23 #2
Una vez en su casa, y mientras él esperaba con el coche a buen recaudo —donde nadie pudiera verlo—, Isabella preparó meticulosamente la maleta.
Era una mujer acostumbrada a estos menesteres, así que no le supuso ningún problema.
Normalmente se encargaría Madeleine, a la que le había comentado que pasaría toda la semana con Sophie en los Hamptons y le pidió que, por favor, cuidara de Nala; pero en este caso prefería hacerlo ella misma para terminar más rápido y volver corriendo con Jacob.
No quería perder ni un segundo a su lado.
En la maleta metió bikinis y bañadores, varios kimonos de Chanel y de Dior, bastantes pares de sandalias y unos cuantos vestidos para las cenas y las fiestas nocturnas.
Tampoco olvidó sus mejores prendas de ropa interior, varios bolsos pequeños y su neceser con los enseres fundamentales.
Sabía que algo se le quedaba en el tintero, pero en esos hoteles no ocurre absolutamente nada si te olvidas de algo; son el paraíso terrenal para los huéspedes.
Cuando Isabella llegó con la maleta al coche, Jacob se quedó alucinado.
—¿Pero adónde vas con esa maleta tan grande? —y se empezó a reír a carcajadas, como si le hubieran contado el mejor chiste de su vida—. ¡Pero si solo nos vamos una semana, princesa!
—Nunca es suficiente, mi amor —replicó ella con una sonrisa.
Jacob levantaba las cejas, no dando crédito a lo que veía, pero disfrutando como un niño pequeño del momento mientras colocaba el inmenso equipaje en el maletero de su coche.
Una vez en marcha, el trayecto por las calles de Nueva York se convirtió en un viaje de complicidad pura. Jacob conducía sorteando el tráfico de julio mientras su mano derecha permanecía entrelazada con la de Isabella.
A medida que se aproximaban al corazón de Manhattan, la expectación crecía; estaban a punto de cruzar el umbral de su propio universo privado.
Al llegar a la altura del majestuoso Crown Building, en la Quinta Avenida, Jacob no se detuvo ante la fachada principal. En su lugar, giró con destreza hacia una entrada lateral, mucho más discreta y resguardada.
Se aproximaron a un portón automatizado que se abrió exclusivamente para ellos, dando acceso al parking privado. Era un espacio blindado, silencioso y de iluminación tenue, diseñado para que las grandes fortunas y las celebridades pudieran descender de sus vehículos lejos de miradas indiscretas.
Un atento miembro del personal del hotel, impecablemente uniformado, los recibió con una reverencia antes de hacerse cargo de las llaves del coche y del monumental equipaje de Isabella.
Libres de cargas y con el corazón latiendo a mil por hora, Jacob guió a Isabella hacia el ascensor privado que los transportaría, de forma directa, al lujo flotante de la planta catorce.
Cuando entraron en la suite, mientras él observaba embobado desde la puerta al amor de su vida, Isabella recorría la estancia emocionada como una chiquilla.
—Wow, esto es maravilloso, Jacob.
Iba de un lado a otro, descubriendo la exquisita habitación donde pasaría la semana con él.
Jacob se acercó a la bañera ovalada que descansaba junto a la cama, tras unos paneles correderos iluminados por luces tenues.
Al lado, una banqueta de madera sostenía una bandeja con jabones y fragancias que desprendían un aroma embriagador.
—¿Te apetece bañarte conmigo, princesa? —preguntó él, levantando las cejas y regalándole una de esas sonrisas a las que ella no podía resistirse.
Isabella se acercó lentamente a él, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos. Comenzó a quitarle la camiseta gris que llevaba puesta.
—Me da pena quitarte la camiseta porque te queda de escándalo —dijo susurrando en sus labios, mientras le acariciaba el pecho—, pero esto es mucho mejor si cabe…
Acto seguido se quitó la blusa. Él no dejaba de mirarla, desnudándola con los ojos y dejándola hacer. Se desabrochó el sujetador, liberando sus pechos; él intentó tocarlos, pero ella se lo impidió, torturándolo un poco y provocando su deseo máximo.
Después se deshizo de sus bermudas, dejándolas caer al suelo mientras él seguía devorándola con la mirada y mojándose los labios. Su erección crecía dentro del pantalón; ella lo veía y eso la excitaba aún más.
Se quitó las braguitas.
Estaba completamente desnuda, a excepción de las excitantes sandalias rojas de tacón.
Su melena caía suelta sobre los hombros.
—Me estás torturando al no dejar que te toque —dijo él.
La voz ronca que salía de su garganta, provocaba en ella sensaciones innombrables.
—Lo sé —Isabella respiró suavemente—. No puedes hacerlo hasta que estés desnudo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Le soltó poco a poco los botones del pantalón; le costaba debido a la tensión que albergaba la prenda, pero logró liberarlo de ella.
Jacob intentó tocarla de nuevo, incumpliendo el trato que acababan de pactar verbalmente, agarrándola vigorosamente de la nuca con la intención de besarla, pero ella se lo impidió una vez más.
—Eres mala.
—Lo sé —dijo dulcemente en sus labios.
Llevaba unos bóxers negros de Calvin Klein que le sentaban demasiado bien.
