El secreto de Isabella 26
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—¿Has vuelto por mí? —preguntó ella tras tomar un sorbo de limonada de uno de los puestos del mercado.

No dejaba de buscar su mirada ni de contemplar esos labios carnosos a los que tantas veces había regresado en sueños.

—Pues claro —respondió él tiernamente—. Siento haberme marchado, Isabella.

Y siento no haber contestado a ninguno de tus mensajes ni a tus llamadas.

Pensé que, tal vez, si me alejaba... volverías a mis brazos.

Me dejé llevar por el orgullo o por no sé qué demonios...

Estaba muy enfadado cuando vi que lo habías elegido a él —confesó—.

Pero después, cuando dejaste de escribir, me volví loco…

—Te amo, Jacob —dijo ella—. No dejé de pensar en ti ni un segundo. Cada día, a todas horas. Deseaba saber de ti. Y cuando volví de Londres fui al estudio; una señora mayor me dijo que te habías ido a Italia y pensé que ya no me amabas —suspiró—. No pienso dejar que te alejes de mi lado nunca más.

Lo miró fijamente. No pensaba dejarlo marchar otra vez, de ninguna de las maneras.

Jacob sonrió.

—Llevo mucho tiempo deseando oír eso de tus labios.

El destino había vuelto a unirlos. En realidad, nunca los había separado del todo. Siempre habían permanecido conectados por una cuerda invisible que desafiaba cualquier distancia.

—Estás preciosa —dijo mientras le acariciaba las pecas de las mejillas.

Isabella se cogió ligeramente la falda midi y vaporosa y con una sonrisa en los labios que delataba su absoluta felicidad dijo:

—Si llego a saber que iba a verte hoy, después de tanto tiempo, me habría arreglado un poco más.

Él se rio con ella.

—Ahora sí que eres mi princesa —dijo señalando al vestido—. ¿Vendrás a verme después del trabajo? —quiso saber él, mientras le apartaba con cariño el pelo del hombro y le acariciaba el lóbulo de la oreja con la yema de los dedos.

—Te veré todos los días de mi vida, amor mío —respondió ella, cerrando los ojos un instante y sucumbiendo a aquellas caricias tan anheladas.

Y entonces, como si nada malo hubiera ocurrido jamás entre ellos, como si el tiempo y la distancia no hubieran logrado hacer el más mínimo estrago, volvieron a abrazarse. Se acariciaron y se besaron con la naturalidad de quienes nunca, ni por un solo segundo, se hubieran dejado de amar.

Con toda la ilusión que cabía dentro de su pecho, Isabella puso al tanto de las novedades a sus dos mejores amigas.

Les confió cómo su amor, al que tanto había echado de menos, se había materializado ante ella como una visión idílica; un encuentro tan romántico y cinematográfico que rozaba lo irreal.

Ellas se mostraron ilusionadas, porque sabían que eso era lo que llevaba tiempo deseando.

No había vuelto a ser la misma desde que se había marchado del estudio de Jacob aquel fatídico día en el que le dijo que se iba a Londres.

Así que se alegraron de que Isabella hubiera tomado una decisión y de que él hubiera vuelto a buscarla.

Cuando volvió a encontrarse frente a la puerta del apartamento de su amado Jacob, se detuvo un instante a pensar en lo increíblemente feliz que se sentía en ese momento.

Todo el dolor, la incertidumbre y esa sensación de pesar constante que la habían asfixiado durante demasiado tiempo se habían evaporado por completo.

Ahora regresaba la ilusión, la sensación de estar viva y esa vibración eléctrica de quien se sabe dichosa.

Estaba nerviosa, sí, pero era un nerviosismo hermoso; se sentía como si fuera la primera vez que iban a verse, como si acudiera a una primera cita, pero con la certeza reconfortante de conocerlo de toda la vida. Una seguridad profunda la invadió por dentro.

Era él, y ahora no albergaba la menor duda. Estaba exactamente donde quería estar; estaba donde debía estar. No iba a darle más vueltas a la cabeza ni a permitir que los remordimientos enturbiaran el presente: su sitio era ese.

Con el corazón latiéndole deprisa, se atusó un poco la falda vaporosa y después, metió los dedos entre las ondas de su pelo para alborotarlas un poco y hacer que cobraran vida.

Inspiró hondo y llamó a la puerta. Él la abrió.

Jacob también estaba nervioso, y también era inmensamente feliz; ambos experimentaban exactamente las mismas sensaciones.

—Llegué a dudar de que esto volviera a ocurrir —confesó ella en un susurro, mirándolo desde el umbral.

Jacob no necesitó responder. Se acercó a ella con paso firme y la tomó por la cintura para levantarla en brazos, obligándola a enroscar las piernas a horcajadas sobre sus caderas. Al mismo tiempo, y sin romper el magnetismo de sus miradas, empujó la puerta a sus espaldas para cerrarla de golpe.

La depositó suavemente sobre la cama y se tomó unos minutos solo para observarla, como si necesitara convencerse de que era real.

Recorrió con las yemas de sus dedos cada facción de su rostro, verificándolo, rozó sus labios con los suyos y descendió con besos lentos por la curva de su cuello, entregándose a ella como si fuera el último día de sus vidas.

La música que flotaba de fondo envolvía el estudio en una atmósfera tan íntima y romántica que la escena no podía ser más perfecta.

