El secreto de Isabella 22
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Desde la noticia, Francesca vivía sumida en una pena constante; una niebla gris parecía envolverlo todo, tiñendo cada rincón de su existencia con una tristeza infinita.

Le mandaba mensajes a todas horas, desesperada. Por las noches, envalentonada por alguna copa de vino de más tras la cena, le suplicaba que se replanteara la decisión tomada, asegurando que estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para recuperarlo.

Jacob respondía a esos mensajes con toda la educación que le era posible, siempre dejando claro que la decisión era irrevocable y que no iba a volver a casa con ella.

También respondía a las llamadas, que no eran pocas, en las que ella se deshacía en lamentos por no haber hecho algo para evitar llegar a ese punto.

Francesca se culpaba obsesivamente de la decisión de Jacob; estaba completamente convencida de que tenía algo que ver en ello, que no había sido lo suficientemente cariñosa —aunque lo había sido, y con creces—, que no había estado a la altura o que, quizás, en su afán por complacerlo,

le había dado demasiado espacio cuando debería haberlo retenido, o demasiado poco cuando necesitaba aire.

Cualquier motivo que se le ocurría durante las largas horas que pasaba rumiando su relación, que eran muchas, era válido para lamentarse y echarse la culpa a sí misma.

Él le repetía una y otra vez que la culpa no era suya, sino que aquello venía sobrevenido por un comienzo de relación que no se basó al cien por cien en el amor verdadero.

Le explicaba que se había dado cuenta de que esa situación no podía seguir avanzando más, que sería injusto para ambos prolongar una farsa.

Sin embargo, Francesca le echaba en cara, en cuanto veía que la conversación no tomaba el rumbo que ella deseaba, su certeza absoluta de que mantenía una relación con otra mujer.

Exigía saber quién era, elevando la voz hasta los gritos, poniéndose nerviosa y farfullando palabras incoherentes entre sollozos y acusaciones desordenadas.

Jacob juraba y perjuraba que no había nadie, aunque cada mentira le quemaba la garganta, porque cada día que pasaba se enamoraba más y más de su hermosa Isabella.

Le estaba costando horrores soportar los ataques de celos de su mujer, sus arrebatos cuando las cosas se torcían en la conversación; charlas que comenzaban muy amistosas pero que se tornaban en tragedia a medida que avanzaban los minutos.

Jacob estaba cansado de escuchar sus súplicas, sus quejas y sus exigencias acusatorias.

Pero aguantaba; creía que se lo debía por los años compartidos y por haberse enamorado de otra persona.

El tiempo que pasó devolviendo mensajes y atendiendo las llamadas de la que, sobre el papel, aún era su esposa, Isabella se centraba en organizar las vacaciones de verano de Josephine.

Todo el papeleo cubría la mesa de la cocina: folletos de cursos de verano, fichas de inscripción y calendarios plastificados. Isabella se había encargado de diseñar un plan milimétrico para cubrir las semanas desde julio hasta la vuelta al cole en septiembre.

Las mañanas estarían dedicadas al campus intensivo de tenis y piscina, seguido de tardes de disciplina en la academia de ballet.

El broche de oro del mes de julio sería la gran aventura: dos semanas enteras de campamento de verano, donde Jo y Mandy convivirían en un entorno de naturaleza completamente supervisado.

Para agosto, el ritmo bajaría un escalón, pero sin perder el dinamismo; Isabella la apuntaría al campus de natación y actividades acuáticas del club privado de tenis durante las mañanas, compartiendo de nuevo grupo con Mandy y dejando las tardes libres para que pudieran hacer lo que les apeteciera,

siempre y cuando fueran actividades productivas, claro.

Finalmente, la primera semana de septiembre, justo antes del regreso oficial a las aulas, se empezaría a preparar para el curso que le esperaba, que cada vez eran más duros y exigentes.

Estaba todo controlado.

Entre tanto papeleo, el caos organizativo y las ganas imperiosas de ver a Jacob, decidió llamarlo por teléfono.

Un tono.

Dos tonos.

Tres tonos.

—Hola, princesa.

—Hola, mi amor. Te echaba de menos ¿Qué tal con Francesca? ¿Está más tranquila? —quiso saber ella, ya puesta al tanto de toda la situación vivida en esos momentos.

—¡Qué va! me tiene loco, Isabella. Y no quiero ser desagradable con ella, pero bebe por las noches y entonces me llama o me escribe. Primero llora y suplica, luego me grita y me interroga. Estoy agotado.

—Es normal, Jacob. Cualquiera lo estaría en tu lugar. Pero piensa que ella está destrozada; ha perdido al amor de su vida. Yo me moriría si tú me dejaras —dijo con una voz seductora y cargada de deseo—. ¿Hoy vas a empaquetar tus cosas, verdad?

—A ti jamás te dejaría. Sería yo quien moriría entonces —respondió él—. Sí. Tengo que separar todas mis cosas, dejarlas medio listas para empaquetar. Luego vendrá la empresa de mudanzas para trasladarlo todo a mi estudio.

—Me encantaría ayudarte y poder estar contigo.

Él soltó una carcajada.

—¿Te imaginas? Que te vea allí recogiendo las cosas conmigo. Se vuelve loca y nos acuchilla —rio, aunque con un fondo de verdad inquietante.

