El secreto de Isabella 25 #3
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—Sí, gracias... Soy la madre de una de las alumnas de música de Jacob Loredan. Venía a hablar con él sobre el comienzo del curso en septiembre, pero veo que no está.

—Ah, ya veo que no te ha avisado —comentó la anciana, asintiendo con la cabeza—. Me dio la impresión de que se marchó un poco deprisa. Se ve que ha dejado algunas tareas sin acabar. Se ha ido a Italia.

—¿A Italia? —preguntó Isabella, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

—Sí, señora... ¿cuál era su nombre?

—Crawford. Isabella Crawford.

—Pues sí, se ha ido a Italia, señora Crawford. No sé cuándo piensa regresar.

Isabella se quedó sin aliento, incapaz de dar crédito a lo que acababa de escuchar.

¿Se había ido a Italia? ¿A qué? ¿Solo o acompañado?

¿Por qué la dejaba atrás de esa manera? ¿Hasta cuándo duraría ese castigo?

¿Ya se había olvidado de ella? Todas aquellas preguntas se atropellaban entre sí sin obtener respuesta.

¡No! Es imposible que me haya olvidado, imposible...

Esto no tiene sentido —divagaba nerviosa.

Jacob había huido de ella. Había cruzado el océano para poner un continente de por medio. Isabella se dio la vuelta y volvió de regreso a su casa, temblando, sin saber muy bien si lo que la estaba devorando por dentro era la rabia, el dolor o la más absoluta de las penas.

Ahora ya no había nada que hacer.

Jacob había decidido no solo no dar señales de vida, sino desaparecer del mapa por completo.

Desesperada, Isabella llamó a Claire para desahogarse y pedirle consejo. Su amiga, que sabía desde hacía mucho tiempo que algo así terminaría pasando, se limitó a escucharla; en ese momento, el silencio cómplice era lo único que podía ofrecerle.

—Aunque quisieras ir detrás de él, no tienes información de dónde está exactamente —le advirtió Claire con suavidad—. No vas a recorrerte toda Italia en su busca.

—Está en Venecia Claire, estoy segura —sollozó ella, aferrándose a la única certeza que le quedaba—.

Es la ciudad natal de su padre y siempre me decía cuánto la amaba y que le encantaría visitarla conmigo.

Está ahí, estoy segura. ¡Pero no! No voy a recorrerme Venecia a ciegas para encontrarlo.

Si ha querido marcharse, es porque ha tomado una decisión firme.

Y esa decisión no es otra que alejarse de mí lo máximo posible.

—Bueno, cariño... En el fondo, él tampoco podía hacer otra cosa —le recordó Claire con una honestidad dolorosa—. Era eso o quedarse en su apartamento esperándote a que fueras a verlo en tus ratos libres. Lo entiendes, ¿verdad?

—Sí... Si lo peor de todo es que lo entiendo, Claire. Lo entiendo perfectamente.

Rompió a llorar.

Isabella lloraba sin parar, sintiendo con demasiado dolor en el pecho, que su hermosa historia de amor con Jacob —esa que sentía tan viva y palpitante como el primer día— había tocado a su fin.

El mes de septiembre llegó puntual, y con él, el regreso de Matthew a Nueva York. Isabella se esforzó por recomponerse para recibirlo, escondiendo detrás de sus máscaras ya ensayadas la apariencia fantasmal que la había acompañado hasta la fecha.

El nuevo curso de Jo comenzaba lleno de ilusión: equipación nueva y un sinfín de actividades emocionantes que llenarían sus tardes, compaginándose con los estudios y sus amistades.

Sobre todo la de Mandy, de la que ya era inseparable.

La niña estaba feliz de que sus dos padres la acompañaran en ese día tan especial.

Era algo bastante inusual en la élite en la que se movían, donde siempre faltaba un progenitor por motivos de negocios o porque estaban divorciados, asistiendo solo al que le tocaba la custodia esa semana.

Conrad los acompañó a los tres hasta el colegio. Allí se despidieron de una Jo extremadamente feliz que abrazaba a sus padres, agradecida de tenerlos a su lado. Después, de la mano de Mandy, la pequeña se perdió entre la multitud de niñas que iniciaban las clases ese mismo día.

Matthew aprovecharía la mañana para ir a The Sterling Hotel, para visitar al director y a los miembros de la que consideraba su segunda familia, contarles qué tal iban las obras de Jo’s Hotel en Londres y ponerse al día en persona con sus activos en Nueva York.

Isabella, por su parte, se dirigiría a la galería para comenzar su jornada laboral. En cuanto cruzó la puerta, su rostro abandonó la máscara de normalidad y mostró cómo se sentía verdaderamente, derrumbándose ante Claire como había estado haciendo todos los días anteriores.

—Sigues sin saber nada de él, ¿verdad?

—Nada, Claire. Ni un solo mensaje.

—¿Y Matthew?

—Matthew como siempre. Hemos acompañado a Jo al colegio y se ha ido al hotel a ponerse al día.

—Bueno —dijo Claire, intentando animarla—. Este viernes hacemos cena. Sophie ha vuelto de los Hamptons para que los peques empiecen también el colegio, así que salimos y desconectas.

Isabella asintió pesarosa.

Durante toda la semana se aferró a sus rutinas de siempre: desayuno en familia, llegada al trabajo, comer con Claire, gimnasio por la tarde y vuelta a casa para descansar.