Isabella lo acariciaba con una delicadeza trémula, con el temor de que todo formara parte de un espejismo y él fuera a desvanecerse entre sus manos.

Le desabrochó el hermoso vestido con una parsimonia casi sagrada; ya no existía el miedo a que el tiempo se agotara.

Dejó caer la prenda, que se deslizó hasta el suelo con la ligereza de un pétalo de rosa.

Jacob besó sus piernas, deteniéndose en cada palmo de piel mientras ella enredaba los dedos en su cabello.

—Me gusta —murmuró.

—Cuánto te eché de menos, Isabella —susurró él sobre sus muslos.

Cuando no quedó un solo milímetro de sus piernas por venerar, Jacob ascendió de nuevo trazando un camino con sus labios.

Besó sus pechos, recorrió la firmeza de sus pezones con la punta de la lengua y continuó descendiendo por su vientre, deteniéndose justo en el umbral de su deseo.

Por fin la tenía desnuda de nuevo entre sus brazos, bajo sus dedos, prisionera de sus labios.

Sin dejar de mirarla a los ojos, Jacob se deshizo de sus pantalones y de su ropa interior. Deseaba tanto ese instante que no quería que pasara rápido; quería que fuera eterno, suave, meticuloso, sintiendo la entrega con cada poro de su piel.

Cuando el tiempo pareció detenerse del todo y sus anatomías hubieron concluido esa exploración centímetro a centímetro, se introdujo en ella, fundiéndose sin romper la exquisita coreografía que se había ido tejiendo entre ambos.

El deseo que los consumía era el más voraz que jamás hubieran experimentado en su existencia.

En aquella cama ya no había dos personas; solo existía un único cuerpo.

—Te amo —susurró él contra sus labios, mientras ella lo rodeaba con los brazos, perfectamente acoplada a su silueta.

—Y yo a ti —respondió ella casi sin aliento, perdiéndose por completo en él.

Había un universo entero contenido en el abrazo de esos dos cuerpos que, tras tanta tormenta, por fin se reconocían como su único hogar.

El fin de semana entero lo pasarían juntos. Aprovechando que Josephine se iría a casa de Mandy, ella y Jacob se dispusieron a recorrer la ciudad como lo que eran: dos auténticos enamorados.

Se montaron en el Cadillac, sin saber muy bien a donde ir, sin importarles de hecho.

—¿Qué te parece si vamos a comer a Staten Island? —preguntó él.

—¿A Staten Island? Creo que no he ido en toda mi vida —dijo ella sonriendo.

—Yo tampoco —confirmó él—. Cogemos el ferry y nos vamos de aventura. Ya veremos dónde comemos, dónde nos apetezca parar. ¿Qué te parece?

—Pues me parece muy divertido, Jacob —dijo ella, entrelazando sus dedos con los de él.

—No sabes lo feliz que estoy ahora mismo.

—Sí lo sé —respondió ella, al tiempo que le guiñaba un ojo con complicidad—. Compartimos los mismos sentimientos.

Pusieron rumbo al terminal del Staten Island Ferry. Para cualquier otro, era solo un transporte público gratuito que unía Manhattan con Staten Island. Pero para ellos, fue como embarcar en el crucero más lujoso y maravilloso de la historia.

El amor tiene ese poder alquímico: transforma lo ordinario en extraordinario, hace que lo normal resulte excitante y convierte un simple trayecto por agua en un viaje hacia el paraíso.

Durante la travesía, recorrieron el barco de cabo a rabo, riendo y persiguiéndose por la cubierta exterior, celebrando su reencuentro.

Se abrazaron contra la barandilla, mirando al horizonte y observando la Estatua de la Libertad alzarse imponente bajo el sol de octubre, se hicieron promesas de amor eterno, de sumar experiencias juntos, de viajar por el mundo…

—Jamás me volveré a ir de tu lado, Isabella —le dijo él, apoyando la barbilla en su hombro, sintiendo su calor, mientras ella observaba la ciudad alejarse.

Isabella no dijo nada. Las palabras sobraban. Solo lo besó, un beso lento y profundo que sellaba ese pacto silencioso.

Jacob se quitó el jersey de lana fina que llevaba sobre los hombros y lo colocó cuidadosamente sobre los de ella, abrazándola con más fuerza para transferirle todo el calor de su cuerpo.

Al atracar en la terminal de St. George en Staten Island, comenzaron a caminar.

Iban cogidos de la mano, paseando por las calles arboladas de la isla, besándose en cada esquina, disfrutando del aire libre.

Todo fluía mágicamente, sin esfuerzos, hasta que, de repente, apareció ante ellos Joe & Pat’s Pizzeria, famoso por tener una de las pizzas más galardonadas de América.

—¡Jacob, una pizzería italiana! Quiero comer aquí, ¡corre! —exclamó ella, arrastrándolo del brazo hacia el interior del local modesto pero vibrante.

Él reía, sintiéndose el hombre más feliz del mundo al verla tan radiante.

Tomaron asiento en una mesa sencilla. Pidieron tres pizzas: una Margherita clásica, una Pepperoni y la especialidad de la casa, una pizza blanca de ricotta y espinacas.

Antes de que se enfriaran, quemándose la lengua y riendo por el dolor, comenzaron a devorarlas.

El queso mozzarella se estiraba en hilos interminables desde la porción hasta la boca de Isabella, provocando en Jacob una risa divertida y cómplice.