El secreto de Isabella 27
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El despertador sonó por la mañana, sacándola de unos sueños profundos y devolviéndola a la hermosa realidad que estaba viviendo.

Se duchó, se arregló y desayunó con su hija unas tostadas de pan de masa madre crujiente, cubiertas de aguacate cremoso, huevos pochados con la yema dorada y un chorrito de aceite de oliva virgen extra.

Ambas salieron después por la puerta rumbo a sus rutinas.

En la galería, Claire y ella tenían mucho trabajo como siempre, aún así hubo tiempo para ponerse al día cara a cara. Nunca eran suficientes las veces que se trataba un tema en cuestión.

A las dos se fueron a comer a un restaurante cercano. A las tres, de nuevo en la galería, Isabella decidió llamar a Jacob para decirle que sobre las cuatro estaría en su casa si todo iba bien. No iría al gimnasio, tenía demasiadas ganas de volver a verle y estar con él.

Marcó su número.

Un tono.

Dos tonos.

Tres tonos.

Cuatro tonos.

Cinco tonos.

Colgó y miró el teléfono.

Qué raro, pensó. Intentó no darle más importancia, pero antes de bloquear el teléfono y dejarlo a un lado, vio que Matthew la estaba llamando.

Contestó.

—Dime, Matthew, me pillas trabajando todavía, estamos a tope.

—Hola, cariño. Veo que no te has enterado aún.

—¿De qué?, ¿qué ha pasado? —preguntó ella, sin pararse a pensar, ni por una décima de segundo, que la noticia que tenía que darle Matthew fuera a salpicarla o a preocuparla de algún modo.

—Ha habido un accidente. En mitad del puente de Brooklyn; ha salido en las noticias, un choque frontal tremendo entre dos vehículos.

Al parecer ha sido un golpe mortal. En uno de los coches iba Jacob Loredan, el profesor de piano de Jo.

Debemos tener mucho tacto al decírselo a la niña porque le tiene mucho cariño y…

El teléfono cayó de las manos de Isabella al suelo.

No escuchó nada más.

El tiempo se detuvo.

Sintió cómo el mundo giraba violentamente, se mareó, le entraron unas náuseas brutales y vomitó.

No estaba entendiendo lo que pasaba. Su cerebro no lo estaba procesando.

¿Un accidente? ¿Cómo que un accidente? ¿Jacob en un accidente?

¡No! No podía ser. Matthew estaba equivocado.

Las noticias estaban equivocadas. Jacob estaba en su estudio, la esperaba en casa.

Comenzó a llamar a gritos a Claire, que apareció en el despacho aturdida por tanto alboroto.

—¿Qué ocurre? ¿Qué pasa, Isabella? —dijo Claire, zarandeándola para que volviera en sí—. ¿Qué ocurre? —repitió una y otra vez mientras ella se agarraba la cabeza con las dos manos y no dejaba de gritar cosas incomprensibles.

—Matthew... Matthew está equivocado —balbuceaba Isabella, reteniendo el vómito en la boca, con los ojos desorbitados por el terror—. Dice que Jacob ha muerto en un accidente…

Claire buscó el teléfono por el suelo y lo cogió. Matthew seguía en la línea.

—¿Qué ocurre, Matthew? —preguntó Claire, muy nerviosa, sin saber qué estaba ocurriendo realmente.

—¡Claire! Parecía que se había cortado.

—Dime, Matthew. Parece que Isa está indispuesta, lleva toda la mañana con náuseas —mintió, intentando proteger a su amiga.

—Vaya. Y yo le acabo de dar una mala noticia. No ha sido buen momento —suspiró—. Sabes que Jo tenía un profesor de piano particular…

—Sí —confirmó Claire, deseando que no fuera cierto lo que venía a continuación.

—Pues ha fallecido esta mañana en un accidente de tráfico brutal en mitad del puente de Brooklyn. Una furgoneta de reparto ha invadido el carril contrario a gran velocidad y se ha llevado por delante el coche de Jacob Loredan. Dicen que ha muerto en el acto.

Silencio devastador.

—¿Claire, estás ahí? —la voz de Matthew la trajo de vuelta a la realidad.

—Sí, aquí estoy, Matthew. Perdona. ¿Estás seguro de la noticia?

—Sí, estoy seguro. Es terrible. No sé cómo voy a decírselo a la pequeña, lo apreciaba mucho.

—Me imagino —acertó a decir ella.

No sabía cómo se tomaría la noticia la niña pero por descontado sabía que la vida de su mejor amiga acababa de romperse para siempre.

—Te dejo, Matthew.

—Vale. Que Isabella se tome algo. Seguro que ya cogió el primer virus estomacal del año. ¡Cuídala hasta que yo llegue!

—Lo haré, no te preocupes.

—Que me llame luego.

Colgó.

Isabella había caído al suelo, permaneciendo arrodillada en él, completamente en shock, como si el impacto del puente le hubiera quebrado el cuerpo a ella también.

Levantó la vista hacia su amiga con los ojos vacíos, empañados por un horror infinito que Claire jamás había visto en ningún otro ser humano.

—Dime que es mentira. Dime que Matthew se equivoca. No habla en serio. No es Jacob.

Claire, sin saber muy bien cómo enfrentarse a aquella catástrofe, la cogió de las manos e intentó levantarla.

—Venga, levántate, Isa, vamos a sentarnos.

—¡Dime que no es él! —gritó Isabella entre lágrimas de terror.

Claire jamás había visto a su amiga de esa manera; de hecho, no había visto a nadie en un estado semejante: destruida, desintegrada por el dolor.

—¡Dime que no es él! —volvió a gritar, desgarrándose la garganta—.

¡Dímelo! ¡Dime que no es él! —gritaba mientras zarandeaba a su amiga, deseando con todas sus fuerzas que fuera una pesadilla, que se hubiera equivocado, que no fuera su coche, que no fuera él.

Que estuviera en su estudio, tocando el piano, esperándola.

Se derrumbó en sus brazos completamente, llorando de manera desconsolada, lágrimas de pánico absoluto.

—Dímelo, Claire. Dímelo.

—No puedo, mi amor. No puedo —dijo Claire, llorando también, sosteniéndola mientras su propio corazón se rompía.

—¡No, por favor! ¡No puede ser! ¡No puede ser, Claire! ¡Dime que no!

El llanto y los gritos eran aterradores.

Brotaban de lo más profundo de su estómago, se confundían al pasar por la garganta, se mezclaban gritos y lágrimas impidiéndole pronunciar bien las palabras.

Cayó de rodillas al suelo otra vez. El aire no llegaba a sus pulmones, se ahogaba y Claire no sabía qué hacer.

¿Permaneció así cuánto? ¿Dos horas? ¿Tres? No lo sabía. Perdió la cuenta, la noción del tiempo, la cordura.

Ese día, Isabella Crawford perdió la cordura para siempre. Nunca, jamás en la vida, volvió a ser la misma.

Jamás.

Jacob estaba muerto.

Se había matado en un accidente de coche; un hombre borracho había perdido el control de su vehículo y lo había arrollado con su furgoneta de reparto. El hombre que lo arrolló murió a los dos días en el hospital. Mejor, pensó ella cuando lo supo. Se alegró de que no sobreviviera.

El día que recibió la noticia, en cuanto consiguió reponerse mínimamente gracias a la ayuda de Claire y de Sophie —quien se había presentado allí en cuanto Claire la puso sobre aviso—, regresó a su casa.

Estaba tan rota, tan completamente ida, que sus amigas tuvieron que desvestirla y meterla en la cama, arropándola en un silencio cargado de impotencia.

Ya no importaba nada.

Los recuerdos eran lo único que le quedaba ahora.

Los recuerdos y las fotos que se habían hecho juntos, que ahora eran para ella algo sagrado.

Él ya no estaba. Nunca jamás volvería a verlo, a besarlo, a tocar su piel o a enredar los dedos en su pelo y en su preciosa barba.

No volvería a ver su sonrisa, a rozar su cuerpo ni a sentirlo vibrar frente al piano mientras lo miraba a los ojos.

Ya no había un futuro. Todo se había esfumado.

No podía ni pararse a pensar en ello; no podía.

Claire se sintió en la obligación de poner sobre aviso a Madeleine para que continuara encargándose de la pequeña Josephine, argumentando que Isabella había contraído un virus estomacal tremendo y estaba realmente pachucha en la cama.

Se avecinaban días muy duros; de eso no le cabía la menor duda.

Madeleine, aunque sabía que algo extraño estaba pasando, hizo lo que tenía que hacer: sin preguntas, sin cuestionar nada.

La discreción y el respeto eran su máxima para con la señora Crawford.

Matthew llamó a su esposa para ver qué tal se encontraba, pero Isabella no respondía.

No quería coger el teléfono; el aparato le parecía ahora el mismísimo demonio sabiendo que al otro lado nunca más iba a encontrar la voz de Jacob.

Al ver que no obtenía respuesta, Matthew llamó a Claire.

Ella, manteniendo la sangre fría, lo tranquilizó asegurándole que solo se trataba de un virus de la barriga, pero que en unos días se le pasaría, como todo.

Le pidió que no se preocupara. Él también sabía que algo extraño estaba pasando. Tampoco indagó, prefería no hacerlo.

Claire fue la encargada de contarle a la pequeña Josephine lo que había ocurrido.

Eso provocó en la niña un disgusto enorme, el dolor natural y lógico al conocer el fatídico destino de su profesor de piano preferido, al que tanto cariño había tomado.

Le dijo también que tenían que cuidar de su mamá, que había cogido un terrible virus.

Argumentando que su ayuda sería de vital importancia para que su madre se recuperara, la pequeña adoptó el rol de niña mayor a la que necesitaban y se relajó un poco.

Claire, haciendo gala de su implacable pragmatismo, sabía que, dado que Jacob ya no estaba y que Isabella no había llegado a levantar la liebre con el tema del divorcio, cabía la posibilidad de que en un futuro decidiera reconducir su vida o su matrimonio.

No interesaba lo más mínimo que la gente atara cabos al verla completamente deshecha por el accidente del músico.

Era un riesgo innecesario. Su dolor era demasiado evidente, la delataba, y en ese tablero de juego, la discreción era su única armadura.

Jo entró en la habitación para ver a su mamá.

Ella permanecía sentada a los pies de la cama, dejando salir su dolor en forma de lágrimas mientras observaba en el infinito la inmensidad de una ciudad que —apenas unos días atrás— prometía entregárselo todo junto a Jacob, y que ahora jamás volvería a recorrer de su brazo.

—Mami —susurró la pequeña acercándose a ella.

—Jo, cariño, ven —dijo, intentando recomponerse y levantando una mano temblorosa que invitaba a la pequeña a acercarse—. ¿Estás bien, cariño? —preguntó a la niña.

—Regular. Siento mucha pena en el corazón.

Isabella lloró de nuevo. Las lágrimas corrían por sus mejillas enrojecidas, lastimadas de tanto llanto.