—¿Cuánto tiempo te quedarás, Matthew? —le preguntó Isabella durante una de las cenas, dándose cuenta de que ni siquiera se lo había cuestionado aún.

—Pues me quedo todo el mes de septiembre y las dos primeras semanas de octubre, si todo va bien —anunció él ilusionado, esperando una reacción entusiasta.

La primera en celebrar la noticia fue Jo, que estaba encantada de tener a su papá en casa de nuevo, aunque supiera que tarde o temprano volvería a marcharse.

Isabella logró vocalizar un tibio:

—Qué bien, cariño. Es genial.

—¡Por cierto! He estado llamando a Jacob Loredan para que este año siga dándole clases a la pequeña, pero no coge mis llamadas. Nadie sabe nada de él; solo que está en Italia, pero apenas hay información al respecto. ¿Tú sabes algo?

—No. No tengo ni idea de nada, la verdad… —dijo intentando mostrar normalidad en el rostro cuando la realidad fue que lo sintió desencajado.

—Vaya… qué raro —dijo Matthew, mientras siguió cenando tranquilamente—. Ahora tendré que hacer algunas llamadas para buscar a otro profesor. Me gustaba Jacob.

A mí también, pensó mientras se levantaba hacia la nevera para coger cualquier cosa. No podía seguir mirándoles a los ojos porque empezaban a empañársele de lágrimas.

El viernes llegó y fueron a cenar a The Stone House, un exclusivo restaurante en Manhattan famoso por su concepto de cocina interactiva sobre roca volcánica.

En este sofisticado local, los cortes de carne de la más alta calidad se sirven crudos en la mesa para que cada comensal los dore a su gusto sobre bloques de piedra calientes a más de cuatrocientos grados.

Para la ocasión, Isabella optó por un espectacular vestido rojo de lunares blancos con un corte asimétrico que dejaba expuestas sus piernas por la parte delantera mientras que la caída de la tela rozaba el suelo por detrás.

Todavía hacía muchísimo calor.

Se calzó unas sandalias abiertas de Manolo Blahnik en el mismo tono blanco de los lunares y remató el sofisticado outfit con un bolso a juego de Hermès.

Isabella llegó la primera al restaurante.

Tomó asiento en la mesa que Claire había reservado para ellas y pidió una copa de champán mientras esperaba.

La primera en aparecer fue Sophie. Isabella se levantó corriendo para abrazarla; hacía mucho tiempo que no se veían en persona entre su viaje a Londres y el nuevo estilo de vida de su amiga en los Hamptons.

Era cierto que, gracias al chat y a los constantes mensajes, audios, fotos y vídeos, daba la sensación de que nunca se habían alejado, pero el contacto físico era otra cosa.

—Estás preciosa, mi amor —le dijo Isabella dándole un fortísimo abrazo.

Lucía un pantalón palazzo en color teja, un top fruncido crema y unas sandalias de cuña que le sentaban estupendamente.

—Te veo más hippie, Sophie. Estás guapísima y muy morena —añadió.

—Sí —contestó ella sonriendo—. He adoptado el estilo hippie-chic desenfadado de los Hamptons, ¿qué te parece?

Isabella sonrió y la abrazó de nuevo.

—Pues me parece estupendo. Tendré que ir a pasar una temporada allí para que se me pegue algo de esta nueva Sophie, me encanta.

—Tú también estás preciosa, Isabella. Todo pasará, cariño mío, créeme.

—Supongo que sí…

En ese momento hizo su aparición Claire, tan exuberante como siempre. Vestía unas bermudas por encima de la rodilla en tono crema y una blusa satinada de flores que evidenciaba sus hermosas curvas, rematadas con unos salones de Louis Vuitton negros que realzaban todo el conjunto.

Ya estaban las tres juntas de nuevo, como cientos de veces en el pasado y sin lugar a dudas, cientos de veces en el futuro.

Hablaron de todo, como solían hacer, mientras disfrutaban de sus copas de champán.

Los temas volaban entre Claire y Mark y su inminente viaje a Japón, lo maravillosa que era la vida en los Hamptons y lo bien que le estaba sentando a Sophie la casa nueva, hasta llegar inevitablemente a la partida de Jacob y su enfado tras el viaje a Londres.

Pusieron todas las cartas sobre la mesa y durante unas horas, arreglaron el mundo entero.

—Y ahora, ¿qué vas a hacer, Isabella? —preguntó Sophie, suavizando el tono.

—Pues no lo sé, chicas —dijo ella.

Dejó escapar un hondo suspiro y les cogió las manos por encima de la mesa, buscando un anclaje.

—Supongo que solo queda seguir adelante.

No veo qué más puedo hacer. Él ha decidido irse de la ciudad.

El día que le dije que me iba a Londres fue terrible, de verdad.

No visteis la decepción en sus ojos como la vi yo.

—Isabella tragó saliva, se detuvo un instante y remató con la voz temblorosa—.

No actué de manera correcta. Su reacción es lógica.

—Como siempre te digo, no te martirices, Isa —intervino Claire—. No fuiste capaz de tomar una decisión en firme en ese momento y no pasa nada. No todo el mundo es capaz, Isabella.

Claire guardó silencio un instante, dejando la copa de champán sobre la mesa. Cambió de postura y se inclinó hacia delante, suavizando la mirada antes de reanudar el hilo de sus pensamientos con una voz mucho más cálida: