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Tras dar cuenta de los manjares que el servicio de habitaciones había dispuesto, decidieron vestirse para inspeccionar las magníficas dependencias del hotel.
El Aman New York ofrecía un abanico de aventuras urbanas selectas, pero a ellos no les apetecía abandonar su edén particular.
Optaron por sumergirse en el grandioso spa.
Aquel templo de mármol y maderas nobles albergaba saunas de infrarrojos, baños turcos envueltos en vapor de eucalipto, fuentes de hielo, saunas rusas privadas y salas de relajación donde el murmullo del agua invitaba a la desconexión absoluta.
Decidieron inaugurar la jornada con un masaje balinés en pareja, seguido de un tratamiento facial de vanguardia con activos botánicos que les dejó la piel como la de un bebé.
Posteriormente, se enfundaron sus trajes de baño dispuestos a testar la joya de la corona: la inmensa piscina interior de veinte metros, que se convertiría en un testigo más de su idilio.
Al encontrarse a la salida del vestidor, Isabella soltó una sonora carcajada.
—Jacob, te sienta de miedo el bañador.
Él se rio con ganas. Aunque era consciente de su indudable atractivo físico, sabía perfectamente a qué venía el comentario.
El bañador, de corte tipo bermuda, nacía justo donde moría la marcada línea en V de su vientre, evidenciando unas piernas esculpidas y atléticas, además de otros portentos innegables.
Sin embargo, lo cómico radicaba en que rompía de golpe con la estricta sobriedad a la que él la tenía acostumbrada: era de un vibrante azul celeste, plagado de simpáticos cangrejos rojos estampados por todas partes.
—Es una mezcla entre sexy y divertido, no me lo esperaba en absoluto —admitió ella mirándolo con lujuria.
—Lo sé —concedió Jacob divertido, pasándose la mano por la barba, en un gesto que era muy recurrente en él y que a ella la volvía loca—. ¿Te imaginabas el típico modelo negro o azul marino, verdad? —carcajeó de buena gana—. Pero este me pareció mucho más desenfadado. ¿Te gusta?
Ella lo escaneó de arriba abajo, relamiéndose mientras contenía el aliento.
—En ese cuerpo me gusta todo, mi amor.
Isabella fijó los ojos en su anatomía, entornándolos sutilmente mientras humedecía sus labios en un gesto que delataba la absoluta obsesión que sentía por cada uno de esos músculos.
—Estás para comerte —añadió.
Él sonrió, ofreciendo una de sus características muecas teatrales, henchido de orgullo. La suspendió en el aire de un limpio tirón y la devoró a besos.
—Mi trabajo me cuesta mantener este físico, princesa.
—Y es enteramente para mí —sentenció ella, reclamando su propiedad.
—Exacto —corroboró él, sellando la promesa con un beso ardiente y profundo en los labios.
Perdieron la noción del tiempo relajándose en la piscina, jugando a seducirse sin poder culminar el acto que tanto ansiaban, devorándose a base de caricias y besos colmados de ternura.
Tras abandonar el agua, terminaron de arreglarse en la suite para subir a almorzar al Garden Terrace: un vergel flotante rodeado de vegetación exuberante,
fuentes de agua que arrullaban el ambiente y un impresionante techo de cristal retráctil que permanecía abierto para dejar correr una sutil y refrescante brisa de verano.
—Mmm... Esto está exquisito, Jacob. Quiero quedarme a vivir aquí para siempre —comentó Isabella sonriendo tiernamente entre bocado y bocado.
—No te preocupes por nada, mi amor. Ahora mismo me encargo de arreglarlo todo para que nos concedan una suite exclusiva de por vida, registrada a nombre de los dos.
Ambos se reían imaginando esa fantasía exultantemente cara.
Disfrutaban de la conversación, mimándose y compartiendo anécdotas entre delicias gastronómicas. Al terminar, contagiados por un agradable sopor tras tanto disfrute, regresaron a la habitación con la firme intención de entregarse a la siesta.
—La buena vida cansa —bromeó Jacob cuando Isabella esbozó un bostezo, insinuando su deseo de descansar y recostarse sobre el pecho de su amado.
Cuando se despertaron, él la llenó de miles de besos pequeños como solía hacer. Le encantaba hacer eso y a ella le encantaba que lo hiciera.
—¿Te apetece que vayamos al jacuzzi? He reservado una de las estancias privadas del spa. Estaremos completamente solos.
Ella volvió a sentir la excitación recorriéndole el cuerpo entero.
—Claro que me apetece.
El santuario termal privado los recibió acomodado con todo lujo de detalles.
A ella le apeteció una botella de champán.
Los deseos de Isabella eran órdenes para un Jacob rendido a sus pies.
Se fueron desnudando poco a poco el uno al otro, y se zambulleron en las aguas burbujeantes mientras una música suave y relajante embriagaba sus sentidos.
Al borde de la tina, una cubitera de plata custodiaba la botella helada.
Jacob ya descansaba de espaldas al borde del jacuzzi cuando Isabella se le aproximó con lentitud felina, dejando claras sus intenciones.
Él depositó las copas a un lado, en la repisa de mármol.
