20
Un tono.
Dos tonos.
Tres tonos.
—Buenos días, princesa —su voz sonaba adormilada—. He soñado contigo.
—Mmm... ¿y qué has soñado? —preguntó ella curiosa.
—Estábamos en un barco, en las islas griegas.
El mar estaba cristalino, de un color verde esmeralda brillante que era una pasada.
Tú estabas desnuda en la cubierta, tomando el sol; tu cuerpo lleno de esas preciosas pecas...
Me vuelven loco tus pecas, ya lo sabes. Yo me daba un baño mientras te observaba desde la proa.
Creo que te estabas tomando uno de esos cócteles de tomate con apio.
Ella se rio, sintiendo cómo la excitación la recorría solo de imaginar pasar unos días a solas con Jacob en un barco, perdidos en medio de la inmensidad del mar.
—Qué exquisitez de sueño —dijo ella, arqueando las cejas—. Me encantaría que se hiciera realidad... Pasar unos días así contigo sería increíble —añadió, dejando que su voz se tornara pícara y sensual.
—¿Tú crees que algún día podremos hacer algo así?
—Ojalá. Supongo que depende de nosotros.
Isabella sonaba realmente optimista respecto a su relación y deseosa de compartir experiencias con Jacob.
Quería hacer ese sueño realidad y muchos otros más; deseaba estar con él a todas horas. Jacob vivía en una burbuja de esperanza. Aunque conocía la realidad y volvía a ella cada vez que divagaba demasiado, veía que Isabella estaba abierta a seguir adelante, y a enriquecer lo que estaban viviendo.
A pesar de que el estudio lo era todo para ellos, y sabían que ese pequeño rincón en el mundo que podían compartir era un lujo que no todas las parejas en su situación tenían, a ella no le bastaba. Quería más.
Y él también, por descontado. Pero era ella quien tenía más motivos para frenar lo que estaba creciendo, para reducirlo a esas cuatro paredes.
Sin embargo, no lo hacía; tenía tantas o más ganas que él de compartir, de vivir experiencias a su lado como si fueran una pareja normal, aun a sabiendas de que la realidad era muy distinta.
—Hoy iré a cenar con las chicas. Claire ha reservado en un sitio chulísimo.
—¿Qué opinan de lo nuestro, Isabella? —preguntó él muy serio.
—Pues Claire me apoya abiertamente; ella es libre de pensamiento, no cree en la monogamia estricta.
Ahora está enamorada, sí, pero no siempre ha sido así; de hecho, creo que nunca la había visto enamorada —hizo una pausa breve—.
Pero Sophie es otra historia. Ella idolatra a Matthew y no entiende del todo qué me está pasando —soltó un suspiro profundo—.
Aun así, me apoya. No me juzga, y eso es suficiente para mí. Son buenas amigas.
—Qué bien, mi amor. Me alegro de que las tengas en tu vida. Es muy sano tener amistades así. Te lo dice un hombre solitario —rio.
—Tú también tienes amigos. Me has hablado de alguno de ellos, compañeros de profesión.
—Sí, tengo muchas amistades y contactos, sobre todo en el mundo de la música, claro. Pero no tengo una relación tan profunda con ninguno como la tuya con las chicas. De hecho, creo que pocas veces en mi vida he necesitado contarle algo a alguien esperando consejo o apoyo.
—Sí, lo sé. Ya te voy conociendo.
—Cierto —dijo él riendo—. ¿Y a dónde vais a cenar esta vez?
—Vamos a Junoon, un restaurante indio en Flatiron. Tiene muy buena pinta.
—Lo conozco, sí. Entonces hoy os pondréis al día. Ya me contarás qué tal habéis cenado y cómo ha ido la noche.
—Vale.
—Bueno, te tengo que colgar, princesa, porque tengo que componer y preparar las clases de mis pupilos. Yo también trabajo —dijo él, soltando una carcajada sonora justo cuando se dio cuenta del tono regio que estaba usando.
—Estoy deseando que me toques al piano alguna canción de Bruno, como me prometiste.
—La próxima vez que nos veamos te dedicaré unas cuantas, te lo prometo.
Jacob se había descubierto a sí mismo siendo un hombre extremadamente cariñoso; las palabras bonitas fluían sin esfuerzo de sus labios.
Se desvivía por ella: estaba siempre pensando en los lugares a los que llevarla, qué comidas prepararle, qué cosas necesitaría tener en casa para hacerle la vida más fácil...
Absolutamente todo giraba en torno a su preciosa Isabella.
—Te veo esta tarde en tu casa, para la lección de Jo.
—Vale. Espero ansiosa la hora.
—Y yo.
—Te quiero —dijo Isabella.
—Yo también te quiero —contestó él sonriendo al teléfono.
Flotaban en una nube de algodón.
Colgaron.
Él se quedó un buen rato con la sonrisa imborrable en el rostro. Nada podía hacerlo más feliz que esas palabras. Te quiero. Eso lo era todo para él en esos momentos; no veía más allá de Isabella. El resto del mundo había dejado de existir, desvaneciéndose frente a la certeza absoluta de ese amor.
Claire, que sabía que cada día hablaba con él por teléfono, en cuanto ella estuvo en la sala principal le hizo el interrogatorio pertinente.
