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Matthew esperaba con fervor la visita de sus dos chicas en Londres.
Ansiaba que vieran los avances en la construcción del hotel, pero, sobre todo, deseaba tener a su esposa entre sus brazos y empaparse de la presencia de su hija.
Las echaba de menos. Lo que él ignoraba era que Isabella se sentía plena y feliz sin él en Nueva York, embriagada por una relación que la saciaba cuerpo y alma por igual.
Las llamadas diarias con Matthew se habían convertido en una rutina aséptica, un intercambio protocolario de novedades donde ella le ponía al tanto de la vida doméstica y él de sus negocios.
Isabella no quería ir a Londres; obviamente, estaba aprovechando la ausencia de Matthew como una bendición divina para vivir su libertad con Jacob, apenas rozada por la culpa, ya que la distancia física le ahorraba las excusas y el teatro de ocultar su doble vida.
Su existencia parecía intacta: un marido presente de manera etérea pero no física, una niña feliz y un amante maravilloso.
Todo era perfecto.
Las dos semanas de campamento llegaron para las niñas como una medalla de oro olímpica. Se habían ganado esa aventura y la deseaban con todas sus fuerzas.
Verse solas —con la supervisión constante de monitores experimentados, pero solas al fin y al cabo, sin padres— las hacía sentirse inmensamente mayores. Libres.
Al tratarse de un campamento de élite, la organización era impecable, pero se sentía a años luz de la estricta disciplina del colegio. Era un campamento para divertirse.
El programa parecía sacado de una película americana de verano: un refugio exclusivo con cabañas rústicas de madera frente a un lago cristalino.
Sus días se llenarían de tirolinas entre los árboles, paddle surf, talleres de pintura expresionista, danza moderna y asambleas nocturnas bajo las estrellas alrededor del fuego, compartiendo malvaviscos.
Para Jo y Mandy, aquello no era solo un campamento; era su primera gran conquista de libertad.
Aquellas dos semanas no solo eran mágicas para Josephine; también lo eran para Isabella, que planeaba pasarlas íntegras junto a Jacob.
Había solicitado una semana de vacaciones en la galería, ocultándole esa información a Matthew.
Le pidió a Claire que la cubriera con absoluta discreción; no era un detalle que necesitara ser compartido.
Cuando le dio la noticia a Jacob por teléfono, él se inundó de una alegría tan desbordante que, nada más colgar, comenzó a diseñar un itinerario minucioso para cada día.
Si para las niñas el campamento equivalía a ganar una medalla de oro olímpica, para Jacob aquello era como pisar la luna.
Decir que estaba pletórico o exultante se quedaba corto; no cabía en sí de gozo y la ilusión le brotaba por los poros.
En ese instante de felicidad pura, no le importaba Francesca, ni Matthew, ni la encrucijada en la que se encontraban, ni el hambre en el mundo; nada poseía la fuerza necesaria para perturbarlo.
Iba a disfrutar de una semana entera con su princesa.
Lejos de la ciudad, Sophie y Aldis se habían instalado con sus hijos en los Hamptons, exprimiendo los días entre barbacoas al aire libre, arena fina y chapuzones en el océano; Sophie devoraba novelas románticas en el columpio del porche,
contemplando el paso perezoso de las horas mientras los niños disfrutaban de la playa y Aldis la colmaba de atenciones.
Claire continuaba trabajando; reservaría sus días de vacaciones para viajar a Japón con Mark en Navidad, por lo que la galería quedaba en buenas manos.
Todo encajaba a la perfección. Demasiado bonito para ser cierto, pensaba Isabella, procurando no verbalizarlo demasiado alto para no tentar al destino.
Matthew insistía en verlas, pero la excusa del campamento era un muro infranqueable. Ya habría tiempo en agosto; ahora pensaba exprimir sus días con Jacob.
Isabella y Christine acompañaron a las dos niñas hasta las instalaciones.
El Tesla Model Y avanzaba con un ronroneo eléctrico, sufriendo al adentrarse en el camino empedrado y rústico que conducía al paraíso de las pequeñas: el exclusivo Camp Sebago Pines, ubicado a orillas del idílico Lago Sebago, en Maine.
Al llegar a la entrada, se toparon con el clásico y enorme cartel de madera envejecida, idéntico al de las películas.
En cuanto el vehículo se detuvo ante la recepción, las niñas bajaron las maletas entre grititos de emoción y confidencias atropelladas sobre lo increíble que sería aquella experiencia; estaba siendo el mejor día de sus vidas.
Ataviadas con conjuntos veraniegos de dos piezas, echaron a correr en dirección al agua nada más vislumbrar el lago y el muelle flotante que se mecía a lo lejos, ansiosas por explorarlo todo.
Mientras tanto, en la oficina de recepción, Isabella y Christine firmaban los formularios pertinentes, dialogaban con el director y examinaban discretamente el perfil de los monitores.
Una vez que la burocracia estuvo en regla, Isabella observó a través del ventanal cómo aquellas pequeñas ya no lo eran tanto.