Isabella lo rodeó con los brazos, sentándose a horcajadas sobre su regazo, encajando a la perfección con su fisionomía.
—Me vuelves loco, Isabella—susurró él, sujetándola con firmeza por la nuca mientras rozaba sus labios con los de ella.
Y mediante movimientos sutiles, prudentes y de una delicadeza extrema —como si la elegancia del propio entorno exigiese una contención majestuosa para no romper la paz del lugar—, hicieron el amor de forma pausada y exquisita hasta alcanzar juntos el éxtasis.
De vuelta en la suite, tras comprobar mediante una videollamada que Josephine seguía divirtiéndose como nunca y que todas las niñas se estaban preparando para cenar, se vistieron con sus mejores galas.
Decidieron que esa velada cenarían en Nama, el exclusivo feudo japonés del hotel.
Isabella se sentía extrañamente tranquila, teniendo en cuenta que era la primera vez en su vida que se separaba de su hija durante tanto tiempo.
La comodidad de poder verificar siempre que lo deseara qué estaban haciendo las pequeñas era un privilegio que no tenía precio.
Bueno, en realidad sí que lo tenía, pero afortunadamente, ella podía pagarlo.
Estar al lado de Jacob durante tantas horas seguidas, sin la constante sombra del momento de la despedida, estaba resultando ser un regalo divino.
Él se arregló como de costumbre, fiel a su sello sobrio y elegante: unos pantalones chinos en tono crema combinados con una camisa de lino blanco eran todo lo que necesitaba para lucir exquisito.
Ella optó por un bellísimo diseño de Chanel en azul marino, de tirantes finos y un delicado plisado que caía vaporoso hasta los pies, conjuntado con unas sandalias doradas de Manolo Blahnik.
Su melena brillante y suelta sobre los hombros se convirtió en su mejor accesorio.
Juntos formaban una pareja perfecta; parecían dos modelos de alta costura recién salidos de la revista Vogue, listos para ser fotografiados en el corazón de Manhattan.
Aquella noche fue muy especial; como todas las que pasaban juntos, pero esa resultó ser mágica. Después de una cena exquisita en Nama, Jacob condujo a Isabella hacia The Jazz Club.
Oculto en el subsuelo del hotel, el local era la definición misma de la sofisticación clandestina: cortinas de terciopelo pesado, mesas bajas iluminadas por la sutil luz de las velas y una atmósfera donde la elegancia y el romanticismo iban por bandera.
Se acomodaron en uno de los íntimos sillones para disfrutar de un cóctel de autor mientras la banda residente, en pleno clímax musical, hacía vibrar el ambiente con el lamento sensual del saxofón y los acordes envolventes del piano.
Isabella estaba maravillada.
No podía sentirse más dichosa ni más viva, y su rostro era el fiel reflejo de ese torrente de emociones.
El ritmo de la música empezó a cobrar una energía desbordante y los instrumentos comenzaron a reinterpretar un clásico indiscutible de los años sesenta: Do You Love Me, el emblemático tema de la banda sonora de Dirty Dancing, una de las películas preferidas de Isabella.
Jacob se puso de repente en pie, como movido por un resorte al escuchar los primeros acordes y dejando su copa en la mesa, cogió de la mano a Isabella, obligándola a levantarse antes de que pudiera decir nada.
—¿Bailamos, princesa?
Isabella, que en ese instante daba un sorbo a su copa, tuvo que dejarla apresuradamente sobre la mesa al ser literalmente arrastrada hacia la pista de baile.
Fue entonces cuando descubrió, atónita, que Jacob no solo sabía bailar, sino que lo hacía de miedo.
Con la destreza y la seguridad propias de un bailarín profesional, la sujetó firmemente por la cintura y comenzó a guiarla al compás de la melodía con una soltura exquisita.
—¡Ah, que también bailas! —le susurró ella al oído cuando él la atrajo contra su pecho para sincronizar sus pasos.
—¡Pues claro! —rio él a carcajadas, contagiado por la adrenalina del momento—. Soy un bailarín excelente de hecho.
Ella echó la cabeza hacia atrás para reírse con ganas, completamente embriagada por la música, por el entorno y por aquel hombre tan guapo, que parecía no tener límites.
—Madre mía, Jacob... ¿Vas a dejar de sorprenderme algún día?
—No —sentenció él con su sonrisa divina, haciéndola girar de nuevo sobre sus sandalias doradas.
Pasaron el resto de la velada en la pista, amándose con la mirada en cada pieza lenta y desatándose en los ritmos más animados. Se besaban entre canción y canción, riendo como niños pequeños que cometen una travesura.
Cada vez que regresaban a la mesa para reponer fuerzas, ella lo contemplaba embelesada, con los ojos empañados de un amor real e infinito.
—No me esperaba esto en absoluto —admitió ella entre risas—. Bailas de escándalo.
—Gracias, preciosidad. La verdad es que me encanta bailar—confesó él, correspondiendo a su mirada y bebiendo un buen sorbo de su cóctel—.
Siempre se me ha dado bien y tomé algunas clases cuando estaba en la universidad.
La música es mi vida, princesa —añadió, acunando el rostro de Isabella entre sus manos—. Bueno, ahora lo eres tú.