El secreto de Isabella 24 #3
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24 #3

En cuanto la puerta se cerró, él descargó un puñetazo tan brutal contra la encimera que los nudillos le estallaron y comenzaron a sangrar; sintió un dolor agudo, pero apenas lo registró.

Y entonces, dejó que las lágrimas brotaran de sus ojos sin restricciones, derrumbándose sobre sí mismo, de una manera brutal, por primera vez en su vida.

Isabella entró en el ascensor y lloró también, de manera desconsolada.

Se sintió desdichada, absurda por no poder tomar una decisión, por estar dejando ir a un hombre al que amaba tanto y que le había devuelto la vida, sin el cual ya no se imaginaba existir.

Le dolía el pecho, el estómago, los ojos.

Las lágrimas fluían ávidas por sus mejillas.

Pero tampoco era capaz de llamar a Matthew y decirle se acabó, amo a otro.

No era capaz de nada. Se sentía inútil, desesperada, ridícula, y se odiaba a sí misma.

—¡Soy una imbécil! —gritó en el ascensor, sabiéndose sola en ese enorme habitáculo de cristal y metal—. ¡Una imbécil! —repitió a voces, golpeando el espejo con sus delicadas manos mientras las lágrimas caían al suelo.

Gritó una y otra vez, liberando su frustración, mientras Jacob, en su piso, sabía que Isabella se le escapaba de las manos. Sabía, con una certeza desgarradora, que probablemente ella jamás se decidiría por él.

Comprendía que Isabella era incapaz de tomar una decisión drástica.

El único camino que parecía quedarle era esa nefasta encrucijada: renunciar al amor de su vida o resignarse a vivir en las sombras, aceptando migajas de tiempo y desesperado pensando en que otro hombre ocupaba su lugar.

Tendría que conformarse con tenerla solo en los huecos que dejaba su marido, o en los breves instantes en que sus responsabilidades como madre no la reclamaban.

Era una existencia a medias, un amor condicionado por la agenda de otros, y la pregunta que ahora lo atormentaba no era si ella cambiaría, sino si él sería capaz de soportar esa realidad indefinidamente.

¿Estaba dispuesto a soportarlo? Esa era la pregunta que tenía que responderse, y el silencio del apartamento no le daba ninguna respuesta consoladora.

Por más vueltas que le diera, no lograba encontrarle sentido.

Conocía la magnitud de lo que vivían porque lo sentía en cada poro de su piel —esa conexión extrasensorial que los fundía, ese amor sin límites—.

¿Cómo era posible que un corazón capaz de arder con tal intensidad por él, de entregarse con una ferocidad salvaje, pudiera al mismo tiempo tolerar la existencia de otro hombre y permanecer a su lado?

La contradicción era tan violenta que le hacía dudar de la propia realidad: sentir un amor de tal magnitud y conformarse con las migajas de una vida a medias no solo resultaba ilógico, sino que suponía una mutilación del alma que él ni conseguía, ni quería comprender.

En parte, se sentía traicionado por ella, aunque sabía racionalmente que ese pensamiento carecía de lógica; Isabella nunca había ocultado su situación ni sus intenciones. Desde el principio, él tuvo siempre presente que estaba casada y que no tenía planes de separarse.

El dolor se apoderó de su pecho una y otra vez, dándole vueltas a lo mismo constantemente, hasta revolverle el estómago. Finalmente, se metió debajo del chorro de agua fría de la ducha y se quedó pensativo, divagando durante lo que pareció una eternidad.

Isabella, una vez en casa, y después de besar las mejillas de su pequeña, que dormía plácidamente en la cama tras una jornada de diversión, se fue a su habitación y se sentó en la inmensa cama con el teléfono móvil en la mano. Tenía los ojos hinchados de llorar.

Marcó su número. No obtuvo respuesta. Sus dedos temblorosos teclearon rápido:

Lo siento. Lo siento mucho, Jacob, perdóname.

Sé que te estoy haciendo daño. Sé que no estoy actuando bien, lo sé.

No es solo egoísmo, es miedo. Miedo atroz a romper con algo, con alguien, con una vida que es mi zona de confort.

No quiero alejar a Jo de su padre, no quiero que viva en casas separadas, no quiero que Matthew y yo nos llevemos mal, que nos peleemos por custodias, que la niña no viva en familia. Pero te amo. Te amo mucho. Y lo siento.

Sin leerlo de nuevo, sin corregir nada, sin maquinar estrategias en ese momento de pura vulnerabilidad, le dio a enviar.

Jacob había dejado el teléfono sobre la isla de la cocina antes de salir a perderse por la ciudad, así que no leyó el mensaje de Isabella.

Las luces neón de Times Square, la multitud y el bullicio ensordecedor lograron despejar su mente durante unos instantes.

No tenía pensado volver a casa hasta que la extenuación se apoderara de él y cayera rendido en la cama.

Mañana sería otro día; vería las cosas de diferente manera y probablemente la llamaría y correría a abrazarla.

Pero en ese momento, no.

En esos momentos estaba muy enfadado, quería estar solo, pensar, intentar recolocar las ideas y ver las cosas con más claridad.

Intentar que las dudas y el dolor desaparecieran.

Ella esperó.

Esperó sentada en la cama, una hora, dos, a que el mensaje fuera leído y contestado.

Pero eso no pasó.

Rota por el cansancio y el dolor de cabeza que el llanto incesante le había provocado, finalmente se durmió, con el teléfono aún en la mano, esperando una respuesta que esa noche no llegaría.