25 #2
Entendía que estuviera cansada e incluso que la relación se hubiera enfriado —era consciente de que llevaba mucho tiempo fuera de casa—.
De hecho, ya la había notado distante antes del viaje a Londres, pero no le había dado importancia; no consideró que fuera algo preocupante o que tuviera que tomar cartas en el asunto.
Hasta ahora.
Mientras tanto, el cuerpo de Isabella era incapaz de responder al de su marido; habría sido imposible.
Estaba completamente agarrotada. Había pensado en cómo le rechazaría si llegaba el momento, una situación que de por sí le generaba un nerviosismo atroz.
Pero cuando el instante llegó, le salió sin más, por puro instinto.
Lo único que quería, con todas sus fuerzas, era que no la tocara.
Pensó que era una situación triste, vergonzosa; quizá bochornosa o lamentable. Cualquier otra mujer, más atrevida, habría hablado con su marido, le habría plantado cara a la realidad y habría arriesgado todo para estar con el hombre al que de verdad amaba en ese momento.
Pero no lo hizo.
Ella se acomodó en las almohadas; él se puso detrás y la abrazó con mimo. Ella no lo apartó, aunque cerró los ojos y pensó en otra persona. Cuando él se quedó dormido a los pocos segundos, a Isabella le brotaron las lágrimas de los ojos de una manera incontrolable.
Al día siguiente, Matthew volcó su mundo en ella, sintiéndose un poco mal por el rechazo de la noche anterior.
Abandonó sus responsabilidades, ni siquiera se acercó a la obra del hotel; no se separó de su esposa ni un instante, demostrando con creces su determinación por recuperar a la Isabella de siempre: la que se sentía a gusto en su regazo, la que lo buscaba, la que lo amaba.
Pasaron un día que parecía desafiar el paso del tiempo, suspendido en una burbuja de nostalgia.
A la hora de la merienda, Matthew sorprendió a sus chicas.
Le indicó a Conrad que las llevara de vuelta al Claridge's bajo el pretexto de que tenía que recoger unas cosas.
Una vez allí, mientras ellas esperaban cómodamente en el vehículo, vieron bajar a Matthew con una cesta de picnic bajo el brazo.
Resultaba entrañable verlo salir del elegante hotel con ese aire desenfadado y familiar.
Se montó en el coche y ordenó a Conrad dirigirse a Primrose Hill.
Allí, en la cima de la colina, les montó a las dos mujeres de su vida un picnic exquisito, con todos los manjares que pudieran desear.
Por supuesto, no faltó una botella de champán bien frío para él y su esposa.
Conocía perfectamente lo mucho que a Isabella le gustaban esas sorpresas románticas y los picnics al aire libre.
Estaba poniendo todo su corazón en cada detalle.
Ella intentaba corresponderle con todas sus fuerzas, se sentía en la obligación de intentar recuperar lo que tenían como familia, de no rendirse.
Intentaba volver a sentirse atraída por él como lo hizo en su momento, pero a pesar de sus intentos, siempre volvía al estudio de Jacob, donde había dejado una parte de su alma para siempre.
Los días en Londres seguían pasando, y Matthew e Isabella continuaban acercándose poco a poco.
Él estaba poniendo mucho de su parte; se había dado cuenta de que el distanciamiento de su esposa no era una simple consecuencia de la rutina, sino de su propio alejamiento y de su inmersión constante en el trabajo.
Así que intentaba recuperar el tiempo perdido a toda costa.
Jacob no daba señales de vida. Cuando Isabella hablaba con sus amigas, sumida en una pena brutal, les decía que no sabía absolutamente nada de él.
Las chicas le respondían que era normal.
Que se estaba alejando de ella para dejarla elegir el camino que quería tomar.
Y que él habría decidido no vivir en las sombras para siempre.
Isabella lloraba desconsolada cada vez que pensaba en perderlo, en la posibilidad de que él eligiera dejarla ir. Pero ¿qué se pensaba que iba a hacer? ¿Estar así toda la vida? ¿Vivir como eterno amante de la mujer a la que amaba más que a nada en este mundo? Eso era ridículo.
Jacob adelgazaba de forma visible. Las mancuernas y las poleas permanecían abandonadas en un rincón; simplemente no tenía fuerzas.
Ni siquiera salía a correr. Sabía perfectamente que, si contestaba a una sola de las llamadas o de los mensajes de Isabella, caería rendido a sus pies.
Ella volvería a sus brazos, sí, pero no dejaría a Matthew.
Nunca sería suya por completo. Era por eso que no respondía, aunque ardiera en deseos de hacerlo.
Tenía claro que la amaba más que a su vida, pero se negaba a aceptar una posición que no fuera otra que la de amante.
Con Matthew fuera del mapa, todavía era posible imaginar una vida juntos, jugando a que el marido no existía; pero en cuanto él regresara de sus viajes, la fantasía se desvanecería.
Jacob no estaba pasando un buen momento y pensó, con la urgencia del que se ahoga, que marcharse de la ciudad un tiempo quizás le ayudaría a respirar. Todo en Nueva York le recordaba a ella.
Italia siempre era una buena opción; parte de su sangre provenía de allí.
