El secreto de Isabella 26 #3
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26 #3

—¿Por qué? —preguntó Isabella.

—Porque este es tu mundo y lo estás compartiendo conmigo —sonrió—. Es perfecto.

—Ahora es tu mundo también. Estás pintando un cuadro abstracto —dijo ella, y estalló en una carcajada mientras señalaba la pintura de Jacob, en la que no se adivinaba fácilmente qué pretendía ser.

Cenaron allí, entre copas de buen vino y canapés exquisitos, completamente sumergidos en sus respectivas creaciones y en ellos mismos.

La pintura de Isabella intentaba evocar un atardecer en una playa, con dos siluetas sentadas frente al mar que observaban en silencio cómo las olas se acercaban mansas a la orilla.

No era una pintora, pero el cuadro estaba cogiendo algo de forma.

La de Jacob, mostraba unos garabatos abstractos trazados con mucho amor, pero sin más pretensión que plasmar la absoluta felicidad que sentía en ese preciso instante.

—Los colgaremos en el estudio —dijo él, contento, contemplando el resultado—. Aunque el tuyo parezca una obra maestra y el mío sea un churro malo.

Los dos se rieron abiertamente.

—A mí el tuyo me encanta. Mira qué paleta de colores has usado —lo animó Isabella, mirándolo de reojo con una sonrisa dulce.

—Es un horror, admítelo —pidió él, contemplando su desastre cromático con resignación—. Pero lo estoy haciendo con mucho amor.

—Pues eso es lo único importante —sentenció ella, dándole la razón.

—¿Cuando los acabemos, ya nos los llevamos a casa? —preguntó Jacob, completamente ajeno al proceso técnico de la pintura.

—No. Primero tenemos que dejarlos aquí secando —explicó ella, señalando una zona apartada del taller donde reposaban más obras—. Los apoyamos ahí con nuestros nombres y, dentro de unos días, cuando estén bien secos, venimos a por ellos y nos los llevamos al estudio.

—Perfecto —respondió él, antes de cogerle la barbilla suavemente y besar sus labios—. Te quiero mucho, mi princesa.

—Y yo a ti, mi amor.

Era tarde y el sueño comenzaba a vencer a Isabella, tiñendo sus gestos de una dulce languidez. Con sumo cuidado, depositaron sus creaciones contra la pared habilitada para el secado y pegaron una etiqueta en la que escribieron sus nombres: Jacob era algo que trascendía lo físico, una fusión de almas.

El domingo, tras pasar todo el día entre las sábanas recuperando el tiempo perdido, y saboreándose una y otra vez sin descanso, se despidieron al atardecer.

Isabella recogería a la pequeña en casa de Mandy y regresarían juntas al ático. El lunes por la mañana tocaría volver a la rutina: ella al trabajo y la niña al colegio.

Sin embargo, esta vez las cosas habían cambiado de forma radical.

La promesa de una vida juntos estaba hecha y la maquinaria para cumplirla, en marcha. Los planes se habían trazado; los pasos a seguir, meditado y hablado.

Jacob estaría con ella durante todo el proceso; no se separaría ni un solo instante y se convertiría en su apoyo incondicional.

Ambos eran conscientes de que se avecinaban días oscuros: un proceso de divorcio siempre es duro, y tener que explicárselo a una niña de esa edad lo hacía todavía más doloroso.

Pero Isabella estaba decidida. Lo amaba con cada fibra de su ser y no estaba dispuesta a renunciar a una vida a su lado.

Simplemente, ya no podía dar marcha atrás.

Se durmió con esa promesa de una nueva vida en su mente, sabiéndose inmensamente feliz de las decisiones recién tomadas y tan enamorada que mirar atrás ya no era una opción.

Tecleó en su iPhone:

Te amo Jacob. Te amo mucho. Ya deseo verte mañana con todas mis fuerzas. Ya te echo de menos. Que cursis somos. Mil besos por todo tu cuerpo. Juntos para siempre.

Él contestó al segundo:

Jamás le había dicho estas cosas a ninguna mujer. Y sí, somos unos cursis, pero es que te quiero tanto que me va a explotar la cabeza, y todo lo demás jajaja. Te amo, princesa. Mañana te como a besos. Descansa. Juntos para siempre.