El secreto de Isabella 25 #5
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Apoyada en uno de los mostradores de madera, estiró el brazo para alcanzar una hermosa naranja que lucía una pinta exquisita. Cuando la sostuvo entre sus dedos, se la llevó a la nariz y la olió. Desprendía un aroma maravilloso a cítrico puro, fresco y vivo.

—¿Huele bien?

El mundo se detuvo en seco.

Todo a su alrededor desapareció por completo.

Esa voz. No podía ser cierto. ¡Era él!

La naranja resbaló de sus dedos y cayó al suelo, rodando por el pavimento. Él se agachó para recogerla. Cuando se incorporó e Isabella se giró, sus miradas volvieron a encontrarse.

No hicieron falta las palabras.

No hicieron falta los arrepentimientos, ni las disculpas, ni las explicaciones sobre el tiempo pasado en Londres o en Italia. En aquel momento solo existía el amor: puro, real y desbordante. La necesidad, la desesperación por verse, por tocarse.

Isabella se arrojó a sus brazos con una fuerza tan arrolladora que lo empujó un paso hacia atrás.

Se aferró a su cuello llorando de pura emoción, ocultando el rostro en su piel tostada por el sol.

Jacob soltó una carcajada cuando ella casi lo tira al suelo, devolviéndole el abrazo con fuerza, empapándose de su olor.

Había pasado tanto tiempo deseando volver a estrecharla contra su cuerpo, un deseo contenido a duras penas por el orgullo y por los fantasmas del futuro... Pero ahora la tenía allí, entre sus brazos, y ya nada más importaba.

Un día, Jacob se había levantado en Venecia sintiéndose tan insulso, tan gris y tan vacío de todo lo que puede llenar el alma de un ser humano, que decidió despedirse de la ciudad que le había servido de escondite.

A los pocos días de haber dejado de recibir noticias de Isabella, había entrado en un estado de dolor enfermizo —devorado por la culpabilidad de haberse convertido en un fantasma que no respondía a sus súplicas—.

Se dio cuenta de que se negaba a seguir viviendo así; se sentía como un enfermo que necesitaba urgentemente su medicina.

Ya le daba exactamente igual el cómo, el cuándo y el dónde; solo quería estar con ella.

Pensó que ya había sido suficiente tortura y que no soportaba más estar lejos de la mujer que amaba.

Se subió a un avión rumbo a Nueva York, dispuesto a confesarle que no le importaban las condiciones o las reglas de su relación —asumiendo, si hacía falta, el rol de amante de por vida, habitando en la penumbra con tal de que ella lo abrazara y lo amara como solo ella sabía hacer.

Había descartado enviarle un mensaje o llamarla; le aterraba que ella hubiera rehecho su vida y que un texto la expusiera ante su marido.

La amaba demasiado como para causarle un problema, y lo que tenía que decirle debía hacerlo cara a cara.

Necesitaba mirar fijamente sus preciosos ojos, azules como el mar, para descubrir si en ellos todavía quedaba un espacio para él.

Iría a buscarla. Sabía que los miércoles a ella le gustaba pasear por el mercadillo de Chelsea.

Ese mercado callejero que ocupaba las vías peatonales aledañas, inundándolo todo de ruido, aromas y color.

Jacob bajó del taxi cerca de la galería de Isabella y comenzó a caminar explorando entre la gente.

Caminaba entre los puestos de productores locales con las manos en los bolsillos, nervioso por verla, cuando la divisó, tan hermosa como siempre, enfundada en ese vestido de tul rosa pastel, disfrutando del aroma de una naranja que sostenía entre las manos.

Sonrió.

En el instante en el que ella lo abrazó, todos los temores acumulados durante el viaje se disiparon.

Había regresado con el miedo de comprobar si ella se había acomodado a su rutina o si lo había olvidado; pero ese abrazo desesperado que siguió al encuentro, aquellas lágrimas empapándole el cuello, los miles de besos y la forma en que ella le susurró al oído, con la voz rota:

«¡Cuánto te he echado de menos, mi amor! Me dolía el corazón... Jacob, mi Jacob...»

, fueron las respuestas que él necesitaba.

—Pensé que te habías olvidado de mí —sollozó ella contra su oído, aferrada a él, sin intención de soltarse, sin importarle lo más mínimo quién pudiera estar mirándolos.

—¿Olvidarme de ti? Prefiero la muerte antes que seguir viviendo sin ti —respondió él, cogiéndole la cara con las manos y mirándola a los ojos—.

Te dije que te amaba más que a mi vida y esa es la única verdad.

Da igual la tierra o el océano que intente poner de por medio: eres tú.

Mi vida eres tú, Isabella. Me da exactamente igual cómo tengamos que hacerlo.

Ella se fundió en sus hermosos ojos grises, recorriendo cada facción de su rostro a través del velo de sus lágrimas, sin poder creerse aún del todo que lo tuviera delante.

Le besó suavemente la nariz y rozó sus labios con una timidez casi sagrada, apenas tocándolos, como si temiera despertar de un sueño.

Después, deslizó las manos por su cabello, notablemente más largo desde la última vez, y sonrió irremediablemente emocionada.

—Para mí también eres tú, Jacob. Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado. No vuelvas a dejarme nunca —lloró, sin poder dejar de tocarlo.

Aquellas palabras supusieron para Jacob lo que un trasplante de corazón representa para un enfermo: la vida devolviéndole la vida.