21 #3
Estaba feliz: Francesca estaba fuera de combate definitivamente, ya no había de que preocuparse. Los celos viscerales que le provocaban la mera idea de que su mujer pudiera ponerle un dedo encima acababan de desvanecerse en medio de la nada.
Pero inmediatamente surgió el miedo: ahora podía ser que él exigiera lo mismo.
Podría ser que hubiera hecho eso con un objetivo claro: que ella dejara a Matthew y lo eligiera a él.
El terror se apoderó de inmediato de su cuerpo.
No esperaba esa reacción en sí misma; creía que deseaba que él fuera solo suyo, pero ahora que ese deseo era una realidad, se sentía aterrada.
Antes era más fácil, pensaba su cabeza acelerada: los dos con pareja, manteniendo esta aventura en secreto, buscando huecos para vernos y disfrutarnos. Pero ahora él no tiene a quién dar explicaciones, de quién esconderse; es libre. ¿Y si me exige a mí lo mismo?
Ella no podía dejar a Matthew, y muchísimo menos a su hija.
No tenía pensado que su Josephine anduviera de un lado para otro, de un padre a otro, con una familia rota y dos casas en las que vivir.
No lo podía permitir. Además, Matthew era bueno; no había motivos reales para dejarle.
Eran una familia. Pero, al mismo tiempo, ni se replanteaba siquiera dejar a Jacob.
¿Entonces, qué va a pasar? ¿Qué le digo? ¿Qué espera leer? ¿Qué quiero que lea? ¿Cómo me siento respecto a esto? Todas y cada una de esas preguntas luchaban por obtener respuesta en su cabeza. Sintió miedo, dudas, incluso vértigo.
Finalmente, optó por ser honesta con él: «No sé cómo sentirme al respecto con esta noticia, Jacob».
La respuesta de él llegó casi al instante: «Es normal. No tienes que sentirte de ninguna manera, mi amor; las cosas no cambian. Simplemente no podía seguir así. Yo ya no siento ninguna atadura a mi mujer. Debía ser honesto conmigo y con ella, y dejarla ir. Solo quería compartirlo contigo.
No te pido nada, solo quería que lo supieras».
Ella sonrió al teléfono. Amaba a ese hombre, eso lo tenía claro, y le habría gustado ser tan valiente como él estaba siéndolo, enfrentando la situación y decidiendo sentir y vivir plenamente una verdad tan pasmosa como la que estaban compartiendo.
Pero ella era una cobarde. O quizá una mujer dividida entre dos realidades, incapaz de decidirse por una de ellas, incapaz de saber a ciencia cierta cuál era la adecuada, la mejor.
Decidió llamarlo, este tema precisaba de una conversación.
Un tono.
Dos tonos.
Tres tonos.
—Princesa, no quiero que te quedes preocupada por esto —dijo él nada más contestar, a sabiendas del batiburrillo de dudas que albergaría en su cabeza.
—Siempre me contestas al tercer tono —rio ella con cariño.
—Sí —dijo él—. No sé, lo tengo por costumbre, no sabría decirte cuál es el motivo.
—Te quiero, Jacob, y necesito que lo sepas. Me has devuelto a la vida. Lo que siento por ti es real. Pero… —titubeó, no sabía muy bien cómo expresar sus sentimientos—. Ya sabes las dudas que albergo, los miedos y…
—Lo sé, Isabella, lo sé. Ya lo hemos hablado.
No he dejado a Francesca esperando una respuesta igual por tu parte.
Lo he hecho por mí. No la amaba, nunca la amé en realidad, ahora lo sé.
Independientemente de lo que tú hagas, no quiero seguir con alguien a quien no quiero como debería o como ella espera o se merece.
—¿Y cómo ha ido?
—Mal. Pero bueno, estas situaciones creo que van mal siempre.
—Sí, yo también lo creo.
—No te voy a decir que no deseo que dejes a tu marido y te vengas conmigo, Isabella. Sería un mentiroso. Pero entiendo tu situación. Sé por lo que estás pasando. Tú tienes mucho más que perder que yo y lo sé.
—Yo también sé que esta situación es difícil para ti, Jacob. No sabes cómo me gustaría que las cosas fueran distintas.
—Sí, lo sé, Isabella. Y sí que es difícil.
Pero yo también sabía a lo que me enfrentaba.
Cuando te vi aparecer en la entrada de tu casa y nos dimos cuenta de quién era quién...
de inmediato comprendí lo que implicaba.
Pero no me importó; solo podía pensar en estrecharte entre mis brazos y besarte.
Pude haberme ido en ese preciso instante. Pero no lo hice.
—Ese día me quedé alucinada, Jacob. ¿Te acuerdas? —preguntó ella riendo—. Es que ni en un millón de años habría imaginado que el chico del choque sería el profesor de mi hija.
—Claro que me acuerdo, ¿cómo olvidarlo? Ya me quedé prendado de ti el día de la fiesta. Cuando te vi en la entrada de tu casa, me volviste loco. Tan preciosa, tan vulnerable… cuando levantaste la mirada y me viste entraste en ataque de nervios.
Jacob se reía a carcajadas.
Habían sido los protagonistas de dos flechazos indiscutibles: el primero, aquel día del roce en el hotel; el segundo, el instante exacto en que sus miradas volvieron a cruzarse de nuevo.
La conversación telefónica fluyó durante un buen rato, hasta que los dos se despidieron dejando claro lo mucho que se amaban y las ganas que tenían de verse.
Isabella se encontraba ante dos hombres que parecían rallar la perfección, a cada cual mejor persona; dos hombres que la amaban, cada uno a su manera.
Se hallaba en una verdadera encrucijada que, si bien era cierto que la hacía sentirse más viva que nunca, no se la habría deseado ni a su peor enemiga.