El secreto de Isabella 21 #2
75%

21 #2

—Lo sé... En parte es culpa mía. Siempre lo supe, pero miré hacia otro lado porque te amo demasiado —susurró ella, llorando desconsoladamente.

Jacob le cogió la mano, notando cómo temblaba entre las suyas.

—Has sido una esposa ejemplar. Eres una mujer maravillosa.

Lo pienso y siempre lo pensaré. Y siento estar haciéndote esto.

Teníamos un futuro por delante; te hice creer eso.

Y ahora te dejo sin más, sin una explicación aparente.

Me siento muy mal, Francesca. Pero la decisión está tomada.

No es justo para ti seguir en esta situación.

Ella se ablandó al ver el rostro de Jacob compungido, sus ojos enrojecidos y al borde del colapso. Él estaba sufriendo, eso era evidente, pero se le veía regio en su decisión, inamovible. Aun así, ella intentó persuadirlo, aferrándose a cualquier esperanza.

—Quizás sea una fase. Quizás, si estamos separados un tiempo, me eches de menos. Quizás te arrepientas. ¿No hay nada que yo pueda hacer para que cambies de opinión? Dime que sí, Jacob, haré lo que sea.

Su voz sonaba desesperada, rota. Jacob se levantó y acercó su silla a la de ella para poder estar más cerca y abrazarla.

—Siempre voy a estar aquí para lo que necesites. Y yo no puedo predecir el futuro, pero quiero que sigas con tu vida. No quiero que estés esperándome; ya lo has hecho bastante, Francesca. Lo siento mucho de verdad.

Ella se abrazó a él y lloró desconsoladamente.

—¿Cómo voy a seguir con mi vida, Jacob, si mi vida eres tú? —dijo llorando a moco tendido.

Francesca tenía esperanzas puestas en esa relación, soñaba con envejecer al lado de su marido; no se esperaba que el día terminara así, que la cita tuviera esa finalidad, ese objetivo. Lloró y lloró, empapándole el polo de lágrimas a su marido hasta que ya no le quedaron más fuerzas.

—No entiendo esto que está pasando, Jacob, no puedo creerlo —dijo finalmente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, con la mirada perdida en el puente de Brooklyn.

—Ahora es un shock, lo sé. Pero créeme que es lo mejor que puede pasar —dijo él, en un intento torpe por consolarla.

Le hubiera gustado poder decirle la verdad, haber sido sincero.

Contarle lo que había sucedido sin que él lo buscara.

Explicar cómo la vida le había puesto ante los ojos la prueba definitiva de lo que es el amor verdadero.

Ese que te deja sin aliento, que te quita el sueño y el hambre, que hace que solo pienses en la otra persona, que la desees a todas horas, que no quieras separarte ni un instante de su lado, embebiéndote de cada segundo juntos. El amor que fluye solo.

Pero también sabía que había hecho bien en callar; revelar eso habría sido una canallada. A veces, una mentira es un regalo. Una mentira evita un dolor innecesario. Una mentira cubre una verdad abrasadora con la que vivir quizás resultaría insufrible, insoportable.

Era obvio que el almuerzo había llegado a su fin. Jacob pidió la cuenta y pagó la factura. Después, le pidió que lo dejara acompañarla hasta su trabajo; no quería dejarla sola, así como estaba. Se sentía tremendamente culpable.

Ella le dijo que sí. A pesar de lo que acababa de decirle, de que la acababa de dejar de manera aparentemente definitiva, quería estar a su lado.

Era incapaz de separarse de él de manera voluntaria; haría lo que fuera, se rebajaría a lo que fuera con tal de estar con él unos minutos más. Estaba muy enamorada.

Cuando ya estaban frente al edificio, ella lo miró con una mirada suplicante, intentando por última vez que cambiara de opinión.

—¿Vendrás a casa a recoger tus cosas? —preguntó, aferrándose a esa excusa como a un clavo ardiendo—. No me puedes dejar así, Jacob —sollozó de nuevo.

—Lo siento de verdad, Francesca. Y sí, iré a recoger mis cosas uno de estos días. Te avisaré antes, ¿de acuerdo? Lo siento —respondió él con suavidad, pero con firmeza.

