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Matthew, con sutileza pero con firmeza cariñosa, comenzó a exigir la presencia de su familia.
En cada videollamada, Jo mostraba una excitación contagiosa ante la idea de visitar a su papá y de subir a un avión que la llevaría a una ciudad desconocida llena de promesas y aventuras.
La niña ya estaba de vuelta en casa del campamento y hasta septiembre no tendría que empezar en el cole.
Las excusas se agotaban.
Isabella no quería ir a Londres. En realidad, ni siquiera lograba discernir si su rechazo se debía a la falta de ganas de reencontrarse con su marido o al pánico absoluto de enfrentarse al momento de comunicárselo a Jacob, que se encontraba entregado a ella en un estado de devoción absoluta.
Sin embargo, Matthew, ajeno a lo que realmente ocurría en su interior, comenzaba a presionar, preguntando insistentemente por qué no mostraba el menor interés por el viaje.
¿Qué iba a contestarle? ¿Que quería quedarse en Nueva York con su amante?
¿Que estaba enamorada de otro hombre y prefería su compañía a la de él?
¿Que la aterraba la idea de tener que decirle al hombre al que amaba que se iba a Londres con su marido? No había salida posible.
Así que no le quedó más remedio que ceder. Era eso, o confesarlo todo, y todavía no estaba preparada para ese momento. Finalmente le dijo que sí, que irían a verlo. Matthew, aliviado y sin pensarlo dos veces, compró inmediatamente dos billetes de primera clase con destino a Londres.
Cuando Isabella colgó el teléfono, una sensación de malestar se instaló en su estómago. Sabía, a ciencia cierta, que la noticia, aunque esperada en algún rincón de su mente, caería sobre Jacob como un jarro de agua helada. Y el simple hecho de infligirle dolor la destruía por dentro.
Una vez más entre la espada y la pared por su incapacidad para tomar una decisión en firme. Eso la perturbaba, le generaba una ansiedad incontrolable y una sensación de inseguridad interna que la hacía sentirse horriblemente mal. Pero el freno invisible seguía puesto.
Lo primero que hizo tras la llamada fue comunicar la noticia a sus amigas, quienes, como era de esperar, le dijeron que era lo más normal del mundo: Matthew quería ver a su familia. Pero para Isabella, enamorada como estaba de Jacob, aquello se presentaba como un problema colosal.
No quería acostarse con su marido. No se imaginaba siendo capaz de intimar en ese aspecto con él, ni con nadie. Pero tampoco podía confesar la verdad: que deseaba y amaba a otra persona. Nunca pensó que llegaría a este punto, a esta encrucijada moral tan extrema, pero ahí estaba.
Sus amigas le aconsejaron ser honesta con Jacob cuanto antes, darle la noticia del viaje y afrontarlo juntos.
Pero Isabella estaba paralizada por el miedo.
No se atrevía a decirle a Jacob, justo después de vivir días inolvidables que habían elevado su conexión a una esfera casi divina, que debía marcharse con su marido.
Conocía demasiado bien la reacción que le esperaba: él mantendría la compostura, actuando como el caballero íntegro y señorial que era siempre ante ella, pero Isabella sabía que, por dentro, quedaría hecho añicos.
Estaba absolutamente segura de que, en la intimidad de su fuero interno, aquella noticia lo destrozaría.
La ambivalencia de Isabella le impedía arriesgarse a perder a ninguno de los dos, pero era plenamente consciente de que tendría que confesarle a Jacob su viaje a Londres y que tarde o temprano tendría que tomar una decisión con respecto a su vida.
Cuanto antes se quitara de encima el peso de tener que darle la noticia, mejor. Conociéndose, sabía que no pegaría ojo si postergaba el momento de la charla un día tras otro, esperando a tener la fecha de vuelo encima y sin más remedio que hablar.
Sostuvo el teléfono entre sus manos.
Tecleó con decisión: «¿Qué te parece si hoy nos vemos, Jacob? He de contarte algo y no sé cómo te lo vas a tomar». Una bomba lanzada con suavidad, pero bomba al fin y al cabo.
Sabía que él leería el mensaje y su mente comenzaría a hilar conjeturas al instante; muy probablemente, una de esas elucubraciones sería que ella debía visitar a su marido en Londres.
En el estudio, Jacob escuchó el sonido de su móvil mientras estaba sentado al piano, componiendo la banda sonora del musical que tenía entre manos. Dejó el lápiz sobre la madera pulida del instrumento, se levantó y caminó hacia el teléfono.
La estrategia de Isabella de dejar caer esas palabras abiertas a la interpretación del receptor funcionó a la perfección.
De inmediato, él supo que algo en esa conversación no sería de su agrado, y con una certeza casi absoluta, dedujo que se trataba de Matthew.
O el marido volvía, o ella iba a verlo a Londres; no cabían muchas más posibilidades.
Ambas noticias eran devastadoras y desesperantes para un hombre calado hasta los huesos por el amor más fuerte de su vida.
Su expresión cambió al instante al leer el mensaje, una sombra cruzó su rostro, pero rápidamente activó su racionalidad.
Pensó que debía ser inteligente. Si dejaba traslucir sus verdaderos sentimientos de rabia, celos e ira, ella huiría corriendo a refugiarse en los brazos seguros de su marido.
Y él no podía permitir que eso ocurriera.
