu ser querido, en por qué maldita razón el universo te lo ha robado, el dolor y la pena se convierten en una enfermedad sin cura. Esa sensación nunca te abandona.
No he vuelto a ser la misma, Jacob, y nunca lo seré.
Después de tu muerte, dejé de querer vivir y de creer en Dios. No entendía cómo, si existía un Dios bueno, te había arrebatado de mi lado así, sin dejarme siquiera despedirme, con todo lo que nos esperaba por delante.
Fui un centenar de veces a tu estudio antes de que Francesca lo vendiera.
Ella nunca me vio, pero yo observaba desde las sombras cómo ella, sumida en su propio dolor, miraba cómo sacaban tus pertenencias una a una para cargarlas en un camión cuyo destino yo ignoraba. Me imagino que las guardaría en algún almacén o trastero.
Te quería, de eso no me cabe duda; su rostro y su aspecto daban evidencia de ello. Yo sufría en silencio viendo cómo todo desaparecía, cómo sacaban el piano con una grúa, y cómo nuestras cosas, porque había muchas cosas mías allí, salían empaquetadas del estudio que fue testigo de nuestro amor.
Siento decirte que ella ataría cabos y se daría cuenta de que estabas con otra mujer. Supongo que eso habrá incrementado su dolor; siento pena por ella, me gustaría conocerla e incluso que pudiéramos hablar, pero no puedo acercarme, no debe saber quién soy. Es mejor así.
No sé quién es el dueño ahora de tu estudio; no he vuelto más. Prefiero pensar que nuestro pequeño rincón en el mundo sigue intacto, que tú sigues sentado al piano componiendo, con esos vaqueros desgastados que tanto me gustaban.
Pero pasó algo, Jacob.
Y por eso te escribo esta carta, para contártelo.
¿Recuerdas los cuadros que hicimos el día que disfrutamos tanto el uno del otro en aquel taller?
Fui a por ellos un tiempo después de tu muerte; quería tenerlos conmigo.
Supuse que ya no estarían, que los habrían tirado o almacenado en algún lugar, pero allí seguían, con nuestra etiqueta: Jacob todo el mundo se enteraría, ya sabes cómo funciona esto.
¿De qué habría servido? Prefería dejar las cosas como estaban: bonitas, limpias y puras. Mantenerlas intactas en mi recuerdo.
Tú ya no estabas.
El resto, francamente, me daba igual. Así que tomé una decisión: le diría a Matthew que iba a ser padre, y así ese bebé, fuera de quien fuera, tendría una familia.
Nuestra relación había cambiado, pero él es un buen hombre, una buena persona. Me quiere, siempre me ha querido.
Por supuesto, cuando se lo dije, se puso muy contento; se emocionó incluso.
A mí me costaba mostrar emoción: mi corazón estaba roto.
Creo que, en el fondo, él siempre supo que entre tú y yo hubo algo; desde el día que te perdí, no he vuelto a ser la misma.
Y eso lo nota él, y lo nota todo el mundo.
Pero Matthew jamás preguntó. Nunca indagó ni mencionó el tema.
Jamás. Y no creo que lo haga nunca. Solo cuida de mí como puede.
Jacob, el día que nuestro hijo nació, supe que tú eras el padre.
Tenía un lunar en forma de media luna, exacto al tuyo pero más pequeñito, en su bracito derecho, a la altura de la axila.
Se lo vi cuando le cambié el pañal por primera vez.
Antes no había podido verlo bien; me lo dieron al nacer pero se lo llevaron para lavarlo, y cuando me lo devolvieron, estaba envuelto en su mantita.
Fue después, cuando le cambié de ropa, al retirarle la manta y el body que llevaba, cuando lo vi.
No puedo expresar con palabras lo que sentí, Jacob.
Era felicidad. No plena, eso no he vuelto a sentirlo, pero sí felicidad.
Me habías dejado un pedacito de ti para toda la vida. Me sentí agradecida, me sentí dichosa.
Claire y Sophie, que estaban a mi lado, cómplices de mi mentira y de mi secreto, me miraron. Les devolví la mirada con lágrimas en los ojos y una sonrisa en los labios, y supieron de inmediato que el hijo era tuyo.
Lloraron y sonrieron también, porque el universo me estaba haciendo un regalo inconmensurable, mi amor.
Brook tiene tu cara. O al menos yo veo en él tu rostro cada día, tus hermosos ojos. Y lejos de parecer algo que pueda evocarme dolor, me parece algo maravilloso, me reconforta. Os tengo a los dos conmigo y jamás permitiré que nadie me quite eso.
Gracias por dejarme un pedazo de ti, Jacob. Es un bebé hermoso, como su papá. Come como una lima y duerme como un lirón. Te enamorarías de él como un loco.
Le llamé así por el puente que nos unió y el que nos separó. Puede parecer demasiado dramático o macabro, pero yo creo que es una señal divina y un nombre precioso.
Vuelvo a diario al puente. Lo recorro de un lado a otro, rememorando aquel día en el que nos besamos por primera vez. Me siento bien en él, cerca de ti.
Me da mucha pena que nunca vaya a conocer a su padre verdadero, que nunca vaya a verte ni a abrazarte, y que nunca vaya a jugar al parque contigo o a aprender a montar en bicicleta.
Mi corazón llora cuando pienso en lo felices que habríamos sido juntos, como una familia. Te echo tantísimo de menos que siento dolor físico.
Te prometo que lo cuidaré más que a mi propia vida y que no le faltará absolutamente de nada.
Ahora tú también sabes mi oscuro secreto.
Estoy mintiendo a un hombre bueno, a un hombre que cree que ese bebé es suyo y que lo criará como tal.
Quién sabe… Tal vez me hace creer que piensa que es suyo cuando, en realidad, sabe toda la verdad…
Como te he dicho, hace tiempo que no soy la misma persona.
Perdóname, porque sé que no es honrado lo que estoy haciendo, carece de todo honor, pero cuando tomé la decisión pensé que hacía lo correcto. Y ahora, el ritmo de la vida nos acompaña a mí y a mi secreto.
Quiero acabar esta carta diciéndote que te amo, que siempre te amaré. Que te pienso cada día. Que te echo de menos a cada segundo. Que el vínculo que nos une sigue intacto y estoy segura de que siempre seguirá. Mi corazón está roto sin ti, Jacob.
Vuelvo a nuestros momentos una y otra vez, sin descanso. Vuelvo a tus manos y a tus labios, a tu cuerpo… Cierro los ojos y recuerdo tu olor y cómo me amabas.
Cómo me gustaría volver a abrazarte, aunque fuera solo una vez más.
Le pido al universo volver a verte cuando llegue mi momento, volver a sentirte. Espérame allá donde estés; me reuniré contigo y volveremos a darnos miles de besos por todo el cuerpo.
No olvides nunca a tu princesa. Ella nunca te olvidará a ti.
Te amo.
Isabella