El secreto de Isabella 19 #3
67%

19 #3

—Es una finca histórica escondida en Riverdale, en lo alto de una colina —explicó Jacob—.

Tiene unos jardines botánicos increíbles y una casa antigua preciosa.

Lo mejor es su terraza. Pequeña, oculta entre setos y da directamente al río Hudson.

Nadie va allí entre semana a comer. Será nuestro sitio secreto —dijo llevándose el dedo índice a los labios.

—Qué bien suena eso —admitió Isabella, intrigada por la descripción de ese oasis desconocido—. ¿Y queda lejos?

—Está a unos treinta minutos en coche, todo hacia el norte, bordeando el río. —Jacob hizo una pausa dramática, imitando a un actor de Hollywood y poniendo una voz grave e interesante—. ¿Te apetece dar un paseo en mi Cadillac, princesa?

Isabella soltó una carcajada.

—Claro que sí —respondió riendo, mientras se incorporaba en la cama—. Me gustará ver su destreza al volante, Señor Loredan.

La carcajada brotó entonces de él, profunda y vibrante.

—Soy un conductor experimentado, señora Crawford —bromeó, enderezando la espalda—. No se piense que va a subirse al coche con cualquier don nadie —aclaró guiñándole un ojo.

—Bien, bien —rio ella, siguiendo el juego mientras se acercaba a él—. Pues entonces, pongámonos manos a la obra. ¿Nos damos una ducha?

—Claro —respondió Jacob, y una sonrisa maliciosa curvó sus labios—. Aunque si es juntos, tardaremos un poco más en salir de casa.

Isabella se mordió el labio inferior, sosteniendo su mirada con un brillo desafiante y sensual.

—Mmm…, puedo comer un poco más tarde —susurró, mientras lo devoraba con sus labios.

Mientras Isabella se arreglaba el cabello con esmero frente al espejo del baño, él apareció por detrás en silencio. Abrió un cajón del mueble del lavabo, sacó un secador de pelo Dyson y se lo tendió con una sonrisa amable.

—Lo compré para ti. No sabía exactamente qué modelo usabas, pero la chica de la tienda me recomendó este.

Isabella se giró, mirando el aparato con asombro.

—¿Me has comprado un secador de pelo?

—Sí.

La naturalidad y la sencillez con la que Jacob se abría a ella le parecía alucinante.

Era irónico: normalmente son los hombres quienes muestran reticencia a que las mujeres dejen sus enseres personales en casa, convirtiendo cada visita en un acto logístico de «llevar y traer».

Sin embargo, Jacob le compraba secadores de última generación y le ofrecía cajones vacíos para que dejara sus cosas cuando apenas empezaban a conocerse.

—Espero que te sirva —dijo él, encogiéndose de hombros con esa modestia que lo hacía aún más irresistible—. Tiene varios accesorios que se acoplan magnéticamente. La dependienta me dijo que es el último modelo; parecía muy entusiasmada.

Ella estaba alucinada. Le daba la sensación de llevar una vida entera a su lado. De haber sido almas gemelas en otra vida.

—Es un secador muy caro, Jacob —murmuró, sosteniéndolo como si fuera de cristal.

—Sí que lo es —confirmó él, como si tal cosa, restándole importancia al dinero—. ¿No te gusta? —preguntó, acercándose para besarla suavemente en la mejilla pecosa.

—Sí, claro que me gusta. Me encanta. Es muy parecido al que uso yo.

—Lo suponía —rio él, pasándose la mano por la barba y el cabello.

—¿Vas a dejártelo largo? —preguntó Isabella.

—¿Cómo te gusta más? ¿Corto, como cuando nos chocamos en la fiesta, o largo?

—Me gusta de las dos formas. Eres tan guapo que estarías bien hasta con un saco de patatas en la cabeza —confirmó ella, acariciándole la barba con dulzura—. Déjatelo largo a ver qué tal.

—Vale —aceptó él, pasándose de nuevo la mano por el pelo castaño.

Mientras ella terminaba de secarse el cabello, vestirse y maquillarse, Jacob se había enfundado en unos pantalones finos de color verde botella, una camiseta blanca de manga corta ajustada que, aunque holgada en la caída, marcaba toda su musculatura, y unas deportivas Adidas beige impecables.

La manera en que los pantalones le caían justo sobre el tobillo, le otorgaba un estilo exquisito e impecable: una mezcla perfecta entre la relajación de un modelo americano y la sofisticación de un italiano, resultando demasiado irresistible. No podía mantener sus manos alejadas de él.

—Estás guapísimo.

—Guapísima estás tú, pecosa —respondió él, rodeándola por la cintura desde atrás y besándola en los labios.

Bajaron en el ascensor del edificio acaramelados, demostrando una vez más que parecía que llevaran toda la vida juntos y que las miradas ajenas les fueran completamente indiferentes.

A él realmente no le importaban lo más mínimo; a ella, que sí solía preocuparse por el qué dirán y temía que alguien los descubriera, ese miedo se le olvidaba mágicamente en su presencia.

Descendieron hasta el sótano, donde se encontraba el garaje privado. El espacio era diáfano y fresco, y allí descansaba el Cadillac Escalade negro, brillante e imponente bajo la luz tenue.

—Qué coche más bonito. Me encantan estos coches tan inmensos —exclamó ella, acercándose a la carrocería pulida.

—Me imagino que es el tipo de vehículo que muchas veces viene a buscarte cuando pides un coche privado, ¿verdad?