Se sentía lo suficientemente seguro de sí mismo para saber que, en esos momentos, la balanza se inclinaba a su favor.
Ella estaba enamorada de él, y eso era un hecho innegable.
A su marido lo quería, sí; Matthew era un hombre estupendo, él mismo daba fe de ello, pero el amor que ellos vivían era de una intensidad superior y contaba con esa ventaja de su parte.
No podía perderlo todo por un berrinche adolescente.
Debía mantenerse en su sitio, responder con serenidad estratégica y esperar a que ella volviera a sus brazos.
Quizás, incluso, ese viaje sirviera para que Isabella se diera cuenta de que ya no podía seguir con Matthew y tomara la decisión definitiva de separarse.
Necesitaba la mente fría y un comportamiento calculado.
Tecleó la respuesta: «De acuerdo, princesa. Esta tarde pásate cuando quieras; aquí te espero y me cuentas eso tan importante. Te quiero».
Con ese mensaje, aseguraba el primer paso: mantenerla tranquila y evitar que el pánico la empujara lejos.
Isabella, al recibir la notificación, supo de inmediato que Jacob había descifrado la confesión que ella aún no había verbalizado. Era un hombre extremadamente inteligente, con intenciones claras respecto a ella, e Isabella era plenamente consciente de ello.
Ambos jugaban su partida con las fichas que el destino les había repartido, moviendo cada pieza con la máxima destreza posible.
Ese día fue la primera vez en meses que Isabella cruzó el umbral del estudio de Jacob sin esa urgencia química, sin el deseo voraz de ser alzada en sus brazos y cubierta de besos dulces.
Estaba aterrada, sabía que aquella cita sería distinta; independientemente de las estrategias mentales que ambos hubieran preparado, la noticia era, en esencia, fulminante.
Jacob le abrió la puerta con su habitual galantería, pero el rostro de ella no reflejaba la pasión de las veces anteriores. Era una visita más cortés, tensa, cargada de un silencio pesado.
—Venga, pequeña, cambia la cara. No puede ser tan terrible —dijo él, atrayéndola hacia su cuerpo en un intento de normalidad.
Ella, vestida con un elegante vestido largo color crema, se dejó abrazar, lo quería demasiado como para no sucumbir a sus caricias.
—No te va a gustar lo que tengo que decirte, Jacob. Lo sé. Ni yo misma sé cómo sentirme al respecto —confesó ella, hundiendo la cara en su pecho.
—Ya sé lo que me vas a decir, Isabella —suspiró él, besando su nariz—. O tu marido vuelve, o tú te vas a Londres. Es obvio. Dudo que pudieras darme una noticia que me doliera más que cualquiera de esas dos opciones.
Ella se separó ligeramente, mirándolo a los ojos tristes con una ternura dolorosa.
—Lo siento. Siento hacerte esto. Ni yo misma sé qué estoy haciendo, Jacob. Esto es de locos.
Se llevó las manos a la cabeza, abrumada, intentando aguantar las ganas inmensas de llorar.
—Ey, ey, ey... Tranquila, mi vida. No pasa nada, no te preocupes —dijo él, tomando sus muñecas con firmeza y bajándolas para entrelazar sus dedos con los de ella, buscando anclarla a la realidad—. Está bien. Hablemos. Ya sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea.
—Lo sé, mi amor, lo sé.
Se acomodaron cerca de la cocina. Él le sirvió un vaso de agua fresca, sus movimientos calmados.
—Nos vamos a Londres.
Al decirlo, Isabella sintió un alivio inmediato mezclado con un nudo frío en el estómago. Como Jacob ya había barajado esa posibilidad, intentó mantener la compostura. Lo primero que brotó de él fue el deseo de tranquilizar y apoyar a la mujer que amaba.
—Es normal. Él no sabe nada de lo que pasa entre nosotros y quiere ver a su familia. Yo también querría si estuviera en su lugar. Es lógico. No tiene culpa de nada. Le sigues queriendo precisamente por cómo es, ¿no?
Hubo un silencio.
Un gesto de asentimiento por parte de Isabella.
Suspiros.
—Ya no le quiero como a ti —confesó ella con la voz quebrada.
—¿Entonces cómo le quieres? —inquirió Jacob, buscándole la mirada.
—Pues... como al padre de mi hija. Como a un compañero, un amigo; alguien al que amé mucho, pero al que ya no amo igual —suspiró—. No sé qué decirte, Jacob.
—¿Y por qué no le dejas?
Un silencio sepulcral se instaló en el estudio, denso y pesado.
—No lo sé —admitió ella al fin, con la mirada perdida—. No me atrevo. Es como si un freno invisible no me lo permitiera. Tengo miedo.
—¿Miedo a qué? —preguntó serio—. A lo mejor es que no me quieres tanto como dices —soltó él, sin pensar sus palabras, con una amargura que le quebró la voz.
—¿Qué estás diciendo? ¿En serio piensas eso? ¿Acaso no me sientes? ¿No me ves? —le recriminó ella, con los ojos empañados por la pena—. Te amo, Jacob. ¿Cómo puedes decirme eso? —dijo con los puños cerrados con fuerza sobre su propio pecho, con los ojos llenos de lágrimas a punto de estallar.
—Lo siento... No debí decir eso. Perdóname. No llores por favor —murmuró él de inmediato, acurrucándola entre sus brazos.