El secreto de Isabella 19 #2
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19 #2

Se recogió el cabello en una cola alta, dejando caer las ondas sobre la nuca. Optó por unas sandalias planas blancas de Hermès, cómodas y elegantes, que le aportaban un aire juvenil y desenfadado. En conjunto, el atuendo la hacía lucir como una preciosa muñeca de porcelana.

Sobre los hombros llevó una chaqueta blanca, a juego con los lunares y el calzado plano, y su Chanel Deauville Tote en azul marino, donde guardaba su neceser de maquillaje para retoques y el kit de higiene bucal.

Bajó a desayunar con su hija. En la isla de la cocina, Madeleine las esperaba con unas tostadas de queso fresco con nueces y miel que tenían una pinta soberana,

acompañadas del café obligatorio de Isabella —sin el cual no podía funcionar— y un bol de frutos rojos con yogur griego y cereales para cada una.

Los desayunos eran, como siempre, de campeonato.

—Mmm..., Madeleine, cada día nos preparas desayunos más ricos —dijo Isabella sonriendo, realmente pletórica.

—Muchas gracias, señora —respondió ella devolviéndole la sonrisa—. Me alegro de que le gusten.

Entre charlas matutinas de madre e hija, devoraron todo sin dejar una migaja. Después de reposar unos minutos —salir corriendo con el estómago lleno no era una de sus rutinas—, cada una fue a realizar sus higienes finales antes de salir.

Luego tomaron rumbo a sus quehaceres diarios.

Isabella acompañaría a la pequeña al colegio, como hacía siempre, para después dirigirse a la galería. Solo que, en esta ocasión, el destino sería distinto.

Cuando llegó al pie del edificio que albergaba el estudio de Jacob, la fortuna se alineó con sus deseos: alguien entraba justo en ese instante. Aprovechó la oportunidad para colarse tras él y tomar el inmenso ascensor industrial de rejilla metálica.

La cabina la elevó hasta el séptimo piso, ahorrándole tener que llamar desde abajo, y lo más importante, evitando anunciar su llegada con el timbre; quería que su aparición fuera una sorpresa total.

Respiró hondo frente a la puerta.

Se dio cuenta de que la anterior vez había hecho exactamente lo mismo y soltó una risita nerviosa; el rubor le subió por las mejillas, consciente de lo que ocurriría una vez franqueara el umbral.

Jacob pasaba más tiempo en el estudio que en su propia casa, evitando siempre que podía a Francesca.

Le costaba incluso mirarla a la cara sin sentir una culpa paralizante, así que se refugiaba en el loft con la excusa de estar componiendo para una producción de Broadway muy importante que le había impuesto un plazo de entrega muy ajustado; lo que era cierto,

pero él lo exprimía al máximo como pretexto.

Esa mañana, Jacob se había levantado tarde y desayunaba tranquilamente en ropa interior cuando picaron a la puerta. Con una manzana en la mano, a la que acababa de dar un buen mordisco, se calzó unos pantalones ligeros de pijama negros que tenía sobre la cama y fue a abrir.

Abrió la puerta sin molestarse en mirar por la mirilla. Era una mala costumbre suya; nunca se sabía quién podía estar al otro lado, pero en un barrio tan seguro y esperando siempre algún paquete, no le daba mucha importancia.

Se quedó paralizado al verla delante de sus ojos.

—¿Isabella?

—¿Jacob? —dijo ella riendo y extendiendo los brazos, con la mano cargada con una bolsa de croissants recién hechos que acababa de comprar.

Él soltó una carcajada que resonó en todo el loft y corrió a levantarla en brazos, con la bolsa de croissants que ella llevaba en la mano, la manzana y todo incluido.

—Pero ¿qué haces aquí, pequeña? —preguntó mientras ella, con naturalidad instintiva, rodeaba su cintura con las piernas para anclarse bien a él.

—Pues darte una sorpresa.

—Dios, no sabes las ganas que tenía de verte.

—Pues aquí me tienes —dijo ella, radiante, en un estado de felicidad máxima.

Él la cubrió de besos de inmediato: en la nariz, en las mejillas, en la frente, en los labios, en el cuello. Miles y miles de besos por todo su rostro, como siempre hacía.

—Y te traigo croissants —añadió orgullosa entre risas.

Más carcajadas brotaron de él.

—Llevaba días sin reír. Eres mi vitamina —dijo, con la voz cargada de emoción—. Qué alegría me has dado.

La dejó en el suelo con cuidado, como si fuera de cristal.

—Te has escaqueado del trabajo para venir a verme —dio por sentado él, mientras una sonrisa triunfante se dibujaba en su rostro.

Estaba ilusionado por ver que ella había hecho eso. Sabía lo importante que era su trabajo. Le parecía un detalle precioso.

—Claire me cubre —dijo Isabella, quitándole importancia con un gesto de la mano—, pero tenía muchas ganas de verte. —Se encogió de hombros.

Él todavía no podía creer que un día normal y aburrido se hubiera transformado, de repente, en el día perfecto.

Tenerla delante de sus ojos le parecía un milagro.

Había deseado tanto volver a verla, a besarla, a oler su perfume y a hacerle el amor, que ahora, con la realidad superando a la fantasía, le resultaba casi inasumible.

—¿Tienes hambre? Tengo de todo.

—No, cariño, he desayunado en casa con Jo. Pero gracias. —Escaneó el espacio con la mirada—. ¿Has dormido aquí? —preguntó.

