El secreto de Isabella 21
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Jacob sabía que no podía seguir más tiempo escondido en su estudio, evitando volver a casa y enfrentar a Francesca. No tenía ningún sentido. Ni su cuerpo ni su mente tenían ganas de lidiar con lo que estaba a punto de ocurrir, pero la cobardía nunca había sido una opción.

No quería seguir sintiéndose atado a ella como pareja. Había descubierto el amor verdadero. Nada que no fuera eso le bastaba.

Estaba decidido a tener una conversación honesta y afrontar la situación. Independientemente de si Isabella decidía dejarlo todo para estar con él o no, Jacob había tomado su propia decisión: dejar atrás su matrimonio y seguir adelante solo si era necesario, pero libre.

De todos modos, ahora que había visto la realidad de su historia con Francesca, pensaba que sería injusto seguir haciéndola perder su tiempo; ella quería hijos y él no iba a dárselos.

Dejarla sería lo más honesto llegados a esta situación, para que ella pudiera seguir adelante con su vida y formar una familia.

Le perturbaba y le hacía sentirse culpable pensar, que tal vez, para eso ya fuera demasiado tarde.

Se despertó en el estudio. El calor que hacía en el apartamento era soberano; el verano se cernía sobre la ciudad sin piedad alguna. La luz del sol mañanero entraba a borbotones a través de los ventanales.

Se dirigió al baño y se miró al espejo. Se sintió extraño: feliz, porque estaba enamorado —el amor dispara las endorfinas y la dopamina, creando una euforia química real—, pero una losa pesada caía sobre sus hombros.

La mujer a la que amaba no era libre. Y en el fondo de su corazón, sabía que jamás lo sería.

Sabía que Isabella nunca dejaría a Matthew, que jamás se alejaría voluntariamente de su hija.

Conocía lo que un divorcio suponía para una mujer como ella; no era tonto.

Sabía a lo que ella tendría que enfrentarse para poder estar con él y creía, muy a su pesar, que Isabella no tomaría esa decisión.

Aun así, él necesitaba sentirse libre. Quería poder estar en su propia casa a tiempo completo sin tener que inventar excusas diarias para su esposa, diciéndole que se quedaba una noche más en el estudio para componer,

cuando la realidad era que simplemente no quería estar más con ella ni deberle explicación alguna.

Se duchó con agua fría para despejarse y se vistió con ropa muy ligera. Se tomó un café bien cargado y llamó a Francesca. Sabía que estaría trabajando, pero quería cerciorarse. Le diría que, después de la jornada laboral, iría a casa para verla y hablar con ella.

De inmediato, Francesca sugirió que se vieran para comer. Jacob rechazó la oferta inicialmente; no consideraba que lo que tenía que decirle debiera hacerse sentado a la mesa de un restaurante, rodeados de gente. Estaba claro que ella creía que la conversación iría por otro lado.

Pero insistió, e insistió, como solía hacer cuando se ponía terca, argumentando que hacía mucho tiempo que no se veían y que le debía una comida como Dios manda.

Jacob aceptó finalmente, probablemente más por agotamiento mental y para dejar de escuchar sus súplicas que por verdadera voluntad.

Se dijo a sí mismo que podía comer con ella y posponer la conversación para el momento en que regresaran a casa, buscando un entorno más privado.

—Está bien —dijo, rendido por el agotamiento.

Cuando la hora del almuerzo se acercó, Jacob cogió las llaves de su coche y salió de su apartamento.

Condujo hacia Brooklyn, cruzando el East River hasta llegar a Dumbo.

Aparcó cerca del parque y caminó hacia Juliana's, la histórica pizzería situada justo debajo del puente.

Su terraza era legendaria: mesas sencillas desde las que se alzaba, imponente y majestuoso, el entramado de cables y piedra del puente, ofreciendo una de las vistas más icónicas de Nueva York.

Servían sus famosas pizzas sobre unas bandejas metálicas con unas patitas pequeñas que elevaban la comida de la mesa.

Cuando Jacob se iba acercando a la terraza, la vio sentada.

Francesca era preciosa, eso era innegable.

Hacía tiempo que no se veían; no era nada raro en ellos.

Debido al trabajo absorbente de Jacob y a su naturaleza solitaria, era normal pasar períodos largos sin apenas contacto físico, sobreviviendo a base de mensajes y llamadas breves.

A ella no le importaba. Era un precio que tenía que pagar por estar con el hombre al que amaba.

Cuando se percató de su llegada, se levantó de un salto y corrió a abrazarlo. Lo amaba de verdad. Mucho. Ella no sospechaba ni por un instante que la verdadera intención de aquella cita distaba mucho de lo que esperaba.

—Hola, mi amor —dijo, estrechándolo contra su cuerpo—. Estaba deseando verte. No quería interferir en tu trabajo, pero estuve a punto de presentarme en tu estudio. Moría por verte.

—Hola, Francesca —dijo él serio, forzando una sonrisa.

Jacob tenía la mirada triste. Le apenaba enormemente encontrarse en esa situación, teniendo que abandonar a una mujer que sabía que era una persona increíble.

Se sentía culpable por no poder amarla como amaba a Isabella, pero la realidad era que no lo hacía.

