19 #4
Cuando el vino llegó, Isabella tomó un sorbo de su copa y cerró los ojos un instante, saboreando el momento.
—Es perfecto —susurró al abrirlos, encontrándose de inmediato con la mirada de Jacob—. No sabía que existiera un lugar así tan cerca. Me siento como si hubiéramos viajado horas, como si estuviéramos en Europa o en una isla privada.
—Es nuestro lugar secreto —respondió él, cogiendo su mano sobre la mesa y entrelazando sus dedos con los de ella—. Podemos venir aquí siempre que queramos.
—Tienes unas manos preciosas, Jacob.
Se recreaba en ellas, observando la forma alargada de sus dedos, sus uñas cuidadas, la definición de sus nudillos y la suavidad de su piel.
—Manos de pianista —dijo él soltando una carcajada—. Se suele decir eso, ¿no?
—Sí —rio ella.
Brindaron con las copas.
—¿Te gusta lo que he pedido? ¿He acertado?
Isabella cerró los ojos otro instante, saboreando la mezcla de queso fresco, nueces y el toque ácido de las flores comestibles antes de responder.
—Mmm…, de pleno —confirmó—. Está todo buenísimo. Es exactamente lo que necesitaba: ligero, fresco... Y este vino es exquisito. No podrías haber elegido mejor.
—Qué bien, me alegro —dijo él, con una sonrisa de satisfacción que le iluminó el rostro.
Comieron tranquilamente, empapándose de la paz y la soledad que aquel maravilloso lugar les ofrecía.
—¿No has vuelto a casa, Jacob? ¿Desde el primer fin de semana juntos? —preguntó ella.
Él dejó los cubiertos sobre el plato y bajó la mirada un instante, un tanto arrepentido, limpiándose la boca con la servilleta de tela.
—No. No he vuelto aún.
Se hizo un silencio denso, cargado de todo lo que no decían. Isabella quería saber más, indagar en los detalles de esa ausencia.
—No puedo verla, Isabella —dijo él finalmente, sin esperar a que ella formulara la pregunta.
Veía en sus ojos esa necesidad de entender—.
Para mí solo existes tú. No puedo volver a casa como si tal cosa, actuar con normalidad y estar con ella...
no puedo. Así que me escondo detrás de mi piano.
Ella no llama ni pregunta, ya sabe cómo va esto.
Cuando estoy inmerso en una composición me encierro en el estudio durante días, incluso semanas.
Isabella asintió lentamente, sintiendo el peso de sus propios fantasmas.
—Para mí también es complicado. Nos estamos metiendo en un camino del que no sé cómo vamos a salir.
—Yo no quiero salir de él sin ti, Isabella —afirmó él con rotundidad.
Un silencio cayó entre ellos, solo roto por el canto lejano de un pájaro.
—Sé que quieres a tu marido, Isabella, y que tienes una hija, una familia —suspiró él con pesar, como si cada palabra le costara un esfuerzo físico—. Es un buen hombre. No puedo decir lo contrario. Pero mis sentimientos por ti son demasiado fuertes.
—Sí, es un buen hombre, Jacob—. Hizo una pausa, buscando las palabras exactas—. Es el padre de mi hija, mi compañero. Ha sido todo durante toda mi vida. Hasta que apareciste tú. Lo que siento por ti no es mentira. Esto para mí no es una aventura, Jacob.
Entrelazó sus dedos con los de él con más fuerza.
—Me estoy enamorando de ti —dijo, mirándolo fijamente a los ojos.
Sin decir nada, Jacob llevó las manos de Isabella a sus labios y comenzó a besarlas: primero los nudillos, luego las muñecas, subiendo por los antebrazos con miles de besos seguidos, urgentes, como solía hacer cuando quería saciarse y llenarla de amor,
marcando cada centímetro de su piel como propio.
—Y yo de ti, mi amor. Y yo de ti —murmuró él contra su piel, con la voz ronca—. Sé que llevamos juntos poco tiempo, pero es un sentimiento tan potente… Nunca había sentido esto jamás. Por eso sé que te quiero. Y por eso no puedo volver con ella.
—Entiendo —dijo Isabella, con los ojos brillantes—. Te entiendo perfectamente.
En ese pequeño espacio que habían bautizado como su jardín secreto, se abrieron el uno al otro todavía más, de lo que ya lo habían hecho.
Jacob agachó la cabeza, dudando por primera vez desde que empezaron a hablar.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro —respondió ella al instante.
