El secreto de Isabella 25 #4
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—Y ahora que él se ha ido... ¿por qué no aprovechas para intentar solucionar las cosas con Matthew? Es tu marido, el padre de tu hija; lúchalo. Intenta olvidarte de Jacob, déjalo que se quede en Italia. Recupera tu vida, a tu marido... No sé, podrías intentarlo.

Isabella se quedó pensativa con las palabras de Claire, no solo esa noche, sino los días posteriores.

Decidió que, quizás, su amiga tenía razón.

¿Por qué no considerar ese infortunio como una señal del destino?

Así que se aferró a esa idea, a pesar del dolor.

El mes de septiembre podía ser eterno y desesperante, o feliz; todo dependía de ella.

Matthew no hacía más que facilitarle la tarea.

En la intimidad de sus pensamientos, ella ya había tomado la determinación de intentar sacar adelante su matrimonio, autoconvenciéndose de que, si tanto le había costado decidirse a dar el paso de la separación, tenía que haber sido por algo más que por la pequeña Jo.

Matthew estaba mostrándose sumamente cariñoso.

Él era consciente de haber cometido errores, de haber abandonado en ciertos aspectos a su esposa y a su familia, y quería recuperar el tiempo perdido dejando constancia con su manera de actuar, de su arrepentimiento y de sus ganas de que todo volviera a ser como antes.

El miércoles de la semana siguiente a la cena de las chicas, Matthew la invitó a cenar.

Le pidió que se pusiera guapa, que esa noche salían los dos solos.

Isabella eligió un vestido en color fucsia vibrante, con falda de tubo por encima de la rodilla y un corsé con escote palabra de honor, combinado con unas sandalias de Roger Vivier.

Él estaba guapísimo: pantalón de traje azul, camisa desenfadada en un tono más suave del mismo color y la americana colgada con soltura sobre el hombro.

—Estás muy guapo —le dijo ella sinceramente, nada más verlo.

—Y tú estás preciosa, como siempre.

La cena resultó exquisita. Se rieron recordando viejos tiempos.

Entre copa y copa, el ambiente de la sala iba subiendo de tono, y con él, la ebriedad de Isabella.

Bebía y bebía, dándose cuenta tristemente de que, cuanto más alcohol sumaba, más cómoda se sentía al lado de un hombre que ya no era aquel al que amaba.

Esa noche, fruto de las risas, de la complicidad residual, del alcohol y del deseo desesperado de probar si aún quedaba algo vivo en las cenizas, hicieron el amor.

Isabella estaba embriagada por el vino, con la mente enturbiada por una falta de claridad absoluta. Sin embargo, en mitad de esa bruma, fue dolorosamente incapaz de conectar con su marido; no sintió absolutamente nada.

Resultaba devastador hacer el amor con alguien y experimentar, en mitad de la intimidad, el vacío más ensordecedor.

¿Por qué estoy haciendo esto?, se preguntó en mitad de la penumbra.

Por supuesto, no alcanzó el clímax; eso estaba descartado.

Amaba a otro hombre con todo su ser. Pero ese hombre no estaba con ella, ni siquiera en la misma ciudad.

Y lo peor era saber que había sido por su culpa.

Lloró. En cuanto Matthew se durmió, Isabella se ahogó en un llanto silencioso.

Al día siguiente, se despertó con un dolor de cabeza infernal; sentía que el cerebro le iba a explotar.

Tuvo que tomarse un par de ibuprofenos solo para ser capaz de soportar la jornada laboral.

Matthew, en cambio, se levantó como si tal cosa: estaba encantado, pletórico y canturreando por los rincones tras lo que él consideraba el éxito rotundo de la noche anterior.

Creía de todo corazón que las cosas se habían arreglado y que, por fin, las aguas volvían a su cauce.

Esa misma mañana, Isabella se desahogó con Claire nada más entrar por la puerta de la galería, poniéndola al día de los últimos acontecimientos.

—¿Y cómo te sentiste? —preguntó su amiga con preocupación.

—Me sentí vacía, Claire. Completamente vacía.

Vaya…, pensó Claire para sus adentros. Pues sí que estamos jodidos.

—Date tiempo, mi vida. Date tiempo... —le aconsejó en voz alta.

Y se lo dio.

Isabella volvió a hacer el amor con su marido, intentando encontrar algo donde ya no quedaba nada.

Se forzaba a cumplir, flagelándose mentalmente por lo triste y lamentable de la situación.

Deseaba con todas sus fuerzas que aquello funcionara; quería de verdad volver a sentir por Matthew algo más que un bonito cariño, algo más que un mero respeto.

Pero la cruda realidad era que pasaba las horas y los días recordando a Jacob: su voz, su rostro, sus manos, su música, sus palabras, sus caricias...

todo. Intentaba buscar el fantasma de Jacob en el cuerpo de su marido, pero no lo encontraba.

Su alma y su piel le pertenecían a Jacob de forma irrevocable.

Matthew se marchó de nuevo a Londres a finales de octubre.

Dejó atrás a sus chicas creyendo que todo había vuelto a la normalidad; tenía que regresar para atender su negocio y no podía seguir alargando más la estancia en Nueva York.

Ella agradeció su partida; ya no tendría que seguir fingiendo que todo iba bien, cuando la realidad era otra.

Bajo el amparo de una temperatura cálida que aún acompañaba a los neoyorquinos en su día a día, Isabella decidió aprovechar la hora del almuerzo para dar un paseo.

Le apetecía perderse en el mercado que cada miércoles exponía sus mejores productos agrícolas en el corazón de Chelsea.

Los puestos rebosaban de un colorido deslumbrante, donde las calabazas ornamentales y las manzanas de sidra crujientes se mezclaban con el aroma a tierra húmeda, hinojo silvestre y flores recién cortadas.

Isabella caminaba despacio, sosteniendo un bolso shopper de rafia donde iba colocando las piezas que le resultaban más apetecibles. Aunque la compra diaria siempre corría a cargo de Madeleine, de vez en cuando a ella le fascinaba perderse por aquellos mercadillos tan pintorescos y reconfortantes.