Y se marchó. De todos modos, ya no podía hacer nada llegados a ese punto.

La decisión estaba tomada y ella tendría que afrontarlo y superarlo como pudiera.

Él había hecho lo que tenía que hacer y no había mejor manera de hacerlo.

Las rupturas son así: frías, dolorosas, horribles y desoladoras. Pero es lo que había.

Francesca estaba paralizada. Su cerebro no era plenamente consciente de que lo hablado momentos antes constituía una despedida definitiva de su marido; aún no lo había procesado bien. No se lo creía. Pero, en efecto, así había sido.

Jamás perdería la esperanza. Sabía que las relaciones se rompían, pero también que podían volver a arreglarse.

Conocía casos de muchas personas que habían pasado periodos separados y luego lograron reconciliarse.

Conocía a Jacob y sabía cómo era. Quizás esto fuera solo un lapsus, una de sus locuras de artista, y que con el paso del tiempo, al sentirse solo, volvería a sus brazos.

Lo vio alejarse sin mirar atrás. Subió a sus oficinas y continuó su jornada laboral hecha polvo, llorando cuando nadie la veía y haciendo sus propias elucubraciones acerca de cuál sería el verdadero motivo de esa repentina separación.

Sabía que probablemente habría una mujer de por medio, pero que él no había querido contárselo para no hacerle más daño.

Aun así, no pensaba darse por vencida. Era su marido y lucharía por él, costara lo que costase.

Jacob se fue a su apartamento con una sensación contradictoria: tranquilo y liberado por haber dado el paso que quería dar, pero preocupado por las consecuencias.

Estaba dejando atrás una buena vida, construida con una mujer maravillosa que lo amaba incondicionalmente y que lo querría a pesar de todo, incluso conociendo la cruda verdad de su desamor; y lo hacía por otra mujer que estaba casada, tenía una hija y una vida establecida, y que, muy probablemente,

no lo dejaría todo por él.

¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿Se estaba equivocando?

Sabía que la relación que estaba llevando ahora con Isabella no sería así para siempre.

Matthew volvería de su viaje, estaría en casa, y la dinámica cambiaría radicalmente.

Las citas se reducirían, ella se sentiría agobiada por la constante búsqueda de excusas para verlo, la intensidad se enfriaría e Isabella estaría entre la espada y la pared, obligada a tomar una decisión definitiva.

Y Jacob sabía, no sin sentirse dolido por ello, que él sería el perjudicado en esa ecuación.

Esa noche, alrededor de las ocho, sabiendo que Matthew estaba fuera y que Isabella podría recibir y contestar mensajes sin miedo a ser descubierta, Jacob decidió escribirle.

En el mensaje solo decía: «Necesito verte y hablar contigo. He de contarte algo».

Cuando Isabella lo recibió, estaba terminando de cenar con la pequeña Jo. El teléfono no estaba sobre la mesa ni siquiera cerca; lo había dejado dentro de su bolso, que descansaba sobre el pequeño sillón de su vestidor, junto a la ropa que se quitaba al llegar a casa.

Cuando Josephine ya estuvo dormida, ella se dirigió a su habitación para proceder con su rutina de skincare nocturno y meterse en la cama. Cogió el teléfono del bolso y vio el mensaje de Jacob.

Le contestó de inmediato: «Hola, Jacob. Perdona, estaba cenando con la pequeña y acostándola. ¿Qué ocurre? Parece importante».

Jacob, en su apartamento, escuchó la vibración del teléfono y supo que era ella. A su mensaje, respondió con dedos firmes: «He dejado a Francesca. No podía seguir más así. Solo quería contártelo».

En el fondo él quería sentir cómo ella se alegraba con la noticia; llegó incluso a pensar, en un arrebato de ilusión infantil, que quizás ella le diría que también lo dejaría todo por él, que se fugarían juntos a alguna isla desierta y serían felices por toda la eternidad.

Pero sabía que eso no pasaría.

Se quedó inmóvil, mirando la pantalla, esperando a que ella dijera algo, lo que fuera.

Isabella, con el teléfono en la mano, necesitó unos minutos para procesar la magnitud de la noticia.