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Acto seguido, la besó con una suavidad tan lánguida que Isabella sintió un vuelco en el corazón. Me voy a morir de amor, pensó para sus adentros, incapaz de borrar la sonrisa de sus labios.
Sin darle tregua, Jacob volvió a arrastrarla bajo los focos de la pista, dispuestos a exprimir la noche hasta que sus cuerpos dijeran basta.
Se divirtieron como nunca.
Regresaron a la suite bien entrada la madrugada, plenos, con las pulsaciones todavía aceleradas, él con la camisa desabrochada, ella con el pelo alocado y las sandalias en la mano, sin soltarse ni para respirar.
Isabella llevaba deseándolo toda la velada; anhelaba con urgencia sentir el cuerpo desnudo de aquel magnífico bailarín sobre el suyo. Cómo me gusta este hombre..., se decía mentalmente mientras lo desvestía, de manera dulce pero impaciente, acariciando sus pectorales y su torso perfectos.
Reuniendo las últimas fuerzas que les quedaban tras una jornada inagotable, hicieron el amor una última vez, entregándose a una pasión pausada y rítmica, como si siguieran bailando en la pista, con los corazones aún retumbando en sus pechos y los acordes en sus oídos.
Al terminar, se desplomaron rendidos sobre el colchón, entrelazados y sin energía. Se acomodaron cara a cara y él tomó su bello y cansado rostro entre las manos.
—Gracias por un día insuperable, princesa. Podría morirme mañana mismo y lo haría pleno y feliz —sonrió.
Ella acarició su barba lentamente, perfilando las facciones de su mandíbula con la yema de los dedos.
—Gracias a ti, mi amor. No sabes cuánto te amo.
—Sí que lo sé —alcanzó a murmurar él antes de que el cansancio lo venciera por completo.
Isabella se quedó unos minutos observándolo en la penumbra, en un silencio absoluto, tal y como solía hacer.
Le explotaban el corazón y el alma de amor.
Continuó acariciándole el rostro, deseando con todas sus fuerzas que las cosas fuesen diferentes. Anhelaba que se quedaran así para siempre, que el tiempo se congelara en esa suite y el mundo exterior dejara de existir.
Finalmente, con la sensación de estar plenamente enamorada, cayó rendida a su lado.
Así transcurrió el resto de la semana: desayunando en la intimidad de la cama, almorzando en los exclusivos restaurantes del hotel, regalándose masajes, sumergiéndose en las aguas puras del spa y bailando hasta que el cuerpo aguantara en el club de jazz.
Por supuesto, haciendo el amor de manera constante, sin tregua.
A todas horas, aquellos dos cuerpos necesitaban, deseaban y ansiaban permanecer pegados, respirando el mismo oxígeno. Se habían vinculado de una forma tan profunda que no concebían estar separados ni un solo instante.
Pero, por desgracia, los siete días de vacaciones tocaron a su fin y la realidad se impuso ante ellos.
Se despidieron de la suite en la que habían pasado la mejor semana de sus vidas y del hotel que había sellado su amor de manera incondicional. Aquellos días habían sido perfectos.
Todavía faltaba una semana antes de que Josephine regresara a casa de su campamento de verano.
Durante esos días, Isabella tuvo que reincorporarse a sus obligaciones laborales, pero en cuanto salía de la galería, corría entusiasmada hacia el estudio de Jacob.
Allí siempre la aguardaba alguna sorpresa: un concierto privado, una cena maravillosa inspirada en algún rincón lejano del mundo o una sesión de baile.
Una vez descubierto el talento de Jacob en la pista, ella ya no podía dejar de contemplarlo; le excitaba sobremanera ver cómo se desenvolvía en todos los ámbitos de la vida el hombre del que estaba frenéticamente enamorada.
Ya no había vuelta atrás. Estaba completamente atrapada por su aura, su espíritu y su arrolladora energía.