—Podrías ser modelo de calzoncillos —le dijo mordiéndose el labio inferior mientras lo acariciaba con suavidad.
—Me estás volviendo loco.
Ella se rio.
—Lo sé…
Le pidió que se quitara los zapatos y que se deshiciera de los pantalones. Ella terminó de desnudarlo con una lentitud deliberada, torturándolo sin piedad.
—Ahora ya puedo tocarte —dijo él, completamente perdido en su deseo.
—Ahora sí —contestó ella cerca de sus labios.
Y con un gesto que pareció no costarle absolutamente nada, Jacob la subió a horcajadas y la apoyó en el mármol de los elegantes lavabos cercanos a la bañera, entrando en ella y desatando toda la fuerza que llevaba en su interior.
—Dios, Isabella, no sabes lo que provocas en mí —le susurraba mientras entraba y salía de ella con la fuerza de un titán, sosteniéndola con una mano y abrazándola con la otra.
Ella se aferraba a su cintura y a sus glúteos como si tuviera miedo de que alguien pudiera arrebatárselo.
Cuando ya hubieron saciado sus ganas, tras devorarse como locos mutuamente, él la dejó con mimo en el suelo y empezó a llenar la bañera de agua templada, cubriendo la superficie con pétalos de rosa y aceites relajantes mientras ella lo observaba.
Con el deseo vívido en sus ojos, la cogió de la mano y la llevó hasta el agua mientras la cubría de suaves besos.
Estuvieron jugando con la espuma, enjabonándose, haciendo el amor de nuevo, besándose y acariciándose hasta que se les arrugaron los dedos.
—Estoy muy enamorado de ti, princesa —le dijo mientras la abrazaba.
—Haz que se pare el tiempo, Jacob, por favor —suplicó ella, acurrucada en su pecho.
—Eso es lo único que no puedo darte, mi amor —le contestó él, aferrándola más fuerte.
La semana de vacaciones había comenzado de forma insuperable, y aún no habían salido de la suite. Lo que les aguardaba fuera, en las instalaciones de aquel edén flotante, era un cosmos de sensaciones y experiencias dignas de la realeza.
A la mañana siguiente de aquella primera toma de contacto, se despertaron en el lecho más cómodo y placentero en el que Isabella hubiera pernoctado jamás. Quizá fuese fruto del amor que le recorría cada fibra del cuerpo, o tal vez porque aquellas camas pertenecían a otra dimensión.
Al abrir los ojos, contempló a Jacob dormido a su lado.
—Eres hermoso —susurró.
Le acarició el rostro con delicadeza, recorriendo con el dedo anular el tabique de su nariz y dándole un sutil toque en la punta respingona, como si lo bendijera con una varita mágica. Él entreabrió sus ojos grises, perfectos, rebosantes de amor.
—Buenos días, princesa. ¿Cómo has descansado?
—Mejor que nunca —contestó ella—. Este lugar es increíble.
—Lo es, preciosa —confirmó besándola en la mejilla pecosa con mimo.
—Te habrá costado una auténtica fortuna una semana entera aquí.
—Pues sí —admitió él riendo, sin darle importancia—. ¿Para qué quiero todo el dinero que me pagan si no es para compartirlo contigo?
Un hombre enamorado siempre tiene la respuesta perfecta a mano, le sale sola, fluye sin problema. Isabella sonrió, profundamente agradecida por ser la afortunada que disfrutaba de la dicha a su lado.
—¿Prefiere que desayunemos en la cama, princesa, o bajamos al restaurante? —preguntó Jacob.
Ella sopesó la respuesta un par de segundos, con una chispa de picardía en la mirada.
—¿Podemos hacer las dos cosas?
Él sonrió, sintiéndose afortunado de poder responder de manera afirmativa y de concederle a Isabella cualquier capricho que estuviera al alcance de su mano. En este caso, lo estaba. Podían hacer lo que les viniera en gana durante esos siete días.
En la ciudad de Nueva York, disponiendo de capital, las posibilidades eran tan infinitas que resultaba lógico que los neoyorquinos de cuna jamás sintieran la necesidad de abandonar su metrópolis. Cualquier excentricidad, mediando una billetera abultada, se materializaba al instante.
Solicitaron el servicio al mayordomo privado que tenían asignado en exclusiva las veinticuatro horas.
Al cabo de un rato, el empleado solicitó permiso discretamente para entrar.
Jacob se levantó para recibir el suntuoso carrito de servicio de madera noble, diseñado para encajarse sobre el colchón.
Isabella no tuvo necesidad de vestirse y pudo continuar cobijada entre las sábanas, completamente desnuda.
El despliegue gastronómico era digno de mención: boles de bayas silvestres salpicadas con destellos de pan de oro, huevos Benedict coronados con lascas de trufa negra fresca, bollería de un hojaldre que parecía alta joyería y zumos orgánicos prensados en frío.
—Este lugar es mágico, Jacob. Todo es perfecto a tu lado. Gracias por regalarme esta semana —susurró ella.
Selló sus palabras recorriendo con la boca sus labios carnosos, su cuello, su clavícula... El deseo, voraz e indomable, se negaba a darles tregua. La urgencia de los cuerpos los encadenó de nuevo antes de probar bocado; hicieron el amor abrazados, fusionados, convertidos en un solo ser.