20 #3
pues paré el ascensor. Estoy loca, ¿verdad?
—No Isa, no estás loca —dijo Sophie—. Te estás enamorando.
Las tres chicas intercambiaron una mirada cómplice antes de dar un sorbo a sus copas.
Estuvieron un buen rato poniéndose al día en la barra, donde disfrutaron de otros dos cócteles más antes de pasar a cenar. Les asignaron una mesa íntima en un rincón apartado, rodeada de biombos de madera tallada con motivos florales y cojines de terciopelo granate.
Pidieron la cena y una botella de vino blanco fresco. Optaron por un Godello de Valdeorras, una joya gallega que la bodega del restaurante tenía importada y que ofrecía esa frescura mineral y afrutada perfecta para la noche.
—¿Y Matthew, Isa? —quiso saber Sophie—. ¿Qué te cuenta de Londres?
—Está muy bien, la verdad. En su salsa. Va todo como la seda, al parecer; más rápido y mejor gestionado de lo que parecía en un principio.
Sacó su móvil y les enseñó las fotos que él le iba mandando cada día con los avances. Una de ellas era un selfie de Matthew sonriente con el edificio histórico de fondo.
—Está guapísimo —dijo Sophie.
—La verdad es que sí —confirmó Isabella.
En ese momento, su mente volvió a disociarse para pasar a ser la Isabella de siempre. La punzada de dolor que hacía días no sentía volvió, esta vez para quedarse con ella toda la cena. ¿Qué estoy haciendo? Volvió a preguntarse una vez más, por si las otras cien veces no hubieran sido suficientes.
Era de locos pararse a pensar fríamente en que estaba llevando dos vidas paralelas como si fuera lo más natural del mundo; y lo más aterrador no era la dualidad en sí, sino que, en el fondo, se sentía perfectamente normal haciéndolo.
Que fuera una experta que ya pasaba días sin ni siquiera sentir dolor o remordimiento le parecía algo surrealista.
Claire le dio un codazo.
—Tranquila —susurró.
Claire sabía muy bien cómo era su amiga y sabía que había momentos en los que bajaba a la tierra, se embebía de la realidad y eso suponía un momento lapidario.
Dieron buena cuenta de la exquisita cena india, todo regado con aquel fantástico vino blanco que limpiaba el paladar entre bocado y bocado.
—¡Chicas! —dijo de repente Sophie, rompiendo el silencio pensativo—. ¡Ya tenemos la casa de los Hamptons!
—Oh, Sophie, ¡no nos dijiste nada por el chat! Qué ganas de conocerla, ¿cómo es? —gritó Isabella emocionada de corazón.
Sophie las puso al tanto de la casa que habían comprado.
Era una casita pequeña, situada justo en primera línea de mar.
La portezuela de madera blanca, que al abrirse, daba acceso directo a la arena y al agua era lo que había terminado de convencer a Sophie.
Estaba pintada en color blanco, con contraventanas en un color azul que se confundía con el color del mar.
Les enseñó las fotos en el móvil. Las tres chicas las disfrutaron por igual, Sophie sintió cómo sus amigas se emocionaban con ella, felices de verla así de contenta, segura de sí misma, ilusionada y disfrutando de la vida que tenía ante sus ojos.
—No sabes cómo me alegra verte así de radiante, Sophie —dijo Isabella apoyando su mano sobre su brazo.
—Sí lo sé, chicas. Claro que lo sé —añadió ella sonriendo conmovida.
Claire también tenía noticias.
—Por fin nos vamos de viaje a Japón. Lo tenemos casi todo mirado.
—¡Qué genial, Claire! ¿Por fin os vais en diciembre? —quiso saber Sophie.
—¡Sí! Este Año Nuevo lo pasaremos en Japón.
Isabella sintió otra punzada de tristeza. Cuando Claire le había comentado tiempo atrás en la galería que barajaban seriamente esa opción, ya se le había encogido el corazón.
Le gustaba estar con las chicas en esas fechas señaladas. Pero ahora, la confirmación le hizo ver otra realidad: no podría pasarlas con Jacob. Le hacía ver con nitidez que, aunque a veces no lo pareciera, esto era lo que era: una aventura con fecha de caducidad.
—Nosotros igual vamos a pasar las Navidades a la casa de los Hamptons, quien sabe —añadió Sophie—. Aún no es algo decidido en firme, pero se baraja también la opción.
—Vaya —dijo Isabella, tornando su rostro, al principio de la cena feliz, en una máscara de tristeza.
—No te pongas triste, Isa. Son solo unos días —intentó consolarla Claire.
—Pero son días especiales. Siempre nos juntamos. Y ahora de repente, tú a Japón, Sophie a los Hamptons y yo... viviendo dos vidas a la vez. Es de locos. Me pone triste.
—¿Qué te pone triste realmente, cariño? —preguntó Sophie, buscando la mirada de Isabella.
—No lo sé, Sophie. Me pone triste de repente todo. ¿Qué voy a hacer? No puedo dejar a Matthew, pero tampoco puedo dejar a Jacob. Y esta claro que tendré que elegir. No puedo estar así siempre.
—No puedes, no —confirmó Sophie, con una dureza necesaria en su voz—. Pero no sufras por ello más de lo que sé que estás sufriendo. Seguro que de una forma u otra, sabes qué decisión tomar.
Entonces, una sensación se apoderó de Isabella. Una sensación de dureza, de realidad pasmosa, que la hizo ver que el cuento de hadas tenía final, como todos los cuentos de hadas. Pero quizás, solo quizás, este no fuera un final feliz.
