El secreto de Isabella 25
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Tampoco pasó al día siguiente, ni al otro.

Cuando Jacob regresó a casa tras haber caminado hasta el límite de sus fuerzas, leyó el mensaje. El paseo no había servido de nada. Estaba tan enfadado con ella, consigo mismo, con Matthew y con la humanidad entera si hacía falta, que el contenido del texto le pareció insuficiente.

Ya no le valía aquello.

Habían pasado meses viviendo como si no existiera nadie más en este mundo, disfrutando de momentos mágicos y en su caso, descubriendo el amor por primera vez. La amaba demasiado para conformarse con tan poco, y ese mensaje solo evidenciaba la cruda realidad: ella no iba a separarse.

La quería para él por completo; si no podía ser así, no sería de ninguna otra forma.

No iba a pasarse la vida en las sombras mientras otro hacía el papel de marido.

Así que decidió mantenerse al margen: en parte como castigo, para que ella sintiera la ausencia y rabiara de dolor como él; en parte como estrategia desesperada para forzar una decisión, para que ella regresara anunciando el fin de su matrimonio y entregándose a él para siempre.

La rabia lo inundaba, el dolor lo abrasaba y los celos lo consumían.

Tampoco la llamó, ni respondió a los demás mensajes o llamadas que una Isabella desesperada intentaba hacerle llegar.

El vuelo a Londres salió temprano. Isabella y Jo estaban listas para embarcar; la niña vibraba de emoción, deseando llegar a la ciudad y abrazar a su padre, quien le había prometido aventuras emocionantes.

Isabella, en cambio, llevaba el alma rota.

No sabía nada de Jacob desde el día en que le anunció el viaje.

Él no había respondido ni al mensaje que ella le envió esa misma noche, ni a ninguno de los posteriores.

También ignoraba sus llamadas. Desesperada, se había presentado en su estudio al día siguiente, y al otro también, pero no obtuvo ningún éxito. Solo encontró la nada.

Isabella estaba desolada, buscando consejo constante en sus amigas.

—Déjale su espacio —le decían—. Es normal que se aleje. Tienes que ponerte en su lugar. ¿Tú qué harías si la situación fuera al revés? —preguntaba Sophie.

—Lo mismo, supongo —respondía ella, sin poder evitar ese nudo que le ahogaba el pecho.

Cuando aterrizaron en el aeropuerto de Heathrow, era completamente de noche. Las largas horas de vuelo, sumadas al desfase horario de Londres, hicieron que llegaran para la hora de cenar, muertas de cansancio tras pasar todo el día confinadas en el avión.

Matthew las esperaba en la zona de llegadas, más sonriente que nunca. Se había cortado el pelo y esas canas incipientes en las sienes le otorgaban un aire distinguido y maduro que le sentaba de maravilla.

Jo corrió a abrazar a su padre.

Isabella, al verlo, sintió una mezcla contradictoria de alegría y culpa. Se esforzó por ocultar el dolor que la embriagaba tras una máscara impenetrable.

Matthew la abrazó con fuerza. Ella no podía hacer otra cosa que pensar en Jacob, pero la confianza forjada durante años de vida juntos le permitió superar esos primeros minutos al lado a su marido, manteniendo la compostura mientras su corazón gritaba por otro hombre.

Salieron al exterior, donde Conrad los esperaba junto a un vehículo negro con la puerta abierta.

—¡Conrad! —gritó la pequeña corriendo hacia él—. Te echaba de menos —dijo la niña.

—Yo a usted también, señorita —respondió él, acariciándole suavemente la cabeza—. Está muy alta.

Josephine sonreía orgullosa.

—Conrad, qué alegría verte. Es cierto que nos hemos acordado mucho de ti —dijo Isabella, estrechándole la mano.

—Señora Crawford, está usted preciosa. Yo también las he extrañado.

Isabella lucía un traje oversized de chaqueta y pantalón en color rosa chicle, combinado con sandalias de tacón cuadrado.

—Sí que estás preciosa, mi amor —repitió Matthew, colmándolas de atenciones desde el primer minuto.

Era tarde, así que pusieron rumbo al Claridge's, el hotel donde Matthew ya se hospedaba desde su llegada a la ciudad.

Les asignaron la Suite Real, una residencia palaciega de estilo Art Deco con techos altísimos, enormes arañas de cristal, muebles lacados en negro y detalles en pan de oro que brillaban bajo la luz tenue.

Ella solo pensaba en estar ahí con su Jacob, recordando los maravillosos días de felicidad plena en el Aman.

Pidieron al servicio de habitaciones que subieran algo para cenar, y los tres se pusieron al día mientras disfrutaban de su primera comida juntos en mucho tiempo.

Cuando terminaron de cenar, Jo estaba prácticamente dormida en los brazos de su padre.

Matthew la llevó con delicadeza a la habitación contigua, donde la pequeña dormiría durante toda la estancia.

Después, regresó a la suite principal y se recostó en la cama junto a su mujer, que ya descansaba tras el largo viaje.

—Qué alegría teneros aquí conmigo, mi amor —le susurró él al oído.

El sueño la vencía; estaba agotada. En ese momento, no quería seguir pensando en nada, ni siquiera en Jacob. Solo deseaba dormir y reponer fuerzas.