Un torbellino de sentimientos encontrados la sacudió: su niña dejaba de ser un bebé y empezaba a convertirse en una mujercita preciosa.
Las llamaron para despedirse y dejarlas comenzar con la aventura.
—¡Haced caso a los monitores, no hagáis ninguna locura y comportaos como es debido, ¿de acuerdo?! —les dijo Isabella.
—¡Que sí, mamá, no te preocupes por nada, te quiero! —respondió Jo—. Vamos a ser muy buenas te lo prometo, solo vamos a pasarlo bien. Cuida de Nala porfi.
Le plantó un beso poderoso en la mejilla, la abrazó con fuerza, y atrapando de nuevo la mano de Mandy, regresó a su aventura veraniega.
Los monitores, un equipo de jóvenes experimentados que garantizaba supervisión las veinticuatro horas, se encargaron de transportar el equipaje hacia las cabañas rústicas de madera que compartirían con dos niñas más.
Isabella seguía estática junto al coche, reticente a subirse y dejarlas allí.
—Dios mío, dos semanas enteras y ni siquiera han mirado atrás al marcharse, Christine —le dijo mientras las observaba.
—Bueno, son niñas muy maduras, Isabella. Están deseando tener experiencias así, crecen muy deprisa —la miró con cariño—. Estarán bien. Ya lo verás.
El complejo contaba con un sofisticado sistema de seguridad, un estándar irrenunciable para los exigentes requisitos de las familias adineradas.
Al tratarse de un campamento de élite limitado a quince niñas, los padres habían firmado una serie de consentimientos estrictos para activar una red de cámaras de vigilancia con retransmisión en directo las veinticuatro horas del día.
A través de una aplicación encriptada, los familiares podían comprobar en tiempo real qué hacían sus hijas en las áreas comunes, el comedor o el muelle del lago.
Pagaban una auténtica fortuna por aquel campamento, pero la verdadera exclusividad radicaba en la tranquilidad de una seguridad blindada.
De otra manera, Isabella jamás habría tenido el valor de dar la vuelta y dejarlas allí.
Se abrían ante ella dos semanas de puro placer.
El coche dejó a Christine en su casa e Isabella le pidió al chófer que pusiera rumbo a Broadway, donde Jacob la esperaba con los brazos abiertos para celebrar la maravillosa semana de vacaciones que les aguardaba.
Lo que ella no sabía era que él, en los días previos, lo había preparado todo meticulosamente para tirar la casa por la ventana.
Había reservado una preciosa suite en Aman New York, uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad, un auténtico búnker de lujo para empresarios y personalidades de alto nivel.
Jacob quería que vivieran una experiencia inolvidable, aislados por completo del asfixiante julio neoyorquino y fuera de su escondite personal. Y sobre todo, quería tenerla para él solo durante el mayor tiempo posible, compartiendo los días y las noches sin separarse un segundo de ella.
El corazón del complejo era un spa majestuoso de tres plantas con saunas, baños turcos y masajes holísticos, presidido por una espectacular piscina interior de veinte metros.
Allí, desafiando al verano exterior, las hamacas de diseño se alineaban frente a unas modernas chimeneas de fuego puramente visual y relajante que aportaban romanticismo sin emitir calor.
El sitio era sencillamente espectacular.
Podrían pedir menús de alta cocina directamente a la cama de la suite o cenar en sus cotizados restaurantes; y al caer la noche, el hotel contaba con su propio y selecto club de jazz subterráneo, con espectáculos en vivo y un ambiente VIP inigualable.
Aquella semana iba a ser el paraíso perfecto para los dos.
Isabella no tenía palabras para demostrar su agradecimiento y su felicidad cuando él le dio la sorpresa al llegar. Comenzó a dar saltitos como una niña pequeña antes de colgarse del cuello de Jacob, plagándolo literalmente de besos por todo el rostro.
No podía creerse que lo hubiera orquestado todo desde que le dijo que podrían pasar una semana entera juntos.
Ella pensaba que la pasarían en la intimidad de su estudio y que harían planes, claro, pero no se esperaba una sorpresa así para nada.
Jacob nunca perdía el tiempo cuando de hacer cosas con ella se trataba. Se sentía tan dichosa…
Estaba deseando flotar en aquellas aguas con su amor y disfrutar de todas y cada una de las experiencias que les ofrecería la escapada; no podía estar más entusiasmada.
—Tenemos que pasar por tu casa para que hagas la maleta —dijo él, contagiado por la emoción—. Yo la mía ya la tengo lista.
Jacob se acercó a su equipaje y comenzó a enumerar con orgullo todo lo que había metido en ella.
—Llevo bañadores, camisas y pantalones para toda la semana, y dos pares de zapatos. ¿Qué te parece?
A ella le dio la risa al verse viviendo esa escena, con Jacob pidiéndole consejo de forma tan tierna para asegurarse de que llevaba lo adecuado. La sensación de llevar toda una vida juntos era constante y hermosa.
—Pues me parece perfecto, mi vida —respondió ella, antes de abalanzarse encima de él de nuevo y tirarlo sobre la cama para comérselo a besos, llevada por la pura alegría del momento.