—Hoy en la cena no tendré nada nuevo que contaros —rio Isabella—. A ti te mantengo al día en persona y Sophie se entera de todo a través del chat.
—Siempre se quedan cosas en el tintero. Además cuando estamos las tres juntas se disfruta el doble.
Esa mañana tenían mucho trabajo.
Un par de semanas atrás, Claire había descubierto en el mercadillo de Dumbo a una joven de veinticinco años que le llamó poderosamente la atención.
Se llamaba Nancy Nouls. Era una chica bajita y regordeta, de cabello rubio platino largo y ojos azules que competían por la atención con una piel blanca como la nieve.
Vestía con un estilo hippie reminiscente de los años sesenta, lo que le daba un aire atemporal y bohemio que encajaba a la perfección con su trabajo.
Diseñaba lámparas de mesa con un barro especial traído de Capadocia, en Turquía, conocido por su textura volcánica única y sus tonos terrosos naturales, que ella misma cocía en los hornos de su estudio, ubicado en el mismo Dumbo, en un antiguo almacén reconvertido cerca del puente de Brooklyn.
Las lámparas eran fascinantes: minimalistas pero con formas orgánicas y sorprendentes.
Había un pie en forma de tornado enrollado sobre sí mismo, otro que era un triángulo invertido flotante, y una que parecía una especie de seta luminosa emergiendo de la tierra.
Ninguna era igual a otra; cada pieza era única en el mundo.
Nancy ya tenía cierto éxito con sus ventas online y en el propio mercadillo, pero le faltaba ese pequeño empujón profesional que Claire había decidido darle. Exponer en Eluphora multiplicaría sus ventas.
Tras presentársela a Isabella, ambas coincidieron en que el trabajo de Nancy era extraordinario y que esas lámparas se venderían como pan caliente.
Una exposición con algo tan diferente y novedoso interesaba mucho a la galería. Así que habían cerrado el trato: a finales de septiembre inaugurarían una exposición con treinta lámparas diferentes, a cual más bonita, novedosa y extravagante dentro de su sencillez.
Al adquirir una pieza, el comprador sabía que poseía algo único e irrepetible; eso otorgaba un caché y una exclusividad por la que muchas personas pagaban verdaderas excentricidades de dinero.
Así que habían empezado con los preparativos logísticos, que se sumaban a la ya compleja organización de la exposición de Mark bajo el sello «Claire», la muestra combinada con Delia Donaldson, con la que compartía cartel.
Se les acumulaba el trabajo, pero tanto Claire como Isabella disfrutaban al máximo de ese torbellino laboral.
Preparar aquellas dos exposiciones simultáneas era una tarea titánica que requería una logística impecable.
No se trataba solo de colgar cuadros o colocar esculturas u objetos; había que coordinar la llegada de treinta lámparas frágiles y únicas, cada una con su embalaje especial, mientras se gestionaba el transporte de las pesadas obras de Mark y Delia.
Entre reuniones con los artistas para decidir la iluminación perfecta, la impresión de invitaciones exclusivas, la selección del catering y la organización del espacio para que el flujo de visitantes fuera fluido sin agobios, las horas se les escapaban entre los dedos.
Era un baile constante de llamadas, ajustes de última hora y decisiones rápidas, donde un error en el montaje de una sola pieza podía echar por tierra semanas de planificación.
Ese estrés compartido se transformaba para las chicas en adrenalina pura. Sin duda alguna, Claire e Isabella eran el claro ejemplo de personas que aman su trabajo y lo disfrutan, exprimiendo cada gota de su jugo al máximo.
Isabella había sacrificado el gimnasio una vez más para poder llegar a tiempo y disfrutar de la clase de Jo y Jacob. El simple hecho de verle, de respirar su mismo aire y de aspirar el aroma de su perfume era motivo más que suficiente para renunciar a cualquier cosa.
Fue una clase muy bonita; la complicidad entre la niña y su profesor era impresionante.
Ambos estaban realmente a gusto y disfrutaban por igual.
Jo aprendía rápido, era fluida con los dedos sobre las teclas, que volaban con una elegancia innata.
Isabella, sentada en su zona de confort, observaba y escuchaba embelesada, reparando en la sensación tan plena de amor que sentía por esas dos personas que ocupaban su mismo espacio en el salón.
—Jo, recuerda que para que ese pasaje brille, necesitamos un legato impecable en la mano derecha mientras mantenemos el staccato en el bajo Alberti.
Jacob se inclinó ligeramente sobre el teclado, señalando las teclas con un gesto suave pero preciso, esperando a que la niña asimilara la instrucción antes de continuar.
—Es el contraste lo que crea la magia.
Isabella, que se sentía muy atractiva sabiéndose deseada y amada por Jacob, no quería que éste se fuera sin verla desfilar escaleras abajo con su modelo para la cena.
Aprovechando que ellos estaban entretenidos al piano, a media clase subió a su vestidor y comenzó el ritual.
Se dio una ducha rápida para sentirse fresca y aplicó aceites sobre su piel mojada, dejando una sensación de suavidad y jugosidad extrema.
Esa noche se pondría un vestido de seda natural en color verde esmeralda. Lo había comprado a propósito para la cena, o quizás, en el fondo, solo para él.