El secreto de Isabella 22 #2
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22 #2

—De cena con las chicas, cariño —mintió.

Le gustaba aparecer en casa de Jacob con ropa cómoda que facilitara que él la alzara en brazos nada más verla.

Le encantaba ese ritual: ella en la puerta del apartamento, él medio desnudo, exhibiendo ese cuerpo escultural, deseoso de poseerla nada más cruzar el umbral; levantándola en vilo para sentarla en su regazo mientras la devoraba a besos y cerraba la puerta con la fuerza de un solo brazo.

Se excitó solo de pensarlo mientras elegía el look de esa noche: una falda muy corta, de vuelo, en color azul cielo, confeccionada en seda natural, combinada con una blusa del mismo material, de mangas cortas y anchas, fluidas, que caía sobre la falda con un gusto y un estilo exquisitos.

Completó el conjunto con sandalias de tacón de Hermès en el mismo tono, dejando que su melena cayera libre sobre los hombros, y eligió su complemento de lujo: un Mamma Baguette® Small de Fendi en color blanco, un bolso de mano que era, en sí mismo, una auténtica joya.

Ya no necesitaba cargar con bolsos grandes; el estudio de Jacob se había convertido en una extensión de su propio vestidor, lleno de sus pertenencias, lo que le permitía lucir ahora sus adquisiciones más pequeñas y delicadas,

como esas joyas de alta costura que complementaban su elegancia sin la necesidad de utilidad práctica.

Se veía hermosa, resplandeciente. Se sentía poderosa, amada y deseada. ¿Podía existir alguna sensación más embriagadora para una mujer?

Las dos chicas salieron de la casa juntas.

Primera parada: casa de Mandy, donde Isabella agradeció una vez más a Christine su amabilidad y hospitalidad, prometiendo que la próxima fiesta de pijamas sería en su casa.

Segunda parada: el paraíso.

Mientras se dirigía a casa de Jacob, de repente se sintió libre de todo juicio, permitiendo que sus pensamientos fluyeran sin censura ni remordimientos.

Se sorprendió reflexionando sobre cómo, en ciertos periodos de su vida, había permanecido reprimida, sin atreverse a dar rienda suelta a sus deseos más profundos o a sus fantasías, como si no tuviera el derecho legítimo de albergarlos y vivirlos.

Con mucha discreción en la parte trasera del vehículo, decidió quitarse la ropa interior con un gesto elegante y disimulado.

Supuso que a Jacob aquello lo llevaría al éxtasis con solo descubrir que iba completamente desnuda bajo la fina seda.

Una humedad cálida la recorrió al pensar en lo que la esperaba tras cruzar esa puerta, a la que ya estaba llegando.

—Gracias —dijo al conductor mientras se bajaba del coche.

Una vez en la puerta de la casa de Jacob, sintió cómo el deseo la embriagaba, una electricidad que se apoderaba de cada poro de su cuerpo. Él abrió la puerta, medio desnudo y la mirada ardiente.

En cuanto la vio, captó al instante el reflejo del deseo en sus ojos; no hubo ni un «hola».

La levantó en brazos, algo que ella sabía que se repetiría por siempre.

El bolso se deslizó de sus manos y cayó al suelo con un golpe sordo.

Él solo llevaba puesta la ropa interior; hacía calor, un calor denso y sofocante, y las ventanas estaban abiertas de par en par para dejar entrar la brisa del atardecer.

Jacob odiaba el aire acondicionado, y a ella no solo no le importaba pasar calor, sino que lo disfrutaba, dejando que la temperatura ambiental avivara aún más el fuego que ya sentía por dentro.

Se besaron.

Se susurraron un «cómo te eché de menos» al oído.

Sin soltarla, él cerró la puerta tras de sí con un solo movimiento fluido de su brazo libre, sellando el mundo exterior y quedando a solas con ella en su propio universo.

Su excitación alcanzaba cotas insoportables. Él la estrechó con fuerza contra su cuerpo, acariciándola, y en ese contacto íntimo, se percató de inmediato de que no llevaba ropa interior.

—No llevas nada —susurró contra sus labios cegado por el deseo.

—No —dijo ella, con la voz entrecortada—. Me lo quité en el coche.

—¡Dios! —bramó él, agarrándola con más fuerza.

Su erección era imponente, una presencia poderosa que reclamaba atención.

Con un movimiento rápido y experto de una mano, se bajó los calzoncillos y la sentó sobre la isla de la cocina.

La superficie, siempre impecable y fresca, le arrancó un gemido de placer al notar el contraste con su piel ardiente.

Él comenzó a recorrerle el cuello, plagándolo de besos húmedos y urgentes; de repente, le arrancó la blusa de un tirón brusco, haciendo saltar todos los botones por el aire como pequeñas balas perdidas.

Bajo la seda desgarrada, sus pechos aparecieron duros, excitados y deseosos.

La privó de su sujetador con rapidez, dejándolos libres para poder morderlos y disfrutarlos; sus pezones, tensos y erectos, parecían dos diamantes endurecidos esperando ser tallados.

