El secreto de Isabella 19 #5
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Jacob era muy consciente de la realidad que se cernía sobre ellos en ese instante.

—Nos tenemos que ir, ¿cierto? —preguntó suavemente, besándola en los labios.

—Sí.

Las palabras salieron de la boca de Isabella tristes, compungidas.

—No estés triste, mi vida. Ha sido un día precioso —dijo él.

—Me duele mucho el momento de separarnos.

—A mí también. Ojalá viviéramos otra realidad, Isabella. Y poder llevarte a mi casa y que la hija a la que vas a ver fuera mía.

Ella se enterneció de tal manera que sintió una punzada de dolor físico en el pecho.

—Me duele reconocer que, ahora mismo, yo también deseo eso, Jacob. Me gustaría poder ir contigo a casa, ser tuya, haber podido disfrutar de nuestro amor de manera abierta y natural. Pero estamos soñando. Nuestra realidad es la que es.

—Tienes razón —dijo sin más.

Terminaron sus postres, dándose a probar, jugando con la nata y con el helado que coronaba la tarta de chocolate, robándose sabores y risas en cada bocado.

—Qué bueno estaba todo —concluyó ella, lamiéndose suavemente los labios para atrapar el último rastro de chocolate y nata, con una expresión de pura satisfacción que a Jacob le pareció la imagen más erótica del mundo.

—Exquisito.

—¿Repetiremos? —preguntó ella.

—Pues claro —dijo él divertido—. Cuando quieras.

Empezaba a refrescar con la caída del sol. Isabella se puso la chaqueta blanca sobre los hombros, abrigándose del aire fresco del atardecer.

—Pido la cuenta y nos vamos, que no quiero que cojas frío ni llegues tarde a casa —dijo Jacob.

—De acuerdo.

En las despedidas, el dolor y la pena se apoderaban de ellos de manera irremediable. Era una sensación desgarradora.

—¿Te llevo a casa? ¿Puedo? —preguntó él, rompiendo el silencio con voz ronca.

—Claro que sí. Me encantaría.

Nueva York era una ciudad tan llena de gente, de movimiento estridente, de cláxones, sirenas de ambulancia, policías, ciclistas esquivando peatones y corredores incansables, que resultaba el escenario perfecto para una aventura de este calibre: poder ser llevada por tu amante,

oculta en la privacidad de un coche oscuro, hasta la misma puerta de tu casa.

—Cuando el portero vea tu coche, pensará que es un vehículo privado de los que me suelen llevar —bromeó ella.

Jacob esbozó una sonrisa.

—El universo ya sabía que algún día iba a llevarte a casa, y por eso me hizo comprar este Cadillac.

Ambos rieron a carcajadas, un sonido liberador que contrastaba con la melancolía del momento.

—Parece ser que el universo siempre está haciendo de las suyas con nosotros dos —dijo ella.

—Eso parece —confirmó él, llevando su mano a los labios.

Durante el camino desde Wave Hill hasta su casa, se fueron despidiendo lentamente, comiéndose a besos pausados y profundos. Ella le acariciaba la nuca, recorría sus orejas con la yema de los dedos, trazaba líneas imaginarias por sus brazos fuertes, grabando su tacto en la memoria.

—Dame un beso enorme ahora, antes de que lleguemos —pidió él cuando se pararon en un semáforo en rojo.

Fue un beso lento, saboreado, aferrándose a esos últimos minutos juntos, a ese último aliento compartido, al menos por el momento. Sin saber muy bien cuándo sería el próximo encuentro, sin tener la certeza absoluta de que lo habría, se entregaron el uno al otro en ese espacio reducido.

—Te quiero —susurró él con los labios aún saboreando los suyos, cogiéndole el rostro entre sus manos grandes y cálidas. Acarició su labio inferior con el pulgar, tocando su boca con un mimo infinito.

Ella cerró los ojos un instante, dejando que esas palabras la envolvieran.

—Yo también te quiero, Jacob —respondió, con la voz quebrada por la emoción.

La dejó justo en la puerta de su edificio. Jacob no se bajó para abrirle la puerta ni acompañarla hasta el vestíbulo, aunque era lo que deseaba; necesitaba impedir ser reconocido por cualquier vecino.

Se sentía, paradójicamente, feliz de poder dejarla allí, de haber compartido ese trayecto final juntos. Las lunas tintadas del Escalade actuaban como un escudo, un último refugio antes de devolverla a su realidad.

—¿Cuándo volveré a verte? —preguntó ella.

Jacob sonrió, aunque sus ojos delataban la misma ansiedad.

—Pensé que esa pregunta la haría yo. ¿Mañana? —sonrió—. Yo estaría contigo a todas horas si pudiera Isabella. Así que mandas tú.

—¿No volverás a casa hoy? —preguntó, sabiendo la respuesta pero necesitando oírla.

—Hoy no —dijo él.

—Vale. Mañana te llamo entonces.

—De acuerdo —asintió él, mirándola por última vez.

Isabella salió y caminó hacia la entrada sin mirar atrás, consciente de la presencia del portero; debía mantener la compostura y actuar con normalidad, como si acabara de bajar de uno de los coches que solían llevarla habitualmente.

Sin embargo, sabía perfectamente que Jacob la estaría observando desde la privacidad de las lunas tintadas hasta perderla de vista, verificando que cruzaba el umbral del edificio y saciándose, en silencio, de esos últimos segundos robados para contemplarla,

mientras guardaban el secreto de su amor en el corazón de Nueva York.