—Pues lo cierto es que sí, suelen venir con estos modelos. Son maravillosos —confirmó ella—. Es un coche muy elegante.

—Gracias, señorita —sonrió él.

Jacob le abrió la puerta del copiloto con una reverencia.

—Gracias, caballero —dijo ella, inclinándose ligeramente en un gesto de agradecimiento.

Una vez arrancó el motor y salieron del garaje hacia las calles de la ciudad de los rascacielos, Jacob le cogió la mano izquierda, la llevó a sus labios y la mantuvo allí, besándola y acariciándola con suavidad mientras conducía.

Los ojos con los que se miraban ya no podían mentir ni esconder sentimientos.

—Eres muy romántico, Jacob —dijo ella, observándolo con ternura.

—Tú me haces ser romántico. Normalmente soy un hombre bastante serio. Tú me haces reír, tú sacas esta parte de mí.

—Pues qué bien, me gusta provocar eso en ti.

Él sonrió, sin quitar la vista de la carretera pero apretando su mano mientras la besaba.

—Qué preciosa eres —dijo mirándola un instante.

Ella soltó una carcajada clara.

—Si sigues siendo tan romántico, me voy a desmayar.

—Pues ve haciéndote a la idea, porque esto no va a ir a menos.

En ese momento, Isabella no podía ser más feliz. Se sentía completamente plena. Sintió un momento de felicidad absoluta, mientras observaba al hombre enamorado que tenía al lado.

—¡Qué sexy estás conduciendo!

Le acariciaba la nuca, la mandíbula, el cuello…

—¿Te gusta? —preguntó él con gesto divertido.

—Me encanta.

Jacob conectó la pantalla del vehículo, buscó una canción en concreto y dejó sonar «Die With a Smile», de Bruno Mars y Lady Gaga, un tema que solía escuchar muy a menudo y que valoraba profundamente como músico.

Cuando los primeros acordes llenaron el habitáculo del Cadillac, Isabella se llevó las manos a la boca, emocionada.

—¡Jacob amo esta canción! Es hermosa, ¿verdad? Qué emoción tiene su música, la letra... Me priva esta canción.

—Pues otra cosa que tenemos en común —dijo él, satisfecho—. Me parece una obra de arte este tema. En realidad, tanto la canción como sus intérpretes son genios absolutos.

—Me gustan muchísimo los dos. ¿Sabes tocar alguna de Bruno al piano?

Él soltó una carcajada.

—¿Alguna? Sé tocarlas todas. Me gusta muchísimo.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó ella, con los ojos brillantes de ilusión—. Me debes una entonces.

—Te debo todo —respondió él, mirándola de reojo tan intensamente que le robó el aliento.

Y así, mientras una de las canciones más bonitas y románticas del momento sonaba en el potente sistema de audio del coche, se dirigieron hacia su almuerzo secreto, con el futuro abierto delante de ellos y sin importar nada más.

Jacob aparcó el Cadillac en la zona designada para visitantes, justo al lateral de la imponente mansión de piedra clara. Al bajar del coche, el cambio fue inmediato: el ruido de la ciudad se esfumó, sustituido por el canto de los pájaros y el susurro del viento entre las hojas.

—Jacob esto es precioso —dijo cogiéndole de la mano, ilusionada.

Él miró hacia abajo, justo donde sus dedos se entrelazaban.

Caminaron por los senderos de gravilla, rodeados de jardines que parecían sacados de un cuento inglés: hortensias gigantes en tonos azules y blancos, rosales trepadores que explotaban en color y setos recortados a la perfección.

No había apenas gente; cuatro visitantes dispersos que paseaban en silencio, respetando la paz del lugar.

Llegaron a la terraza de Gould House. Era un espacio elevado, pavimentado con piedra cálida, que actuaba como un balcón natural sobre el mundo.

Jacob guió a Isabella hacia una mesa situada en el extremo más apartado, protegida por una pérgola de madera cubierta de glicinias violetas que filtraban la luz del sol en manchas doradas y movedizas sobre el mantel blanco.

Desde allí, la vista era espectacular: el río Hudson se extendía infinito, brillante y plateado bajo el sol, pareciendo más un mar interior que un río.

Al fondo, las colinas de Nueva Jersey se dibujaban como una silueta suave en el horizonte, y el puente George Washington se alzaba elegante a lo lejos, conectando dos mundos que ahora, para ellos, no importaban.

Se sentaron uno al lado del otro, aislados del resto del mundo por la vegetación densa y la distancia.

Miraron las cartas.

—¿Qué te apetece comer? —preguntó Jacob, inclinándose ligeramente sobre ella.

Isabella soltó un suspiro feliz, dejando que la brisa le acariciara los hombros desnudos.

—Pues la verdad es que no lo sé... Todo tiene tan buena pinta —admitió con una sonrisa, apoyando la barbilla en la mano antes de mirarlo fijamente—. ¿Pides tú por los dos?

Jacob rio suavemente, cerrando la carta con un golpe seco y elegante.

—Claro que sí. Será un placer elegir por nosotros. Déjame sorprenderte.

Al poco rato, llegó el camarero silenciosamente.

Jacob pidió algo ligero, acorde al calor y al momento: una ensalada de la huerta con flores comestibles, queso de cabra fresco y nueces caramelizadas, seguido de un pescado del día a la parrilla con verduras asadas. Para beber, una botella de Sauvignon Blanc bien frío.