La quería como a una amiga entrañable, deseaba que todo le fuera bien, pero sabía que su futuro no sería a su lado.

Habían agotado el tiempo que tenían juntos.

Ella notó el semblante serio de él, la rigidez en sus hombros que no cedían al abrazo. Jacob no podía ni siquiera corresponder como era debido a su gesto; su amor profundo por Isabella paralizaba sus músculos, impidiéndole mostrar el afecto que su esposa buscaba.

—¿Ocurre algo, Jacob? Estás raro.

—Sí, Francesca, ocurre algo —respondió él, sin sentarse aún.

Era un hombre directo, claro, sin demasiadas florituras a la hora de hablar o enfrentar situaciones.

Cientos de pensamientos comenzaron a luchar por ganar terreno en su mente, atormentándolo con dudas corrosivas.

¿Hubiera sido distinto si tuviéramos hijos?, se preguntaba para sus adentros, con un nudo en la garganta.

¿Sería yo capaz de fingir, como hace ella ante su marido y su hija, solo por mantener viva una familia? La respuesta llegó casi de inmediato, cruelmente clara: Probablemente. No voy a juzgarla por eso; desconozco lo que es amar a un hijo por encima de todo.

Esos pensamientos chocaban violentamente en su cabeza contra las palabras que debía pronunciar. Odiaba estar en esa encrucijada, desgarrado entre la compasión y la verdad, y quería salir de ella cuanto antes.

—He pedido una pizza de pepperoni —dijo Francesca, con la voz temblando ligeramente, intuyendo que algo no iba bien. Sus palabras rompieron de golpe el hilo de sus pensamientos, sacándolo de esa abstracción dolorosa—. Tu favorita.

—No tengo mucha hambre, Francesca, pero gracias —murmuró él, tomando asiento frente a ella y volviendo a la realidad.

—Vale, dime qué pasa, me estás asustando.

Jacob sabía que lo que iba a hacer era duro; sería el fin para ella. Conocía lo enamorada que estaba, se lo había demostrado con creces, a pesar de no haber sido correspondida con la misma intensidad.

—No sé cómo decirte esto. Llevo pensando en cómo hacerlo todo el camino; de hecho, llevo días dándole vueltas, Francesca. Es muy duro para mí, porque sé que te haré daño.

—¡Quieres separarte de mí! —sentenció ella, comenzando a dejar ver las lágrimas que se agolpaban en sus ojos.

Francesca había disfrutado de todo el tiempo posible con Jacob, pero siempre había sabido que él no era un hombre enamorado hasta la médula.

Había dejado que el tiempo pasara, viendo que él seguía a su lado, yendo y viniendo, pero presente en cierto modo.

Pero ella sentía que algo no era del todo completo, que él no desbordaba la pasión que ella sentía.

Siempre supo que lo amaba más de lo que él la amaba a ella, pero le daba igual; se dejaba llevar, aferrada a la esperanza de que algún día la balanza se equilibraría.

Hasta ese preciso momento, bajo la sombra del puente de Brooklyn, donde él parecía decidido a tomar una decisión irreversible.

—¡Sí! Quiero separarme, Francesca —dijo sin más.

Hubo un silencio atronador.

—¿Es por otra persona? —quiso saber ella, con la voz rota de dolor.

En ese momento, Jacob supo que tenía dos caminos.

El de la sinceridad absoluta: confesar que se había enamorado como un loco de otra mujer y que se había dado cuenta de que jamás la había querido a ella como debía.

O el camino pasivo: no mentiroso del todo, pero sí evasivo.

Decirle que la relación se había estancado, que él era un hombre solitario incapaz de amar como ella se merecía, y que lo mejor era que siguieran caminos diferentes.

Optó por el camino corto, el fácil.

El que no requería dar explicaciones sobre quién era Isabella. El camino en el que borraba de un plumazo las posibles imágenes dolorosas que se pasarían por la cabeza de la que aún era su esposa. Quería ahorrarle ese trauma adicional.

También pensó que, si le decía que había otra persona, ella querría saber quién era. No podía desvelar el nombre de su amante; eso era peligroso. Y Francesca era terca como una mula: no pararía hasta conseguirlo.

—No, Francesca. No es por otra persona —mintió, sosteniendo la mirada con firmeza.

—¿Entonces? ¿Por qué es? No lo entiendo, Jacob. Llevamos años casados y ahora, de repente, ¿quieres separarte? No lo entiendo —repitió entre sollozos.

El shock que estaba viviendo Francesca era de dimensiones colosales. No solo por el amor que le profesaba, sino porque todo estaba ocurriendo de la noche a la mañana, sin previo aviso.

—No discutimos, no peleamos, te dejo toda la libertad del mundo, no hay otra mujer... ¿Qué pasa entonces? —quiso saber.

Había que dar alguna explicación.

Y si no se podía recurrir a la verdad de su amor creciente por otra mujer, tenía que ser otra cosa. Pero, ¿qué podía decirle que no la destrozara? Él no quería hacerle daño, pero necesitaba estar solo.

Se sentía agobiado, acorralado, triste, un traidor.

—Creo que nunca te he amado como te mereces, eso es todo —dijo después de unos segundos de silencio tenso.

Las palabras sonaron liberadoras al salir de su boca, o al menos lo sintió como tal.