—Sí —confirmó él.

A Isabella le gustaba que durmiera en el loft; eso significaba que no estaba con su esposa. Ya no le agradaba saber que ella podía tenerlo cuando quisiera.

—Estás guapísima —dijo, señalando el vestido—. El sol te sienta de maravilla en la piel. Estas pecas... —murmuró mientras le acariciaba la mejilla con una mirada hambrienta, como si quisiera devorarla.

Ya no hicieron falta más palabras; esa mirada de Jacob y la respuesta muda en los ojos de Isabella fueron suficientes para que él le cogiera suavemente la nuca y la atrajera hacia sí.

—Este vestido puede quitarse, ¿verdad? —susurró él contra su oreja, con la voz ronca.

—Es fácil —respondió ella dulcemente.

Tiró del lazo que ceñía su cuello y, con ese simple gesto, la tela azul cayó al suelo.

Solo llevaba unas braguitas de encaje rojo.

Jacob perdió la razón al instante; la levantó en brazos y caminó hacia la cama con ella.

La depositó sobre el colchón con delicadeza y comenzó a recorrer todo su cuerpo, desde los labios hasta los muslos, con un ritmo pausado y deliberado, cargado de una intención que ella llevaba mucho tiempo anhelando.

Le retiró la última prenda poco a poco, sin dejar de mirarla a los ojos, mientras esa sonrisa volvía a curvar sus labios.

—Tu sonrisa... me vuelve loca.

—Tú me vuelves loco por completo —murmuró él, terminando de despojarla de lo único que le quedaba.

Jacob estaba tan excitado, y llevaba tanto tiempo deseando poseerla, que le costaba mantener la calma. Se quitó los pantalones, revelando su propia ropa interior y su excitacion.

—Llevas boxer —dijo ella, divertida y sorprendida.

Él rio de nuevo.

—Qué te parece… —respondió, bajándoselos lentamente—. Yo también tengo ropa interior —bromeó, sosteniendo la prenda ya en la mano.

Los preliminares siempre eran exquisitos, pero en esta ocasión ninguno podía seguir esperando para devorar al otro. Necesitaban estar vinculados ya mismo. Con un gesto dominante, Jacob la atrajo hacia el borde de la cama y, cuando la tuvo frente a su cuerpo perfecto, entró en ella.

Una vez dentro, pudo permitirse el lujo de recrearse.

Sus movimientos fueron suaves, armoniosos, como si ejecutaran una coreografía íntima perfectamente ensayada.

Ella le instaba a hundirse más profundo en su interior; quería más, lo quería todo de él.

Arqueaba la cintura, invitándolo a penetrarla aún más.

Él, de pie al final del lecho, la sostuvo por la cadera y la elevó ligeramente para sentarla y sentir su cercanía absoluta.

Se convertían en uno cuando hacían el amor; el vínculo era sagrado, inquebrantable. No dejaron de mirarse a los ojos en ningún momento mientras estuvieron unidos.

Las estocadas finales fueron intensas, urgentes, respondiendo al deseo mutuo de llegar al límite. Él la colmó con toda su pasión, derramándose en su interior y acompañándola hacia un éxtasis absoluto.

Después, como siempre, permanecieron así: unidos, sin que él saliera de ella, abrazados. Isabella reposaba sobre su pecho, agotada, rendida a él, dejándose proteger.

Ya tumbados en la cama, jugaba con su barba, mientras el sonreía, acariciándole el pelo.

—Te encanta —dijo Jacob.

—Me chifla —contestó ella, mientras enredaba más sus dedos.

No solo se entregaba a su rostro o su cuerpo; se estaba entregando a su alma, a su persona entera.

Les llegó la hora del almuerzo entre las sábanas.

—Qué placer más grande —susurró Isabella.

—Ya te digo —confirmó él, besándola con delicadeza en la frente.

La tenía reposando sobre su brazo, disfrutando de la belleza del momento.

—¿Qué te parece si nos vestimos y salimos a comer?—se aventuró a decir Jacob—. Conozco cientos de sitios muy discretos, donde podemos estar a gusto.

—Me parece genial —dijo ella, para sorpresa de él—. Estoy muerta de hambre y me apetece que nos dé el sol.

Jacob no las tenía todas consigo; temía que a ella no le pareciera buena idea salir del nido y exponerse al mundo exterior.

Sin embargo, se sorprendió al ver que ella deseaba tanto como él poder hacer cosas juntos fuera del estudio; allí se sentían extremadamente a gusto, pero necesitaban más: vivir su historia también bajo la luz del sol, entre la gente, sin escondites.

—Conozco un sitio perfecto —añadió Jacob, incorporándose y acariciándole el brazo—. Y es muy probable que no hayas ido nunca. Si es así, estaré encantado de ser yo el que te lleva por primera vez.

—A ver, dime qué sitio es —dijo ella riendo, escéptica.

Sabía que sería difícil encontrar un lugar en Nueva York que ella no conociera; se conocía la ciudad como la palma de su mano.

—Se trata de Wave Hill —soltó él, observando atentamente su reacción.

Ella lo miró sorprendida. El nombre le sonaba vagamente, pero no lograba ubicarlo en su mapa mental de sitios frecuentados.

—Me suena pero creo que no conozco ese sitio. Confieso que me has pillado.

Él enarcó las cejas con una sonrisa ladina, adoptando esa pose de galán de cine antiguo que a ella le resultaba tan irresistible.