24 #2
Las imágenes empezaron a agolparse en el cerebro de Jacob: Matthew e Isabella juntos, días interminables, noches compartidas.
Para él era su chica. La mujer a la que amaba.
La tranquilidad forzada dio paso a un nerviosismo incontrolable.
De repente, la idea de que Matthew querría intimar con su esposa se incrustó en su mente como un puñal, imposibilitando cualquier pensamiento racional.
Se separó de ella, se llevó la mano a la boca; su rostro no podía fingir su dolor y su preocupación.
—Te escribiré todos los días, Jacob. Pensaré en ti constantemente. Lo sabes, ¿verdad?
Un silencio pesado llenó toda la estancia. Eso ya no valía. No era suficiente.
—Va a querer acostarse contigo, Isabella.
Y ahora mismo no soy capaz de procesar esa realidad.
Pensé que podría, pero no —se pasó la mano por la barba de tres días, intentando ordenar sus pensamientos, calmarse—.
No puedo ni pensar en esa opción... No quiero que otro te ponga la mano encima, no soporto la idea.
—Te amo. No sería capaz de estar con él ahora mismo —lo interrumpió ella.
—Ahora mismo no. Pero pasará. Si sigues con él, pasará tarde o temprano; ¿cómo vas a evitarlo?
Pensé que podría con esto cuando llegara el momento, pero está claro que no.
No puedo pasarme todos los días de mi vida pensando qué haces con él cuando no estás conmigo. Me volvería loco, Isabella, ¿entiendes?
Hizo una pausa y se alejó unos centímetros más de ella, como si su cercanía física le quemara.
—No soporto la idea de que otro hombre te toque... No puedo. No con lo que sentimos, no con cómo nos amamos. No puedo, Isabella —repetía una y otra vez.
Ella no tenía palabras de consuelo. No existían; carecerían de sentido.
Realmente él tenía toda la razón. Ella misma sería incapaz de tolerar que otra mujer le pusiera una mano encima a su hombre.
No quería ni pensar en que él amara a otra como la amaba a ella, o que tocara y besara a otra de la misma forma en que la tocaba y la besaba a ella.
Le destrozaría el alma. ¿Entonces qué pretendía?
¿Que él fuera un sumiso que dijera a todo que sí y aguantara años esa situación mientras ella vivía dos vidas?
No tenía sentido ninguno y ella lo sabía. Y aun así, era incapaz de hacer nada.
—Lo siento —prosiguió él, con la voz rota—.
Te juro que cuando recibí tu mensaje sabía que vendrías a decirme esto, y pensé que sería capaz de controlar la situación.
Sabía que no tenía ningún derecho a enfadarme contigo, no soy tu dueño y enfadarme no iba a ayudarme en nada.
Pero ahora... ahora es que no puedo sacarme de la cabeza que vas a estar con otro hombre.
Por Dios, Isabella... ¿Qué le dirás cuando te toque? ¿Qué me amas a mí?
—No lo sé, Jacob —contestó ella, desbordada por el momento y por la tormenta de sensaciones que la asfixiaba.
—Genial —soltó él, visiblemente enfadado, con los ojos brillantes por la frustración—. Jamás te vas a separar de él —respiró profundamente antes de clavarle la mirada con dureza—. Y yo no sé qué coño estoy haciendo. Jamás serás mía. Esto me supera, lo siento.
No esperaba respuesta a esas palabras, tampoco era una pregunta. Pero le habría gustado ver una reacción diferente en ella, un atisbo de duda en sus ojos, un resquicio de posibilidad.
No fue así.
Ella agachó la cabeza, avergonzada, dubitativa, confirmando en parte sus temores. Incapaz de tomar una decisión.
Él se alejó hacia la encimera de la cocina donde apoyó los puños con fuerza, mirando al vacío. Isabella se levantó de la silla y se acercó a él por detrás, para intentar abrazarlo.
Deseaba besarlo, consolarlo, suplicarle que no se alejara, que deseaba que siguieran así eternamente, que lo soportara, que lo aceptara. Qué egoísta soy, pensó mientras extendía los brazos hacia él, pero le daba igual.
Cuando estuvo detrás e intentó rodearlo, él la rechazó.
—Ahora no, Isabella. No puedo. Déjame, por favor.
La voz rasgada salió de sus labios.
La separó de su lado con suavidad física, pero sus palabras fueron duras como el acero. —No entiendo cómo puedes amarme así y ser capaz de irte con otro hombre. Lo siento, pero no lo entiendo —sentenció él, con la dureza de un glaciar—. Para mí sería imposible, Isabella.
—Jacob, por favor… —suplicó ella intentando abrazarlo de nuevo.
—Vete, por favor. Quiero estar solo.
Ella no tenía palabras porque él estaba en lo cierto: era incomprensible.
Solo una persona que se hubiera visto sumergida en esa misma marea de culpa y deber sabría lo que se sentía.
Era obvio que él no lo sabía. En cuanto Jacob se descubrió enamorado de ella, se separó de su mujer ipso facto; no necesitó más tiempo, no experimentó miedo, ni dudas, ni vacilaciones.
Amo a esta mujer y con ella es con quien quiero estar, punto.
Esa había sido su lógica. Pero ella no podía actuar con esa misma impulsividad.
Ella tenía a Jo. Quizá él nunca entendería lo que significaba eso porque no era padre, pero ella se encontraba atrapada en esa tesitura.
Recogió su bolso Chanel de la isla y se dirigió a la puerta.
—Lo siento, Jacob. No sé cómo manejar esta situación; esa es la pura verdad.
Sé que soy una egoísta, pero ahora mismo no puedo perderos a ninguno de los dos.
No puedo, por motivos diferentes, como espero que entiendas.
Todo lo hago por mi hija. Y sé que no lo comprendes, porque tú has tomado decisiones que yo no soy capaz de tomar.
Pero es así. Quizás tú seas más fuerte que yo.
Abrió la puerta y salió corriendo, con el corazón destrozado, dejando atrás el de Jacob hecho añicos.