20 #2
Corto, por encima de las rodillas, dejando ver ese trozo de pierna tan sugerente sin exagerar demasiado; un equilibrio perfecto entre lo erótico y lo elegante.
La soltura del vestido cayendo sobre sus muslos era demasiado provocadora; ella no se vestía para la cena, se vestía para que él deseara devorarla.
El diseño, de tirantes finos, lucía un escote drapeado en cascada cuyos pliegues estratégicos realzaban su pecho de forma natural, ya que no llevaba sujetador.
En su cuello, solo una minúscula gargantilla de diamantes, apenas perceptible. Se aplicó una crema especial en los hombros, con un toque de brillo, acentuando su atractivo.
El pelo ondulado caía sobre su espalda, y sus pies estaban coronados por unas sandalias abiertas de Manolo Blahnik en el color exacto de su piel.
Con un mini clutch a juego, parecía que solo iba vestida con esa pequeña tela verde que brillaba al moverse. Estaba radiante, sencillamente espectacular.
Se puso unos pendientes de diamante pequeños, pegados a la oreja, y se miró al espejo asombrada de su propia belleza.
Jacob seguía sentado al piano, riendo con Jo.
Levantó la vista hacia el principio de la escalera justo cuando ella comenzaba a descender los peldaños lentamente. Isabella curvó sus labios, pintados del color exacto de su cabello, en una sonrisa satisfecha; disfrutaba viendo cómo cambiaba la expresión de Jacob a medida que la veía bajar.
—¡Mamiiii...! —dijo Jo boquiabierta.
Ella hizo una reverencia sujetándose el vestido por una esquina. La cara de Jacob era la de un hombre que no podía fingir su amor, ni su deseo; se llevó los dedos a la boca en un gesto instintivo, levantando las cejas, con los ojos abiertos como platos.
—Está más preciosa que nunca, señora Crawford —dijo él cuando ella alcanzaba el último peldaño de la escalera.
—Gracias a los dos —respondió Isabella con una mirada cargada de intención.
Cuando Josephine subió para finalizar su rutina de estudios, Isabella buscó a Madeleine para comunicarle que cenaría fuera de casa y que se encargara del ritual nocturno de la pequeña.
—Yo me encargo de todo señora.
—Gracias, Madeleine.
Isabella se acercó a Jacob con disimulo profesional.
—¿Se marcha, señor Loredan?
—Sí, señora Crawford. Ya me marcho.
—Estupendo, bajaremos juntos entonces, yo tengo una cena y me marcho ahora también. Muchas gracias por la clase.
Le tendió la mano de manera cordial. Todo calculado para no levantar sospechas.
Entraron juntos en el ascensor privado del ático.
En el momento en que las puertas se cerraron, la escena cambió por completo.
Él la tomó por la cabeza con ambas manos y la devoró, besándola en los labios y el cuello mientras la subía a horcajadas contra la pared, dejando más que evidente su erección.
El ambiente se volvió rabioso, potente.
—¿Quieres matarme? —susurró él a su oído mientras le mordía el cuello con cuidado.
—No —rio ella—. Quería provocar esto.
—Pues lo has hecho. Estás hermosa... te van a comer con los ojos, Isabella. Estoy muy celoso ahora mismo. Quiero que seas solo mía —murmuraba él mientras le mordía el labio inferior.
—Soy solo tuya, ¿no lo ves? —musitó ella.
Él acarició sus piernas, subiendo la mano por sus muslos y levantando la seda fina. El ascensor bajaba a toda velocidad y no daba tiempo a más.
—Dios, no me puedes dejar así —claudicó él, con la respiración rota.
Isabella no quería ir a cenar; quería ser desnudada por su pianista. Pero no podía dejar plantadas a sus amigas... aunque sí podía detener el tiempo.
Se separó de él, abrió la pequeña tapa de seguridad del panel y giró la llave de servicio independiente.
La cabina se detuvo con un suave balanceo mecánico entre plantas.
Ella sabía perfectamente cómo funcionaba el protocolo del edificio: en el lobby, el icono de su ascensor cambiaría a color ámbar en el panel, indicando un uso privado.
En un lugar donde la discreción era el servicio más caro, el conserje no se detendría a preguntar; daría por hecho que se está haciendo un uso momentáneo privado del ascensor.
Sin juicios, sin preguntas. El conserje estaría a lo suyo.
Sin embargo, Isabella también era consciente de que ese «margen de cortesía» no era infinito. Pasados los cinco minutos, el protocolo de seguridad por posible incidencia se activaba solo y obligaría a la recepción a intervenir por el interfono.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Jacob con asombro, cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, atrapándola de nuevo contra la madera.
—Unos pocos minutos.
Con los labios mezclados, la urgencia se apoderó de ellos.
Se deshicieron de lo justo y necesario en lo que fueron milésimas de segundo; él la levantó como si fuera una pluma y la poseyó sin perder tiempo.
Ambos respiraron profundo al fundirse.
—Dios, Jacob, cuánto te deseo —dijo ella—. No lo sabes bien…
—Sí lo sé… —susurró él, entrando en ella con una ferocidad brutal que hizo que ambos contuvieran el aliento juntos.
La situación, el lugar y la premura hicieron que el momento se tornara salvaje, rápido y ansiado. Las embestidas potentes y apasionadas.
