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Era tan desesperante la vida cuando no lo estaban, cuando volvían a pisar tierra firme bajo las reglas del mundo, que él vivía aferrado a esos instantes, intentando no pensar en nada más, y ella se entregaba de una manera brutal, sin dejar que le afectara nada,
sabiendo que al cruzar la puerta del estudio, las cosas cambiarían.
Cuando el último ingrediente hubo sido degustado, Jacob sirvió otra copa de vino a Isabella, se levantó con la fondue de queso y la llevó a aclarar para preparar el postre.
En nuevos cuencos dispuso un surtido de dulces exquisitos: gominolas sabrosas, galletas finas, fresas rojas como rubíes, arándanos, rodajas de plátano, moras y frambuesas.
—¡Wow! Esto es una locura, mi amor —dijo ella sorprendida.
—¿Te gusta? —preguntó él satisfecho por el éxito.
—Madre mía, ¿si me gusta? —rio ella a carcajadas—. Es un sueño.
—Tú sí que eres un sueño. Mi sueño.
El momento que vivían era etéreo. Se habían bebido una botella y media de vino, y la noche había avanzado sin que les importara la hora.
Para Isabella, solo existía una preocupación aparte de disfrutar del instante: verificar que su hija estaba feliz con su mejor amiga, lo que le permitía liberar su mente y centrarse únicamente en el momento que estaba viviendo.
—Voy a explotar de amor —dijo ella mientras él le acariciaba la mano y le ofrecía una fresa bañada en chocolate caliente—. Es todo tan romántico, Jacob.
—Me alegro de que te guste —sonrió él—. Y todavía he de hacerte un pequeño regalo.
—¿Cuál? —preguntó ella, emocionada, intuyendo a qué se refería.
¿Qué se le puede regalar a una mujer que lo tiene todo? ¿Qué puede elevarla a un nivel extrasensorial?
Él se levantó, besándola suavemente en los labios manchados aún por el chocolate.
—¡Qué bonita estás!
—Mmm… Y tú qué bien besas…
Él esbozó una sonrisa. Con sus pantalones ligeros negros, descalzo y sin camiseta, tal como a ella le gustaba que recorriera la casa, se acercó al piano y tomó asiento con elegancia innata.
Las primeras notas de «When I Was Your Man» de Bruno Mars comenzaron a sonar.
Ella se emocionó al instante y su piel comenzó a erizarse.
No solo comenzó a sonar la melodía con una delicadeza y exquisitez insuperables bajo sus dedos, sino que Jacob le puso voz a la música.
Isabella nunca lo había oído cantar. Ese sentimiento, esas manos bailando de tecla en tecla, sus ojos cerrados mientras interpretaba cada verso con el alma…
Sintió que tocaba el cielo con todos los sentidos.
Las lágrimas acudieron a sus ojos, con la emoción a flor de piel.
La voz de Jacob era grave, rasgada, profundamente masculina y hermosa, llenando cada rincón del estudio con una vibración que parecía detener el tiempo.
Al final de la canción, las lágrimas de ella caían libremente, saboreando la sal en sus labios. Amaba esa canción, esa melodía, pero ver todo ello fluir de los labios y las manos del hombre al que amaba era demasiado.
Había vivido momentos románticos en su vida, pero aquello trascendía cualquier recuerdo.
No podía retener el llanto; estaba desbordada.
La música, cuando se siente de esa manera, supera con creces la condición humana, y el cúmulo de sensaciones vividas, la historia que tejían entre manos y la situación de sus vidas, la superaron, rompiendo a llorar de manera incontrolable.
Cuando la última nota se desvaneció en el aire, él corrió a abrazarla, levantándola de la silla y sujetándola fuerte contra su pecho.
—Entiendo que te ha gustado —rio él, con su voz emocionada.
—Jamás olvidaré este momento, Jacob —sollozó ella contra su cuello—. Jamás.
Y así fue.
Ella, en todos los años que vivió, jamás olvidó esa noche, ese sentimiento tan profundo que la embriagó de manera inigualable. El amor que sentía por él y la perfección de ese instante fueron insuperables.
—¿Quieres que toque más? —preguntó él, sin dejar de sostenerla.
—Por favor, no pares nunca —susurró a su oído.
También sonaron al piano, con la misma intensidad desgarradora, «Talking to the Moon» y «Die with a Smile».
Hay momentos en la vida que exprimimos de tal manera, que vivimos tan fuertemente, que quedan grabados a fuego en nuestro cerebro y jamás se borran.
Cerramos los ojos y los sentimos, los vivimos de nuevo, los saboreamos y los olemos, como si el tiempo hubiera renunciado a intentar borrarlos o arrebatárnoslos.
A Isabella, el tiempo jamás pudo arrebatarle esa noche.
Después del concierto, la levantó en brazos, y sin dejar de mirar sus ojos agradecidos y enamorados, llenos de lágrimas sinceras, la llevó a la cama, depositándola suavemente sobre las sábanas.
Hicieron el amor una y otra vez, de manera suave, dulce y profundamente amorosa. Piel con piel, sin separarse ni un solo centímetro, formando un solo ser tan poderoso que parecía que el propio universo contenía la respiración para no interrumpirlos.
Era la expresión de la unión llevada a su máximo exponente.
Habría sido una locura no haber vivido aquella historia, ¿verdad? Una unión tan poderosa no siempre es hallada por todas las personas; algunos no la viven jamás, otros una vez, los más afortunados dos…
La cuestión es que, cuando la estás viviendo, crees que es lo más maravilloso del mundo, que merece la pena existir solo para sentir esas sensaciones; incluso si para ello estás cruzando una línea roja.
Eso es vivir.