Los plazos de entrega de sus proyectos y lo avanzado que siempre solía llevar todo su trabajo le permitían el lujo de tomarse un respiro.
Entró en la página de la compañía aérea y compró, sin pensárselo dos veces, un billete de ida a Venecia.
Partiría a los dos días.
Allí podría pensar con claridad y saber qué era lo que realmente quería y necesitaba.
A ella le partía el alma no saber nada de él, enfrentarse a un vacío absoluto que, sin embargo, lograba entender; sabía que era íntegramente culpa suya y de su falta de decisión.
A él le partía el alma que ella diera señales de vida a través de una pantalla, pero no regresara físicamente a su lado para demostrar todo ese amor que anunciaba en sus textos.
Se instaló entre ambos un limbo temporal y sentimental. El universo pareció decidir que la distancia era irremediable.
El tiempo pasaba como fluye el cauce de un río invisible.
Durante toda la estancia en Londres, Matthew no intentó acostarse con Isabella.
Le dio tiempo para que fuera ella quien lo buscara, respetando su espacio y negándose a forzar algo que, como era obvio, no fluía solo.
No pasa nada, algún día todo volverá a la normalidad, se consolaba él a sí mismo.
Isabella agradeció infinitamente que la relación se basara temporalmente en un tibio cariño familiar y nada más.
El día de partir de nuevo hacia la Gran Manzana había llegado.
Las chicas cogieron el avión y regresaron a Nueva York.
La pequeña quería disfrutar de lo que le quedaba de verano, que ya era poco, antes de comenzar las clases en septiembre, fecha para la cual Matthew volvería de Londres para pasar unos días en casa con ellas y acompañar a Jo en los primeros días de la vuela al cole.
Lejos del bullicio turístico, en los callejones silenciosos del barrio de Cannaregio, Jacob había alquilado una pequeña casa con vistas a uno de los canales secundarios.
La vivienda pertenecía a una anciana veneciana de porte aristocrático que vestía con una elegancia de otra época y arrastraba una mirada profundamente triste.
Él no preguntó el motivo; no quería entablar conversación con nadie, más allá de lo estrictamente necesario para sobrevivir, pero sabía que un mal de amores o alguna pérdida serían los causantes de esa tristeza.
La casa albergaba un piano vertical, medio destartalado y con las teclas gastadas por el tiempo, que se convirtió en su único refugio.
Jacob pasaba las horas tocando melodías melancólicas que flotaban sobre el agua del canal.
Cuando el encierro se volvía insoportable, salía a perderse por los puentes de piedra, navegando en su barca como un veneciano más, buscando la soledad.
Intentaba ahogar la ausencia de Isabella adoptando los rituales de la ciudad.
A media tarde, se sentaba en una pequeña terraza escondida a tomar un Aperol Spritz acompañado de unos cicchetti tradicionales, contemplando cómo la luz dorada moría sobre las fachadas decadentes.
Por las mañanas, le gustaba visitar la lonja de Rialto para ver el pescado fresco recién traído por los pescadores; después, se acercaba a la pequeña trattoria en la esquina de la plaza para que se lo cocinaran a la plancha, regado con un vino blanco de la región.
Otras veces, simplemente se conformaba con un plato de spaghetti frutti di mare que apenas saboreaba.
Comiera lo que comiera, todo sabía a ella.
Soñaba despierto con Isabella; soñaba con llevarla de la mano por esos callejones empedrados, con besarla bajo la sombra de los arcos góticos y hacerle el amor a todas horas con el rumor del agua golpeando los muros de la casa.
Pero Isabella estaba con su marido en Londres o en Nueva York, ya le daba igual. Había imaginado tantas veces escenas románticas entre ambos que su cerebro había aprendido a bloquearlas para dejar de sufrir.
Una vez en Nueva York, en cuanto Isabella ubicó a la pequeña Jo en sus quehaceres, corrió desesperada hacia el estudio de Jacob, pensando que esta vez le abriría la puerta, que todo volvería a ser como antes, que se perdonarían y se amarían como nunca.
Esperó en la calle a que algún vecino entrara y así poder subir hasta la puerta de casa. Cuando estuvo en frente de ella, la golpeó.
Llamó una, dos, tres veces.
Nadie abría.
El corazón le dio un vuelco doloroso. En Londres había conseguido mantener el tipo, recuperando cierto tiempo de calidad en familia para que su hija fuera feliz, pero la realidad era inmutable: amaba a Jacob.
Lo amaba con locura. Necesitaba verlo, abrazarlo, suplicarle que la escuchara, que volviera con ella.
¿Cómo podía ser que él ya no quisiera saber nada de ella?
Se fustigó en silencio, convenciéndose de que lo había fastidiado todo por egoísta y cobarde.
Ya en la calle, se negaba a abandonar la entrada del edificio, observando la fachada sin poder irse, deseando que se asomara a una ventana, pero eso no pasaba.
Una vecina de avanzada edad la observó con curiosidad. Al notar su desesperación, se acercó a ella.
—¿Puedo ayudarte en algo, querida? Parece que buscas a alguien, y conozco a todos los que viven en este bloque.
Pensó rápido qué decir.