De camino a casa, subida en el coche que la llevaba a su ático, recibió una llamada de Matthew.
—Hola, cariño —dijo él apenas Isabella contestó al teléfono—. Tenía muchas ganas de oír tu voz. Os echo mucho de menos.
—Hola, Matthew. Iba de camino a casa. Acabamos de salir del restaurante.
—Aquí son las siete de la mañana, acabo de levantarme.
Estaban en contacto telefónico todos los días, no a todas horas obviamente; ya no estaban en ese punto de la relación donde la dependencia era absoluta, y además estaba la diferencia horaria y el hecho de que Matthew trabajaba duro en Londres.
Sin embargo, él siempre la mantenía al día de las últimas novedades y de los avances de la reforma.
Hacía videollamadas a la pequeña todos los días a primera hora de la mañana neoyorquina, que coincidía con la hora del almuerzo en Londres.
No quería perderse verla ni un solo día, ni dejar de tener noticias de su esposa a diario.
—Te noto triste, Matthew.
—Os echo mucho de menos. Tengo ganas de que mi presencia no sea imprescindible aquí y volver a Nueva York con vosotras.
—Bueno, piensa que estás cumpliendo un sueño, cariño. Estoy orgullosa de ti.
No mentía. Estaba orgullosa de su marido. Y lo echaba de menos. Le gustaba tener una figura masculina cerca de ella y de la niña, alguien que cuidara de ellas. La hacía sentirse bien y protegida. Tener el corazón dividido no era ninguna bicoca.
—¿Cuándo vienes a verme? —dijo él, sonando desesperado.
—Dentro de poco, te lo prometo. En cuanto la niña acabe el cole, nos vamos unos días. ¿Hace buen tiempo?
—Bueno... —Matthew hizo una pausa, mirando por la ventana de su habitación temporal—. Ahora mismo esta lloviendo. La temperatura no es mala, estaremos a unos veinte grados…
Ella soltó una carcajada.
—Tiene mala pinta eso de que está lloviendo, pero bueno, no pasa nada, es Londres. Seguro que nos lo pasamos muy bien.
—Sí, eso sí. Es una ciudad maravillosa.
—¿Te acuerdas de aquel viaje que hicimos juntos antes de que naciera Jo? —preguntó ella nostálgica.
—Sí, claro que me acuerdo. Fue un viaje maravilloso. Echo de menos que hagamos cosas juntos.
—Lo sé. Te prometo que cuando vuelvas todo volverá a la normalidad —mintió.
Este impasse en el que Matthew estaba fuera de juego le estaba sirviendo a ella para vivir sin límites su aventura, disfrutando sin necesidad de poner excusas o tapaderas y sin tener que mirar a los ojos a su marido mientras estaba enamorándose de otro hombre.
Había sido un regalo ese viaje de negocios de Matthew a Londres, una liberación temporal. Pero, por un momento, su mente viajó en el tiempo, al viaje que hicieron juntos años atrás.
Él apareció un día con los billetes en la mano. Ella lo esperaba sentada en una mesa de hierro forjado frente a la fuente de Washington Square Park, bajo la sombra de los grandes arcos de ladrillo, tomando un helado de vainilla con trozos de galleta.
Llevaba un vestido de flores precioso, largo hasta los tobillos; estaban en agosto, y Nueva York estaba sumida en una asfixia constante, con el aire vibrando sobre el asfalto. Matthew se presentó delante de ella, sonriente, con los billetes en la mano.
—También tengo el hotel reservado. Es precioso, por cierto.
Ella cogió los billetes y los miró atentamente mientras el helado se le derretía entre los dedos, manchándole ligeramente la mano.
—¿Nos vamos a Londres? —dijo, soltando un pequeño chillido de emoción.
—Sí —contestó él riendo—. Nos vamos a Londres. ¿Te apetece?
—¡Pues claro que me apetece! —exclamó, saltando sobre el hombre con el que sabía que iba a casarse.
Recordaba sentirse eufórica en ese momento.
Él la levantó en brazos, riendo, sin importarle que se le manchara la camiseta de helado; nada importaba excepto la felicidad de la mujer que tenía delante, por la que estaba dispuesto a hacer absolutamente todo.
Y efectivamente, el viaje a Londres fue maravilloso.
Pasearon horas perdidos por el British Museum admirando los mármoles del Partenón, subieron a la cima del London Eye disfrutando de la ciudad desde las nubes y caminaron sin rumbo por Covent Garden, deleitándose con los artistas callejeros y comprando souvenirs en el mercado.
Gracias a la creciente fortuna de Matthew y sus contactos, también vivieron experiencias reservadas solo para quienes tienen las llaves de la ciudad, como el paseo en barca privada por los canales de Little Venice al amanecer, con desayuno servido a bordo por un mayordomo personal,
navegando en silencio absoluto lejos de las multitudes…
Aquellos recuerdos, tan puros y llenos de un amor único, ahora chocaban contra su realidad actual, dejándole un sabor agridulce en la boca mientras el coche seguía avanzando hacia su casa.
¿Podrían esos momentos vividos, esa complicidad adquirida con los años, ese amor tranquilo y pacífico que le brindaba su matrimonio, competir con el fuego desbocado y la vida nueva que le insuflaba Jacob?
Solo el destino, el tiempo y el universo tenían la respuesta a esa pregunta.