Uno de esos días, al presentarse en el estudio, lo encontró haciendo ejercicio. Jacob le abrió la puerta empapado en sudor, vistiendo únicamente un pantalón corto negro. Una toalla blanca descansaba sobre su tonificado cuello.
—Hola, princesa. Entra y ponte cómoda. Ahora mismo termino, me doy una ducha y cenamos; es que hoy me he enredado componiendo y se me ha retrasado el entrenamiento.
Ella solo podía devorar aquel físico con la mirada; para Isabella, «ponerse cómoda» significaba fundirse con él de inmediato. Así que se aproximó con lentitud, le quitó la toalla del cuello y lo miró con intenciones que resultaron más que evidentes para Jacob.
—Estoy empapado en sudor —advirtió él con una sonrisa pícara.
—Me da igual —replicó ella, cortándole el aliento—. Pues en la ducha.
Su voz sonó sensual, urgente, cargada de un erotismo descarnado. Para un hombre que estaba enganchado hasta la médula, aquello era una oferta innegociable.
Después de entregarse el uno al otro bajo el agua con una locura casi salvaje, cenaron tranquilamente y compartieron una película. Parecía que llevaran toda la vida juntos, pero conservando intacta la arrolladora química de los primeros meses.
Durante esa segunda semana recorrieron la ciudad, disfrutaron del aire libre, y se entregaron a una pasión incansable, devorándose una y otra vez como si el tiempo se les escapara de las manos.
Pero esa prórroga también llegó a su término.
La niña regresaba de su campamento.
Isabella ansiaba con todas sus fuerzas verla y estrecharla entre sus brazos, que le contara qué tal había ido todo y disfrutar de su pequeña, pero lamentaba en estricto silencio que los días de complicidad absoluta, pegada a Jacob las veinticuatro horas, se acabaran.
—Voy a echar de menos tenerte conmigo a todas horas, Jacob —le confesó una tarde de finales de semana, acurrucada en su pecho.
—Pues si lo vas a echar de menos tú, imagínate yo. Me voy a volver loco sin ti —confesó.
La besó suavemente en la cabeza, recreándose en el aroma de su cabello.
—No creo que pueda renunciar a esto. Te amo demasiado —añadió con un deje triste.
Cuando la realidad se imponía y los obligaba a despertar del sueño, resurgían los miedos y las dudas.
A ella, el pánico de enfrentarse a un divorcio con todo lo que eso conllevaba, el pavor a equivocarse y a que su hija sufriera.
A él, el temor lacerante de que ella decidiera quedarse al lado de su marido, destrozándolo por completo en el proceso. Temía que, paralizada por el terror a causar dolor a Jo, terminara relegándolo de forma permanente al lugar que le correspondía por contrato: el de amante.
¿Le bastaría con eso? Dios, no, la amo como un loco. Se respondió a sí mismo en silencio, sintiendo cómo el sufrimiento le oprimía el pecho.
Cada uno acarreaba su propia pena, sus propios miedos y sus propios fantasmas.
Pero la decisión final descansaba única y exclusivamente en manos de ella; él no podía hacer nada al respecto.
Jacob ya se había separado de Francesca; era un hombre libre para hacer lo que le diera la gana.
Aún tenía que poner los papeles del divorcio en regla, pero eso le daba exactamente igual, no le corría ninguna prisa.
Lo que sí le urgía, lo que le quemaba por dentro, era tener a Isabella a su lado de manera constante.
Ambos anhelaban estar siempre juntos, pero aquello jamás podría llevarse a cabo si ella no se separaba de su marido.
Y, sin embargo, algo en el rincón más profundo del interior de Isabella la frenaba por el momento.
Siendo sincera consigo misma, ni siquiera sabía a ciencia cierta de qué se trataba, porque el amor que sentía por Jacob era demasiado poderoso como para mirar hacia otro lado e ignorarlo.
Estaba atrapada entre un sentimiento que la desbordaba y un freno invisible que la mantenía anclada a su realidad.