Al día siguiente, la jornada comenzó con un almuerzo en Sketch, concretamente en The Gallery, ese restaurante exclusivo y vanguardista donde el arte y la alta gastronomía se fusionan en una experiencia surrealista bajo paredes rosas y techos abovedados.

Por la tarde, pasearon por Hyde Park, disfrutando del sol que se filtraba entre las hojas de los enormes plátanos mientras Jo corría feliz cerca del Serpentine.

Después, se dirigieron al Museo de Historia Natural, donde la pequeña quedó fascinada ante el esqueleto colosal de la ballena azul suspendido en el vestíbulo principal y las salas interactivas dedicadas a los dinosaurios.

La postal era divina: la familia reunida, Matthew atento y cariñoso, abrazando constantemente a sus chicas, embriagado de tenerlas por fin con él y comprándole a Jo todo lo que se le antojaba.

—Déjame consentirla, Isabella; llevo mucho tiempo sin verla —le decía a su esposa cada vez que ella le reprendía por tantos caprichos.

Cenaron tarde y regresaron al hotel extasiados.

Para Isabella estaba siendo relativamente fácil sobrellevar la pena y fingir normalidad gracias a su hija.

Ver a la pequeña tan feliz era la única razón por la que no daba el paso definitivo; Jo era su único motivo.

No se trataba de cobardía ni de egoísmo, sino de un instinto protector mucho más fuerte que sus propios deseos: quería que su hija siguiera teniendo una familia de verdad, un hogar real y no uno roto en mil pedazos.

Si para lograr que la infancia de Jo fuera perfecta ella tenía que renunciar a su propia felicidad, lo haría sin dudarlo.

Esos pensamientos la invadían cuando la veía sonreír en brazos de su padre, con su mamá al lado, supuestamente todos felices.

Los días siguientes siguieron esa misma dinámica.

Cuando Isabella visitó la obra, se quedó sin aliento.

Matthew había volcado su alma en el hotel: estaba convirtiéndose en una mezcla perfecta de pasado y presente.

Aunque el edificio seguía en plenas reformas, las recreaciones por inteligencia artificial les permitían visualizar el proyecto terminado con un realismo asombroso.

Los futuros uniformes del personal lucían impecables en blanco y verde botella; la decoración combinaba tonos beige y granate profundo, con terciopelos, maderas oscuras y toques vintage que respiraban historia y elegancia.

Iba a ser un lugar vivo, hermoso. Matthew estaba embriagado de orgullo.

Ahora su trabajo consistía en convertir esos proyectos digitales en realidad.

Ya lo había conseguido una vez con su primer hotel, en una época en la que no contaba con la ayuda de tantas herramientas como las que existían en la actualidad, así que nadie dudaba de que volvería a lograrlo.

En los ratos libres, entre atender a Jo, visitar museos, montar en la noria o charlar con el nuevo equipo de Matthew, Isabella le escribía a Jacob.

Sin respuesta.

Lo llamaba.

Nada. El silencio al otro lado de la línea era absoluto.

Sabía que estaba enfadado, que mientras estuviera en Londres con su esposo, él guardaría silencio. Y ella lo entendía.

Jacob leía los mensajes una y otra vez, deseando contestar pero incapaz de hacerlo.

La imagen de ellos juntos, felices, lo torturaba.

No dormía, imaginando escenas de intimidad entre Isabella y Matthew.

Cuando el agotamiento lo vencía, soñaba con ellos.

Iba a los cajones donde ella guardaba sus cosas, las tocaba, las olía.

Se sentaba al piano sumido en una tristeza profunda.

Lloraba. No entendía cómo ella podía decir esas cosas, sentir esas cosas, pero seguir allí con él.

Eso le hacía rabiar como un poseso. Sabía que si le contestaba se ablandaría; ella podía conseguir cualquier cambio en él, pero la realidad es que eso no la obligaría a abandonar a su marido y comenzar una vida a su lado, que era lo que él ansiaba.

Paseaba mirando el teléfono. Su único consuelo: ver que ella llamaba, que escribía «te amo». Pero seguía siendo insuficiente. Su princesa no estaba con él, sino en Londres con su marido. Esa era la realidad.

Ella llegó a pensar que quizás nunca volvería a verlo, que ese silencio sería el final.

Hubo un momento, mirando a Matthew dirigir a su equipo con destreza, firmando papeles, buscando la perfección, en que pensó que quizás sería mejor así.

Que el fuego por Jacob se apagaría y podría volver a una vida aburrida pero normal.

Sin dolor, sin remordimientos, sin explicarle a Jo por qué vivía en dos casas.

Nadie tendría que saber nada. Sería como si no hubiera pasado.

Deseó, por un instante, que Jacob desapareciera de verdad y todo volviera a ser como antes.

Pero esa noche, cuando Matthew regresó a la suite tras la reunión que había tenido por la tarde, Isabella se vio golpeada de lleno por la realidad.

Él llegó cansado, pero llevaba mucho tiempo lejos de su esposa —solo, anhelando acostarse con ella, esperando ansioso tenerla entre sus brazos—. El deseo era más fuerte que el cansancio, así que se desnudó, se metió en la cama y la buscó.

—Estoy cansada, Matthew; ha sido un día muy largo —cortó ella sin pensárselo dos veces en cuanto sintió su cuerpo detrás.

Él se separó despacio, extrañado por la reacción de su mujer.