Fue cuestión de segundos que los dos alcanzaran el orgasmo al unísono, empapados en sudor, con sus caras pegadas y ella aún a horcajadas sobre él, más vivos que nunca.
Ambos estallaron en carcajadas por la adrenalina del momento, mientras comenzaban a vestirse y adecuarse la ropa.
Isabella sabía que no podían estirar más el tiempo.
Con los dedos aún temblando, y la ropa a medio colocar, giró la llave de servicio de nuevo a su posición original antes de que el sistema notificara la incidencia al conserje.
En el instante en que el motor volvió a ronronear y la cabina reanudó su descenso, Isabella se retocó frente al espejo y recuperó su compostura de hierro apenas unos segundos antes de que las puertas se abrieran en el vestíbulo.
—Buenas noches, señora Crawford —dijo Jacob como si tal cosa.
—Buenas noches —respondió Isabella, sin volverse apenas.
Él le cedió el paso con una galantería discreta. Ella salió del ascensor y atravesó el vestíbulo hacia su coche privado, caminando con una elegancia que parecía propia de un ángel bajado del cielo.
Jacob la seguía a pocos pasos, consultando su teléfono móvil con una despreocupación estudiada, como si la situación no fuera con él; sin embargo, levantaba la vista de vez en cuando, depositando la mirada en la espalda de la mujer que había cambiado su vida por completo.
Las chicas ya estaban sentadas en la barra de Junoon —una estructura de madera oscura y brillante que culminaba en una enorme encimera de mármol blanco con bordes redondeados—, degustando unos cócteles pre-cena; el vino tinto había sido sustituido en este periodo estival por mezclas refrescantes.
Dos margaritas exquisitas eran el centro de atención de Claire y Sophie, quienes esperaban a Isabella con ansias por conocer los detalles del «Caso Jacob».
El rojo había sido el color elegido por las dos amigas sin quererlo.
Ambas llevaban vestido: el de Claire era exuberante y explosivo, provocativo en exceso, como todos los que solía llevar.
Le encantaba lucir sus curvas, de las que estaba francamente orgullosa; era un modelo entubado hasta los tobillos, ajustado al cuerpo, con un escote pronunciado que dejaba en evidencia su imponente busto.
El de Sophie tenía mangas hasta el codo, ajustado en el pecho y con falda estilo evasé a partir de la cintura, fiel también a su estilo habitual, pero con un toque más moderno.
Isabella llegó ligeramente despeinada y acalorada. Claire, con esa intuición felina que la caracterizaba, supo al instante qué acababa de ocurrir.
—¿Dónde ha sido? —preguntó antes incluso de que llegara a los taburetes, con una sonrisa maliciosa que le iluminaba toda la cara.
—¿Dónde ha sido el qué? —preguntó Isabella, haciéndose la loca mientras se acomodaba—. ¿A qué te refieres?
—Al revolcón que te acabas de dar con Jacob —soltó Claire sin pestañear.
Isabella se quedó perpleja.
—¿Y cómo lo sabes, mi pequeña bruja?
—Vienes tarde, despeinada, atolondrada y con una sonrisa en la cara que te delata. No necesito más pruebas.
Isabella pidió otro cóctel al camarero.
—Lo mismo que las chicas, gracias.
Sophie dio un sorbo largo a su margarita. —Queremos todos los detalles —apuntó, dejando su copa de nuevo en la barra.
—En el ascensor de mi edificio —dijo un tanto avergonzada, pero sin poder aguantar la risa.
Tanto Claire como Sophie abrieron los ojos como platos.
—¿No me lo puedo creer? ¿En el ascensor? ¿Pero en marcha? —preguntó Sophie, incrédula.
—No —rio Isabella—. Lo paré con la llave.
Sophie no daba crédito.
—Yo nunca lo he hecho en un ascensor —dijo.
—Tú es que eres muy mojigata —soltó Claire guiñándole un ojo para que quedara claro que era un comentario dicho con cariño.
—¿Tú sí que lo has hecho? —preguntó Sophie a Claire.
—Pues claro —respondió esta como si tal cosa—. Varias veces.
Isabella soltó una carcajada.
—Ha sido alucinante —apuntó—. Espero volver a repetirlo, la verdad. Me siento tan viva que me va a explotar la cabeza.
Las dos amigas la miraron con una ilusión contenida, una felicidad que no podía ser disfrutada del todo cuando sus mentes volvían irremediablemente a la realidad de la situación, sobre todo la de Sophie.
—Estuve en casa mientras Jacob daba clase a Jo, y me sentía tan sexy que decidí no dejar que se fuera sin verme con este vestidazo que me he comprado solo para que él lo viera cinco minutos.
Levantó las cejas al darse cuenta del sinsentido de sus actos.
—Si lo pienso, es ridículo, lo sé —admitió con una sonrisa nerviosa. No sé qué estoy haciendo…
—La verdad es que estás impresionante… —dijo Claire—. Y deja de martirizarte de una vez, cariño; ya te dije que estas cosas pasan a todas horas, todos los días. No es nada del otro mundo, es el pan de cada día, de hecho —confirmó con rotundidad.
—Gracias, Claire. Tus palabras siempre me animan—.
Isabella tomó un sorbo del margarita—. Después bajé con él en el ascensor.
Solo pensaba en seducirlo, en que quisiera devorarme —otro sorbo—.
Lo deseaba más que nada en este mundo. Y cuando comenzamos a besarnos...