Los lamió con devoción, trazando círculos lentos y tortuosos alrededor de la areola que la hacían arquearse hacia él.

Con cuidado pero con determinación, la echó hacia atrás hasta tumbarla completamente sobre la isla. La despojó de la falda azul en un instante, dejando libre todo su cuerpo; ofrecida ante él como un regalo exquisito.

Recorrió su piel, centímetro a centímetro, con una lentitud deliberada que erizaba su carne; siguió bajando por el abdomen hasta encontrar la humedad que delataba su deseo, y al confirmar la excitación extrema que su tacto le provocaba, se encendió él también con una intensidad voraz.

Ella gemía una y otra vez, perdida en un éxtasis de placer que la hacía suplicar más y más. Él la devoró por completo, poseyéndola con un ansia que no admitía demora, hundiéndose en su interior justo cuando la tensión se volvió insoportable.

Bastaron dos o tres embestidas profundas, certeras y demoledoras para llevarla al clímax, liberándola en una oleada de puro gozo; él se dejó arrastrar por esa misma corriente, derrumbándose junto a ella, exhausto pero profundamente complacido.

Después, abrazados sobre la isla, desnudos y llenos de amor, se besaron y se entregaron con tranquilidad, recuperando el aliento.

—Eres una niña mala —susurró él junto a su boca, con la voz aún ronca por el deseo—. Viniendo aquí sin braguitas y sabiendo exactamente lo que me provocas.

—Eres tú el que hace que yo sea una niña mala —le devolvió ella en un susurro cómplice, dibujando una sonrisa traviesa en sus labios mientras le acariciaba el pecho—. Ahora ya podemos cenar —rio ella, recuperando el aliento y la compostura poco a poco.

Él se rio también, acariciándole el cabello.

—Oh. Se me olvidó la botella de vino que te había preparado —dijo Isabella, con una risa suave mientras se dejaba mimar.

—No pasa nada —respondió él, besándole dulcemente el hombro y mirándola con ojos brillantes—. Aquí hay vino de sobra. ¿Abro una botella de blanco?

—Perfecto…

Siempre con el deseo de sorprenderla y de explorar nuevas experiencias a su lado, Jacob decidió comprar una fondue; un capricho que había probado en algunos restaurantes y cuyo ritual compartido siempre le había parecido divertido.

Tener una en su propio hogar para disfrutarla con Isabella era un plan idílico.

De momento, el aparato aún descansaba virgen en su caja, esperando ser descubierto esa noche.

Había preparado un banquete minucioso: pollo, ternera veteada, cordero tierno y pavo suave, acompañados de una explosión de colores vegetales: pimientos, rodajas de calabacín, champiñones, espárragos trigueros, ramilletes de brócoli y zanahorias baby.

El set incluía además una olla hermana, más pequeña y elegante, destinada a fundir quesos gourmet o chocolate para el postre.

Jacob no había dejado nada al azar; cada detalle había sido pensado para sorprenderla, para hacerla sentir una princesa, disfrutando él mismo del proceso de compra y de la anticipación de su ilusión.

Cuando por fin lograron separarse —una hazaña cada vez más imposible—, él fue desvelando poco a poco el misterio de la velada.

Primero dispuso los ingredientes sobre la encimera como un artista culinario. Isabella, aún intrigada, observaba sin comprender del todo en qué consistiría la cena. Entonces, Jacob extrajo del mueble de la isla una caja enorme.

—¡Una fondue! ¿Has comprado una fondue para la cena? —preguntó ella, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—Exacto, mademoiselle —respondió él, adoptando un exagerado acento francés—. Esta noche, cena francesa. Fondue de carne y verduras, acompañada de una reducción de quesos con pan artesanal.

—Madre mía... —exclamó ella, llevándose las manos a la boca—. Qué maravilla, Jacob. ¿Todo esto lo has preparado para mí?

—Por supuesto. Y para el postre otra pequeña sorpresa —añadió ilusionado.

Entre los dos desempacaron las piezas, las enjuagaron, las secaron y comenzaron a organizar los cuencos.

Mientras el aceite comenzaba a chisporrotear, prepararon el escenario para una noche donde la comida y el vino blanco serían solo el pretexto para sus besos, sus caricias y sus risas.

Cuando los trozos de la exquisita carne ya estaban dorados y habían reposado el tiempo suficiente para no quemarse, ambos se los daban el uno al otro en un juego precioso de alimentación íntima y sensual.

—Mmm..., el queso está espectacular, Jacob. Bueno, en realidad... todo lo está —dijo ella, mirándolo con una sonrisa enamorada—. Gracias por esto. Siempre me sorprendes.

—Me sale solo, Isabella —la voz ronca que le solía salir en momentos íntimos era desgarradora—. Me encanta cuidarte —dijo, acariciándole la nariz pecosa con la punta del dedo—. Estoy loquísimo por ti, espero que lo sepas.

Ella se derretía, asintiendo, sonriendo y mordiéndose el labio inferior.

—Claro que lo sé. Yo también estoy loca por ti.

Cuando estaban juntos, no había otra realidad.