26 #2
—¡Te estás poniendo perdida! —reía él a carcajadas.
Ella, con la boca llena de esa masa crujiente y sabrosa, tapándose con la mano para que no se escapara la comida, asentía frenéticamente, comentando lo buenísima que estaba.
Jacob dio un sorbo a su copa de vino tinto de la casa, un vino alejado de lo que acostumbraban, pero que les estaba sabiendo a gloria.
—¿Qué partes conoces de Italia? —le preguntó ella, curiosa.
—Prácticamente todas —respondió él.
Levantó las cejas para hacerse el interesante, mientras una sonrisa cargada de picardía le dibujaba el rostro.
—¿Cuándo me llevarás a recorrerla entera? —preguntó ella, con la ilusión impaciente de una niña que quiere descubrirlo todo de repente, sin dejar un solo rincón al azar.
—Cuando quieras, princesa —contestó él llevándose un trozo de sabrosa pizza a la boca.
Jacob entabló conversación con los pizzeros, dueños del local, conversando como si fueran colegas de toda la vida. Isabella lo miraba embelesada mientras este cambiaba al italiano fluido, con un acento irresistible y nativo, mientras compartía historias con ellos.
Él notaba la mirada de adoración de Isabella y sin dejar de hablar, le cogió la mano por encima de la mesa, haciéndola partícipe de la conversación, traduciéndole fragmentos, integrándola en su mundo entero.
—Splendida donna —dijo uno de los camareros, viendo cómo Jacob la miraba, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar.
—La più bella del mondo —confirmó Jacob, mostrando en sus ojos todo el amor inmenso que albergaba.
—Me encanta oírte hablar en italiano, estás tan sexy... —dijo ella, acercándose a besarlo.
Él la atrajo hacia sí y la sentó en sus rodillas.
Cuando terminaron hasta las migas de las pizzas y saborearon unos cannolis compartidos como postre, se despidieron de los lugareños y siguieron paseando por la isla hasta que al caer la tarde, las piernas no les dieron para más.
—¿Quieres que volvamos, amore mio? —preguntó él, haciendo una reverencia teatral.
—¡Por favor! Los pies empiezan a matarme lentamente —rio ella respondiendo a la reverencia.
Cogieron de nuevo el ferry de regreso a Manhattan, observando cómo el skyline de la ciudad se iluminaba con el atardecer.
Ya en la ciudad de los rascacielos, ella preguntó:
—¿Y dónde cenamos?
Él la miró de reojo, y soltó una carcajada.
—¿Cómo que dónde cenamos? Si estamos molidos —exclamó él entre risas, mientras la abrazaba y pasaba su brazo por los hombros de ella.
—Estoy tan feliz que no quiero que esto termine jamás, Jacob.
—Yo tampoco —dijo él, su voz grave y sincera.
Se montaron en el Cadillac, sin saber a dónde les iba a llevar la vida, pero seguros de ir juntos.
—Te voy a llevar a un sitio secreto —anunció él, arrancando el motor.
—¿Otro más?
—¡Otro más! —confirmó.
Jacob puso rumbo al Lower East Side, hacia The Back Room, uno de los speakeasies más auténticos y legendarios de Nueva York.
El acceso era toda una experiencia inmersiva.
Jacob aparcó y la guió hacia una callejuela aparentemente anodina, con un ambiente que parecía sacado de los suburbios más oscuros o de una escena del crimen de los años 20.
Caminaron por un pasillo estrecho y mal iluminado, sorteando contenedores de basura y escaleras de incendios oxidadas.
El entorno era casi tremebundo, diseñado para disuadir a los no iniciados.
—Pero Jacob, ¿a dónde me llevas? —dijo ella, ligeramente asustada, apretando su mano con fuerza.
—Confía en mí, mi amor —susurró él, sujetándola firme para transmitirle seguridad.
Tras cruzar un umbral discreto disfrazado de entrada de servicio y bajar unas escaleras de madera crujientes, entraron.
El cambio fue abrumador.
El local era increíble. Una esencia antigua y prohibida llenaba el aire. Luces tenues, mesas de madera oscura y una atmósfera cargada de historia y jazz. Parecía que el tiempo se había detenido en 1925.
—Yo toqué el piano aquí muchas veces —confesó él, mirando el pequeño escenario con nostalgia—.
Me encantaba tocar en sitios así para gente normal, que quiere alejarse del mundo real, de los locales esterilizados de hoy en día —suspiró.
—He pasado muy buenos momentos aquí, Isabella.
¿Qué te parece? —preguntó deseoso de conocer su opinión.
—Wow... Me parece una locura, Jacob —susurró ella, fascinada, sintiendo que acababan de entrar en una máquina del tiempo.
Pidieron cerveza, que les sirvieron discretamente en tazas de café de porcelana, manteniendo la ilusión de la ley seca. Ella lo miraba todo, lo estudiaba todo con detenimiento, sin soltar su mano ni un segundo.
De fondo, sonaba un jazz exquisito, la voz aterciopelada y profunda de Chet Baker interpretando «My Funny Valentine», una melodía que parecía escrita para ellos.
Todo era demasiado perfecto para ser real; era un sueño dentro de un sueño.