Isabella también se rio imaginando la escena, que desde luego resultaba aterradora.

—Bueno, luego me cuentas qué tal ha ido, ¿vale? Porque me imagino que ella aprovechará para acosarte mientras recoges —dijo bajando la voz con un tono de preocupación.

—No tienes de qué preocuparte. Estoy tan locamente enamorado de ti que no veo ni a un palmo de mis narices —dijo él, sonriendo al teléfono tiernamente—. ¿Cuándo te veré?

—¿Te apetece que hoy cenemos juntos? —preguntó—. Sabes que todavía me debes algo —dijo ella, cambiando el tono de su voz a uno más mimoso.

—¡Pues claro que me apetece! Cena en mi casa y concierto privado para la dama. Me parece el plan perfecto —respondió en un tono risueño.

—Genial. Dime qué llevo.

—Ni se te ocurra traer nada. Ya sabes que me gusta cuidar de ti y que me encargo yo de todo.

—Está bien —dijo ella.

Llevaré una botella de vino gran reserva de la bodega, pensó para sus adentros, imaginando ya el brindis que celebrarían.

—Tengo que organizar unas cuantas cosas para dejar listo el verano y las vacaciones de la pequeña; después iré al trabajo.

Hoy iremos antes al gym, que es viernes y estamos agotadas de la semana —se llevó los dedos a los labios, mordiéndoselos mientras enumeraba sus planes a Jacob con gesto pensativo—.

Sobre las seis y media intentaré estar en el estudio, ¿vale? —concluyó.

Él sonrió al otro lado de la línea.

—Me encanta cuando me vas contando en voz alta todos los planes que se te pasan por la cabeza —suspiró—. Me parece todo genial. Aquí te espero con la cena lista. ¿Alguna petición en concreto?

—Sorpréndeme —dijo sin más.

Las clases de piano finalizaban con la entrada oficial de las vacaciones de verano; era algo que Matthew ya había pactado tiempo atrás. La exposición musical de la pequeña se había llevado a cabo con gran éxito; había tocado la pieza de manera magistral.

Esas citas encubiertas bajo la excusa de la música se acabarían, no sin causarles una profunda pena a ambos, pues se enriquecían mutuamente en esos encuentros.

Jacob dejaría de dar clases tanto a Jo como a Robin. A partir de ahora, su vida se simplificaba: se dedicaría a sentarse frente a su piano y componer exquisiteces para Broadway y otras entidades para las que producía música.

Se sentía muy afortunado de poder vivir de su arte. Era una profesión dura, sí, y muy solitaria, pero la música era su vida, su manera de expresarse, su lugar en el mundo. Jacob se sentía pleno y feliz.

Isabella, tras una jornada laboral en la que se había divertido mucho, y se había sentido realizada, se fue al gimnasio con las chicas.

En esta ocasión, asistieron a una clase de hot yoga que las dejó exhaustas pero satisfechas; el refrigerio posterior sirvió para comentar los avances de la semana, el colegio de los niños, las notas y todo aquello que ya discutían a diario en el chat grupal.

Luego se dirigió a su casa, donde la recibió una niña exultante de felicidad porque el cole había terminado y el maravilloso verano se abría ante sus ojos.

—Mamá, estoy muy emocionada. Mandy y yo no dejamos de hacer planes. El verano va a ser genial.

A Isabella le encantaba ver a su hija tan entusiasmada.

—Qué mayor te haces, mi vida —dijo mientras le acariciaba el rostro con cariño—. Me alegro mucho de que os haga tanta ilusión el verano.

—Es que nos lo vamos a pasar de miedo —aseguró la niña.

—Estoy segura de ello, mi amor.

—¡Mami, mami! —dijo poniendo morritos—. Dime que puedo dormir con Mandy hoy.

—Pero cariño, no estaba planeado. No he hablado con su mamá, ni siquiera sabemos si tiene otros planes.

En ese momento, el teléfono de Isabella sonó. Era Christine, la madre de Mandy, quien entre risas le transmitió la insistencia de su hija: quería que Jo pasara la noche en su casa.

—Justo ahora Josephine me estaba preguntando si podía ir a dormir con Mandy... Estas niñas... Parece que lo tenían todo perfectamente planeado, por lo que veo —dijo Isabella, intercambiando una mirada cómplice con su hija, quien contenía la respiración a la espera de la respuesta.

—Se ve que sí —rio Christine al otro lado de la línea—. Por mí no hay ningún problema. Mi marido está fuera, para variar, y yo no tenía ningún plan esta noche. Les monto una cena estupenda en un pis pas.

A Isabella, en realidad, ese imprevisto de la tarde le venía de perlas. Podría pasar la noche entera con Jacob sin problema alguno, liberada de la angustia de tener que regresar a casa para que Jo no detectara su ausencia, o de sentirse culpable si decidía quedarse fuera.

—Venga, está bien. Le preparo la mochila y la acerco en un rato.

—Perfecto. Os esperamos.

Las dos chicas de la casa se prepararon para sus respectivas citas: Jo, para pasar la noche entre palomitas, películas, una cena exquisita y cojines de plumón; y ella, para una velada que deseaba más que nada con su perfecto amante, convertido con el paso de los días en novio formal.

—Mamá, ¿tú a dónde vas? —quiso saber la pequeña.