La pregunta salió disparada, necesaria y dolorosa:
—¿Te has acostado con él? Necesito saberlo.
Isabella lo miró fijamente, sin parpadear, y una sonrisa tranquila curvó sus labios.
—No —dijo acariciándole los antebrazos—. Yo tampoco podría.
Parecía mentira, pero esas palabras flotando en el aire, le sonaron a gloria bendita a Jacob.
Se había pasado noches enteras y días completos dando vueltas en su cabeza a las imágenes de Matthew tocando a la mujer que amaba, sintiendo un dolor físico en el pecho y en el corazón que le impedía respirar.
En ese instante, se sintió liberado, como si acabara de quitarse un peso de cincuenta kilos de encima.
—Dios, cómo me alegra oír eso. No sabes cuánto —exhaló él, cerrando los ojos un segundo.
Ella le acarició la cara con ternura, limpiando esa tensión de su rostro.
—Me siento como si fuera dos mujeres en una, Jacob. Es difícil de explicar, pero es así. Como si quisiera las dos vidas, como si pudiera tenerlas ambas sin que una destruya a la otra.
—Entiendo —dijo él, asintiendo con gravedad—. Te entiendo en serio.
Justo en ese momento, la presencia discreta del camarero interrumpió la burbuja, ofreciéndoles una sabrosa variedad de postres caseros que brillaban bajo el sol de la tarde.
—¿Te apetece algo dulce? —preguntó él, rompiendo el momento de confidencias íntimas con suavidad.
—Claro que sí. ¿Compartes conmigo? —dijo ella, con una voz cariñosa que derritió cualquier resto de seriedad.
—Por supuesto —respondió Jacob—. A mí me apetece tarta de queso con arándanos.
—A mí, tarta de chocolate —dijo ella riendo.
—Bien, pues entonces uno de cada, por favor —pidió él.
El camarero asintió con discreción y desapareció en el silencio del jardín.
Isabella lo miró.
—¿Y qué vamos a hacer, Jacob?
—No lo sé, princesa. ¿Tú qué quieres hacer?
Isabella sonrió, y esa sonrisa fue como un rayo de sol entre las nubes de sus dudas.
—Yo... comerme esos postres contigo, y después, comerte a ti. —Soltó una carcajada clara, liberadora—. Eso quiero —confirmó.
Entonces él rio también, contagiado por su alegría.
—Pues entonces queremos lo mismo.
—Pues que así sea —dijo ella, aún riendo.
Se sorprendía a sí misma: de su manera de ser, de su soltura llegados a ese punto, de cómo le fluían las palabras y los gestos hacia el hombre que tenía ante sus ojos.
Lo quería.
Se estaba dando cuenta, con una claridad aterradora y hermosa, de que lo amaba. Y sabía que, con ese amor, los problemas no hacían sino crecer. Pero no pensaba seguir luchando contra esos sentimientos.
Jacob sabía que ella lo quería. Lo sentía en su piel, en sus momentos juntos, en sus ojos, en sus caricias.
Lo sabía.
Pero entendía sus dudas, sus preocupaciones y sus deseos contradictorios. Por ello también sabía que, de momento, ella no rompería su idílica vida por él. Intentaría compaginar y mantener las dos vidas de forma paralela.
Pero a él no le importaba estar así, en esa zona gris. Porque el vínculo era demasiado fuerte como para mirar hacia otro lado y dejarla ir. Y se conformaba con tenerla de esa manera.
Lo único que no quería, bajo ningún concepto, era perderla. A ese punto había llegado. Al de no importarle que ella siguiera manteniendo su vida con su esposo, pero que no desapareciera de la suya.
Él podía separarse de Francesca; no había hijos que dificultaran esa decisión. Si no quería estar con ella, no estaría; así de simple.
Pero sabía a ciencia cierta que eso no sería suficiente para que Isabella hiciera lo mismo.
Tampoco iba a seguir pensando en ello en ese instante; quería embeberse de su amada, quién sabe cuándo volvería a tenerla solo para él.
De momento, era suya. Ya pensaría después qué hacer.
Compartieron los postres, que estaban de campeonato, mientras la tarde comenzaba a caer sobre ellos, tiñendo el cielo de tonos dorados y anaranjados.
Había que volver a la realidad una vez más.
Ella tenía que regresar a casa; Madeleine recogía a la pequeña Jo al salir del cole e irían a preparar los exámenes finales, pero ella no quería llegar tarde.