—¿Sabes por qué este lugar es tan especial, Isabella?
—susurró él, mientras trazaba círculos abstractos en el borde de su taza—.
Durante la Ley Seca, en los años veinte, cuando el alcohol estaba prohibido en todo el país, Nueva York se llenó de speakeasies como este.
Eran lugares clandestinos, ocultos a plena vista, donde la gente corriente, los artistas, los músicos y los soñadores venían a escapar de la realidad.
Para entrar, necesitabas una contraseña o conocer a alguien de absoluta confianza; si no, la puerta permanecía cerrada.
Se detuvo un segundo, deleitándose con la forma en que ella lo escuchaba, con los ojos cargados de fascinación absoluta. Seducción pura. Jacob se inclinó hacia delante y le robó un beso suave, pausado, en los labios, antes de continuar:
—Aquí mismo, en esta misma sala donde estamos, la policía hacía redadas y la gente salía corriendo por las escaleras de incendios con las botellas escondidas bajo el brazo.
Hace un tiempo, yo solía tocar el piano en ese rincón de allá —señaló con la cabeza un espacio vacío que quedaba bajo una luz tenue y mortecina—.
Este sitio es un santuario para los que buscamos algo auténtico, lejos del brillo artificial de los clubes modernos.
Aquí el tiempo se detiene... y todos nos convertimos en contrabandistas.
Jacob soltó una risa suave y entrelazó sus dedos con los de ella.
—Eres una contrabandista, pequeña —añadió, rompiendo a reír con una carcajada limpia que hizo que ella se sintiera, sin lugar a dudas, la cómplice perfecta en aquel lugar clandestino en otros tiempos.
—Jamás había estado en un lugar así —confesó, con los ojos brillantes—. ¿Cuántas más cosas me tienes preparadas?
—Infinitas —respondió él, acercándose para besarle la punta de la nariz.
La noche se extendía ante ellos como si no tuviera fin, como si el mañana se encontrara a kilómetros de distancia.
Parecía que el apetito volvía a hacerles una visita.
—Ahora me toca a mí sorprenderte —anunció Isabella traviesa, tomando asiento en el Cadillac con decisión—. Vamos a mancharnos las manos.
—¿A mancharnos las manos?, ¿a dónde vamos? —preguntó Jacob, intrigado.
—A un sitio muy especial.
A medida que se acercaban al barrio de DUMBO, bajo los arcos de ladrillo que enmarcan el puente de Manhattan, Jacob supo que el plan tenía que ver con la esencia de Isabella: creatividad, libertad y expresión.
Llegaron a un antiguo almacén industrial reconvertido, con un portón de madera desgastada que daba acceso a un espacio abierto, libre de censuras y jerarquías, donde cualquiera podía explorar sus dotes artísticas.
Al cruzar el umbral, se desplegaban varios pasillos; al inicio de cada uno, un cartel de pizarra anunciaba el material: Barro, Acuarelas, Témpera, Carbón.
—¿Cuál prefieres? —le preguntó ella, deteniéndose para mirarlo fijamente a los ojos.
Jacob soltó una carcajada.
—Yo no tengo ni idea de arte, Isabella. Vas a tener que guiarme tú.
—¿Que no tienes idea de arte? —replicó ella, alzando una ceja—. Entonces, ¿qué es lo que creas cuando te sientas al piano? Eres el mayor artista que conozco. Estoy segura de que tus manos pueden dar vida a algo más allá de la música. ¿Qué te parecen las témperas?
—Las témperas… Bueno, pues no nos conocemos mucho, pero me parece un buen plan —dijo él, sonriendo con una ironía deliciosa.
—Pues allá vamos —dijo ella, tirando suavemente de su mano hacia el pasillo correspondiente.
Caminaron hasta llegar a una sala enorme, inundada por el evocador olor de la pintura y el disolvente.
Por todas partes, apoyados contra las paredes y directamente sobre el suelo, se amontonaban blocs de dibujo de gran formato, cartones rígidos y tableros de madera listos para ser transformados.
A un lado, descansaba una infinita variedad de pinceles de todos los tamaños junto a una hilera de botes de témpera de colores vibrantes.
Buscaron un hueco en mitad de aquel caos creativo y se sentaron sobre una alfombra de yute, descalzos, uno frente al otro, convirtiéndola en su propio taller improvisado.
Comenzaron a pintar.
De repente, una chica con un delantal de cuadros vichy rojos se acercó con una bandeja de copas de vino tinto y canapés. Al alejarse se volvió para echar un vistazo a ese chico tan guapo al que acababa de servir.
—¿Has visto cómo te ha mirado la chica de los canapés? —preguntó Isabella riendo pero dejando evidencia de sus celos.
—No me he dado cuenta, la verdad —mintió él—. ¿Me ha mirado mucho?
—Te ha comido con los ojos —dijo ella, acercándose más a él.
—¿Estás celosa? —preguntó, mordiéndose el labio y atrayéndola hacia sí.
—Pues sí, la verdad.
—Soy más tuyo que nunca, princesa. Me encanta que te celes, pero no puedo ser más tuyo, mi amor —ella lo besó en los labios y se aferró a su cuello—. Gracias por traerme aquí.